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Amour courtois

Amour courtois
Drutz et "midons"
"...Entonces me verás...y mi muerte, más elocuente que yo, te dirá qué es lo que se ama cuando se ama a un hombre..." (Pedro Abelardo a Eloísa)

lunes, 20 de julio de 2009

Un amor medieval: el amor cortés


EL AMOR MÁS PUESTO A PRUEBA [1]
Por Michel Feher[2]

Los trovadores celebran los innombrables desafíos y pruebas que jalonan la pasión amorosa. Retrato del amante como guerrero.
André le Chapelain, teórico del amor cortés, y los médicos de su tiempo, coinciden en una cosa: el amor es un afecto violento que reclama un tratamiento vigoroso. Producido por una mujer, a menudo inconscientemente, este efecto penetra en el amante por los sentidos, en particular por la vista, y va a alojarse en el corazón. Desde allí, llega al cerebro y al sexo que, con el corazón, forman los tres estadios en el hombre.
Pero más allá de esta descripción del enamoramiento, lo erótico-cortés y la medicina medieval se separan en cuanto al tipo de tratamiento que conviene aplicar; mientras que los médicos buscan los medios de erradicar y evacuar esta afección, que juzgan extremadamente perjudicial para la salud de sus pacientes- se trataría incluso de una enfermedad mortal-, André le Chapelain y los trovadores entre los que se incluye, dedican, por su parte, cuerpo y alma a la perpetuación y a la intensificación de una tal pasión. Según ellos, el efecto “bruto” debe no solamente ser considerado sino también cultivado por el amante que, para disfrutarlo, es decir, para que la dama continúe prodigándoselo, debe merecerlo.
Dicho de otro modo: el amor no puede ser verdaderamente probado si no es suficientemente puesto a prueba, y si no hace del hombre un amante perfecto.
Contra el apaciguamiento de la pasión propuesto por el médico- por medio del razonamiento cuando sube a la cabeza del paciente y por el acto sexual, cuando desciende hasta su sexo- el amor cortés reclama su exaltación, pero una exaltación que, contrariamente al eros platónico y a sus avatares árabe e italiano, rehusa toda sublimación: es de la mujer y de ella sola que procede el amor, no de la Belleza ideal de la que la mujer amada no sería más que un reflejo.
En su gran libro Lo erótico de los trovadores, René Nelli ha mostrado que lo erótico que se elabora en el país de Oc desde fines del siglo XI hasta la mitad del siglo XIII se sitúa junto con otras dos artes de amar: el amor caballeresco, que aparece en las novelas de caballería- llamado “material de Bretaña” pero que caracteriza la mayoría de las aristocracias guerreras; y el amor de los poetas árabes de Andalucía, de inspiración neoplatónica. El amor caballeresco es una moral del guerrero: la vida del caballero está jalonada de desafíos a enfrentar y, a ese título, la conquista de una bella y noble mujer constituye una empresa de elección, sobre todo si la ruta que lleva a la dama está poblada de emboscadas (el caballero choca con un padre posesivo, un marido celoso o, lo que es peor aún, con la virtud inflexible de la dama. Un tal desafío estimula la “locura” del caballero- su fervor guerrero-. Esta audacia es la sustancia misma de su honor y que lo empuja a seguir los caminos necesarios para la conquista de la dama-fotaleza.
La posesión de este trofeo vivo alimenta la gloria del caballero a sus propios ojos y él, lo supone, a los de la dama conquistada, pero sobre todo asegura su prestigio ante sus pares, que son los verdaderos jueces de su valor. Se trata, entonces de un erotismo de “maravilla” en todo el sentido de la palabra; hay que maravillar a la dama cueste lo que cueste, encantándola si es posible, o raptándola si es necesario. De allí que los caballeros pasen constantemente, y sin contradicción desde su punto de vista, de la más absoluta dedicación y del más grande coraje- se pelean por ella, arriesgan su vida para satisfacer sus mínimos deseos- a la violencia más cruel- que no excluye el rapto ni la violación. El honor del guerrero consiste en superar el desafío encarnado por la mujer; las pruebas del amor caballeresco son los juegos deportivos y militares necesarios para su conquista, y si descuenta que su coraje le valdrá el amor de la amada, no es menos cierto que es su posesión lo que persigue.
Otra cosa completamente distinta es lo erótico-místico de los árabes de España. Ibn Arabi distingue tres tipos en el amor: primeramente, el amor natural entre las criaturas humanas que tiende hacia la posesión del objeto del deseo sin preocupación de reciprocidad. En segundo lugar, el amor espiritual entre esas mismas criaturas que no tiene otro motivo sino satisfacer al ser amado, y, finalmente, el amor divino que, a su vez, se subdivide en tres estadios o momentos: es ante todo el amor de Dios por su propia belleza; luego el amor de Dios por sus criaturas en tanto que proceden de Él y reflejan su esplendor, y, por último, el amor de Dios por Él mismo a través de sus criaturas. Ellas, porque en sus almas son la emanación de la divinidad, se revelan capaces de pasar del amor natural al espiritual; después, del espiritual al divino desde que se dan cuenta de que un ser humano no es amable sino es amado por Dios. También un amante llega a amar a Dios a través de la criatura que ama y por ella da su amor al Creador.
El amor espiritual de un hombre por una mujer, que corresponde a la fase cortés de lo erótico árabe, se declara tan pronto como le parece al amante que la unión carnal con la mujer que ama no calmará su sed de comunión total con ella. Comprenderá, entonces, que esta sed tan intensa es debida al hecho de que sus almas estaban unidas- es decir, completamente fusionadas, compenetradas, antes de que ocuparan sus respectivos cuerpos. Entonces, el amante comprende que los cuerpos hechos de materia densa y opaca, lejos de proporcionar instrumento adecuado a la reunión de los amantes separados, significa su separación misma, que esas prisiones de carne constituyen el más terrible obstáculo para su comunión.
El amor debe, entonces, permanecer casto, bien que esta castidad no sea aquella de los Padres de la Iglesia, es decir, un renunciamiento a la carne y al amor de las criaturas por el amor de Dios, sino un medio para llegar al amor espiritual de la mujer amada, a reencontrar a Dios a través de ella.
Los ritos y pruebas dictados por lo erótico-andaluz comprenden el cambio simbólico de los corazones que sella el comienzo del amor espiritual, pasa enseguida por el renunciamiento a la unión carnal, a todo contacto físico, incluso a todo encuentro entre los amantes, para optar por una opción soñada que es una anticipación de la reunión de sus almas; llegan a la muerte por amor del amante, de la cual las crónicas nos aseguran que no fue sólo una metáfora: es, en efecto, después de la muerte, fuera del cuerpo y en Dios que las almas amantes podrán al fin reunirse.
Heredero del realismo caballeresco y del idealismo árabe, lo erótico de los trovadores del Languedoc resulta, por lo tanto, irreductible a las corrientes en las que se inspira. Nace en el siglo XII en la corte y bajo la pluma del duque Guillermo IX de Aquitania. Sin preocuparse demasiado por su efecto místico va a introducirlo en la corte con un cierto número de prácticas tomadas de la cultura árabe de Andalucía y con el fin de “condimentar” los juegos eróticos que se mantienen, sin embargo, en el marco del amor caballeresco.
Va a afectar así una actitud sumisa de las damas que busca seducir; por sobre todo, promete una serie de pruebas que subrayen el proceso de seducción, donde el amante debe no sólo demostrar su coraje, como lo requiere el código caballeresco, sino también su talento de retórico y de poeta. Finalmente y más importante aún, Guillermo eleva a la paciencia al grado de virtud cardinal para un amante, lo cual parece oponerse al culto de la audacia, furor o folor, en occitano. Guillermo justifica esa inversión, desde un punto de vista caballeresco, haciendo el sacrificio de su impaciencia a la dama que desea. En consecuencia, esa lentitud impresa al apetito de conquista, junto con la audacia, van a hacerle descubrir el goce (joi) que se convertirá en la expresión del fin´amors, sea del amor satisfecho, según los trovadores de la segunda mitad del siglo.
El “joi” de Guillermo- que se distingue del simple placer físico y de la pequeña gloria de la conquista- consiste sólo en la alegría de estar enamorado: emoción que precede y sigue a la unión carnal. Guillermo parece, además, el primer sorprendido en sentir esta emoción; él, que sólo conocía los placeres de la caza y la conquista y le atribuye enseguida virtudes mágicas que lo conducen a su mundo caballeresco: el “goce” permite al amante reencontrarse con su juventud y redoblar su coraje en el combate. Pero lo que descubre más profundamente el duque de Aquitania es esa sed de la amada que no entraña los placeres de la carne. Sin embargo, mientras el erotismo andaluz deducía que la unión de los cuerpos era inadecuada al amor espiritual, Guillermo ve una invitación a hacer el amor y a cantar la emoción que subsiste. El goce del que habla el duque de Aquitania es un afecto que transporta y lo transforma en un caballero más valeroso aún. La idea del amor como afecto poderoso pero en el que el amante debe de ser digno y que lo intima a un largo trabajo de perfeccionamiento ético y erótico- concepción que definirá el arte de amar de los trovadores clásicos- no ha recorrido aún todo su camino, ya que alrededor del duque de Aquitania, la atmósfera “jovial” en que se vivía era también sanguínea, y los grandes señores cortejaban pero seducían por igual a las damas de su rango. René Nelli dice que el refinamiento que aporta Guillermo IX a las costumbres de la corte no está desprovisto de ciertas reticencias sociales. Se trata de cerrar el círculo de gentes que “saben” amar, de excluir de él a la pequeña nobleza y a los burgueses, y sobre todo, a los jóvenes sin fortuna.
En cambio, las generaciones siguientes de trovadores- las de Jauffré, Rudel, Marcabru, Cercamon- pertenecen a esta clase de jóvenes dejado a un lado por la nobleza. Bajo su pluma, el amor cortés va a perder su aspecto sanguíneo para tomar un tono netamente melancólico. No sin amargura se quejan a su vez de los barones que reservan sus esposas y amantes, y de las damas interesadas que prefieren a los señores ricos y poderosos a los jóvenes sin dinero.
Sobre el plano teórico, los trovadores de la segunda generación denuncian la naturaleza caballeresca a la vez egoísta y sensual de lo erótico de sus mayores, y suplican a las damas de la corte preferir el amor espiritual y puro que ofrecerse a la concupiscencia apenas disfrazada de los barones. Pero como sus pedidos no obtienen éxito alguno, los trovadores se sumen en la melancolía y se ven reducidos a cantar a una dama ideal en términos próximos: la Virgen.
En la segunda parte del Siglo XI, esta derivación mística será sin embargo conjurada, al menos provisoriamente, ya que algunos decenios más tarde aparecerá para dar el golpe de gracia a la cultura occitana. El enriquecimiento del Languedoc permite el acceso a los jóvenes y burgueses a la corte y a sus juegos y, si las grandes damas permanecen inaccesibles, no lo parecen de ningún modo a los jóvenes trovadores[3]. Es en ese momento que lo erótico de Oc llega a su plena madurez. Para medir toda su originalidad pueden compararse sus rasgos específicos a los de las dos artes de amar de las cuales procede pero de las que se distingue completamente:
1.La atracción ejercida por la dama sobre el trovador no está tomada por él ni como un desafío que una presa salvaje o muy bien guardada lanza al caballero conquistador, ni como el recuerdo de una unión prenatal de su alma con la de su dama, sino como ese afecto que emana del ser todo de la mujer y que atraviesa los sentidos del amante y se fija en su corazón.
2.Un tal afecto no tiene por objetivo el de despertar un código de honor cuyo resorte esencial consista en realzar todos los desafíos y no revela solamente un camino de iniciación, sino que, de etapa en etapa requiere una desencarnación del amor en nombre de su perfeccionamiento. La pasión que abrasa al trovador pide ser absorbida progresivamente. Para que el amor no se extinga, para que la dama acceda a prodigarlo, debe ser cultivado por el amante gracias a un trabajo de purificación y de intensificación, en el cual la continencia, al menos relativa, es el motor; no porque el cuerpo sea vil o como lo consideran los neoplatónicos árabes, porque haya que superar el amor carnal, sino porque la intensidad misma del afecto ordena al amante a arder siempre más para sentirlo adecuadamente.
En consecuencia, el fuego del amor que desde su corazón ha ganado su cerebro y su sexo corre riesgo de extinguirse, sea por lo alto- en la sublimación, el gozo sereno de la belleza ideal o divina, más allá de la mujer amada-, sea por lo bajo- a través del sexo, lo cual tiene el riesgo de “enfriar” al amante. Éste puede perder su ardor o peor aún: el amor mismo puede ser evacuado por el sexo. Es lo que tranquiliza a los médicos pero aterroriza a los trovadores, muy preocupados por la tristeza posterior a la unión carnal. Oponiéndose a ella se perfila el gozo, noción que desde Guillermo IX ha ganado en densidad. Es la emoción que explica la absorción del afecto amoroso y que crece a medida que el amante cultiva y afina su pasión.
Esta pasión ardiente, que hay que mantener sin cesar, no se mantiene a fuerza de hazañas más o menos guerreras ni por un renunciamiento progresivo a todo lo carnal. Las pruebas a las que se somete el amante cortés son inherentes al amor. Se ordenan en un proceso ritualizado que los trovadores llaman el servicio de amor. Conduce a la culminación del amor o fin´amors y comprende cuatro etapas:
1) El amante es, al principio, fenhedor (suspirante), es decir, tocado por el amor de la dama pero aún no notado por ella. En ese estadio, él debe, esencialmente, hacer prueba de humildad, que es, por así decirlo, su virtud de base, la que implica todas las otras. El amante humilde da a entender, por su misma humildad, que ama verdaderamente por oposición a la arrogancia del seductor caballeresco, que sólo tiende a conquistar. Fuerte en su humilde sinceridad, descuenta que su dama lo notará.
2) Una vez autorizado a cortejarla, el trovador se vuelve precador (suplicante) y a ese título su virtud principal es la paciencia. Debe estar preparado para suplicar indefinidamente a su dama, o mejor, a proclamarse feliz de cantar su amor sin esperar otra retribución que ser escuchado.
3) Si es escuchado, se vuelve entendedor, amante platónico. Esta promoción se acompaña de una pequeña ceremonia en la que el trovador recibe su primer beso. En tanto que amante aceptado, su condición será la discreción: ella testimonia que el amante desea gozar de sus favores- todavía castos- de su amada “por ellos mismos” y no para adquirir prestigio ante sus pares.
4) Al fin, se convertirá en amante carnal, drut[4], cuando haya pasado con éxito la última prueba, l´asag, que consiste en permanecer toda una noche junto a su amada desnuda, besarla y abrazarla pero conteniéndose sexualmente. Esta es la última prueba de amor y, a pesar de ella, debe permanecer en la mesura que se opone a la folor, es decir, a la audacia impaciente del caballero.
Pero más que de la moderación o el control de sí, la mesura significa la sumisión del trovador al placer de la dama. Más aún, esta virtud suprema testimonia que el amante ha asimilado tan bien el amor prodigado por la amada que, como ella se ha vuelto “ todo amor”, sí es capaz de gozar como ella, es decir, continuamente, sin los triunfos ni las tristezas que para el trovador caracteriza el erotismo caballeresco o el masculino cuando no es “cultivado”. Dicho de otro modo, el perfecto amante no desea si no lo que su amada desea.
La finalidad del tratamiento del amor-afecto no es, por consiguiente, ni la gloria- que para el caballero atañe el rapto de la dama- ni el acceso al amor de Dios a través del amor espiritual de la amada, sino la transformación del amante por y para el amor que se expresa por el “joi”, gozo, del trovador, y los cantos (canciones) que lo registran. En otros términos, el erotismo de Oc no se termina ni con la posesión de la dama codiciada ni con la sublimación del deseo, sino que culmina con la paradoja que evocan las palabras cubiertas de A. le Chapelain y la novela de Flamenca: cuando el trovador ha pasado la prueba de l´asag con éxito y se vuelve un amante impecable, está totalmente transido de amor y sólo un cambio de miradas con su dama es suficiente para transportarlo de “joi”, gozo. Pero por esta razón misma, la culminación total de la unión no le está mas prohibida, ya que su amor es tan ardiente que no corre el riesgo de extinguirse con el acto sexual.

[1] Artículo perteneciente al dossier Passiones fatales, Magazine Litteraire, N° 267-268, 1989, p. 18-21. Traducción y compaginación: Martha Fawler, 1992.
[2] Redactor de la revista americana Zone.
[3] Arnaut de Mareuil, Arnaut Daniel y Bernard de Ventadour.
[4] O, también, drutz.



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