Amour courtois

Amour courtois
Drutz et "midons"
"...Entonces me verás...y mi muerte, más elocuente que yo, te dirá qué es lo que se ama cuando se ama a un hombre..." (Pedro Abelardo a Eloísa)

jueves, 23 de julio de 2009

La educación en los gremios medievales y órdenes de caballería


 Jacques LeGoff sostiene que la Cristiandad medieval fue presentada a menudo con esquemas binarios, con dualidades antitéticas; la más general es la contraposición clérigos- laicos. Pero el poder también fue una importante línea divisoria: potens/pauper (poderoso/pobre) fue sustituida después por rico/pobre. Se introdujo sin más una categoría intermedia, la de quienes se encontraban entre las características extremas de los grandes y de los pequeños: maiores, mediocres, minores. Este esquema fue particularmente válido a principios del siglo XIII, cuando los burgueses de las ciudades se presentaron como mediocres entre la aristocracia de los grandes laicos y eclesiásticos y la masa de campesinos y ciudadanos sin importancia. Se distinguen, entonces, tres componentes en la sociedad: oratores, bellatores, laboratores; es decir, los que rezan, los que combaten, los que trabajan.
Con las Cruzadas, se despierta un mundo nuevo para Occidente, plasmado de elementos exóticos y lujosos, y la ruta del comercio inaugura el florecimiento gradual e imparable de ciudades. Las industrias empiezan a florecer, especialmente la de los tejidos, y un activo comercio empieza a desarrollarse en todo Occidente. Venecia, Génova, Florencia, Amalfi, Pisa, Lübeck, Hamburgo, Colonia, Brujas; desde Novgorod (en Rusia) hasta Londres y Burdeos y desde Bizancio y puertos de Siria hasta España, las naves empiezan a traer y llevar mercancías, materias primas y artículos manufacturados que sirven a las necesidades fundamentales pero que también desarrollan un apetito por los objetos de lujo desconocidos. El mundo occidental, hasta entonces enclaustrado, se halla de pronto reintegrado al área del Mediterráneo, ahora transitable y de nuevo vínculo de unión de todas sus costas como en otras tantas épocas lo fue.
Para facilitar el intercambio y para defenderse de quienes aspiran a dominarla a fin de controlar sus crecientes riquezas, las ciudades forman ligas y hermandades, con lo que su poder crece considerablemente. La Hansa teutónica, que agrupa las ciudades alemanas y extiende sus actividades por el mar Báltico, el del Norte y el océano Atlántico, es, acaso, la más poderosa. Las ciudades del norte de Italia se unen formando la Liga Lombarda, para hacer frente a Federico Barbarroja.

En el seno de la sociedad feudal aparece una nueva clase social dedicada a la producción manufacturera y al comercio, centrada en las ciudades, que elabora una concepción de la vida fundamentalmente diferente de la representada por la antigua nobleza. Esta clase social es la burguesía, cuyos miembros buscan condiciones de vida más favorables en el comercio o en el libre ejercicio de sus oficios. Agrupados en las viejas ciudades o en otras nuevas que van surgiendo, los burgueses acumulan muy pronto recursos suficientes como para poder, algunos de ellos, organizar empresas de largo alcance. Vastos talleres producen diversos artículos en cantidades suficientes como para exportar, y sólidos mercaderes pueden dedicarse a la importación de toda clase de objetos, sobre todo de lujo, para satisfacer nuevas exigencias que iban apareciendo en las clases acomodadas, tanto señoriales como burguesas. En el aspecto social, la burguesía constituye una extraordinaria heterogeneidad, como resultado de un proceso múltiple y variadísimo. Tiene a la nobleza como un enemigo natural.
La ciudad empieza a ofrecer posibilidades insospechadas para el artesano o para el que busca el ejercicio del comercio. La vida urbana significa no sólo un acentuado y eficaz ejercicio de la actividad manufacturera y comercial, sino también la posibilidad de un desarrollo intenso de la actividad intelectual. Dice Romero:
“En primer lugar los problemas de la colectividad – económicos, sociales, a veces estrictamente comunales, pero a veces de más alto vuelo político- estaban en cierto modo dentro del alcance de la burguesía, que se ejercitaba así en el análisis de cuestiones que antes le estaban vedadas.” (p. 166)
En los ciudadanos hay una profunda conciencia de su papel en el complejo juego político, y un orgullo peculiar de su condición de tal. La comuna libre apenas puede imaginarse como unidad suficiente, y es notorio el afán de agrupar los esfuerzos para hacer frente a otras unidades políticas de más alto potencial, mediante ligas, confederaciones y hermandades.
Los ricos burgueses de las ciudades italianas, flamencas y alemanas quieren vivir una existencia noble y digna. Sus usos, vestidos, fiestas, moradas imitan en alguna medida las de los señores y hasta los superaron. En general, lo que predomina en ellos es la aversión al ocio, rasgo característico de las clases señoriales, y el enaltecimiento del trabajo como fuente de la riqueza. La sólida fortuna es vigilada y es testimonio de cordura; al exceder la categoría de extravagancia resulta peligrosa ya que manifiesta el intento por asemejarse a los señores.
El incremento del comercio, de las rutas comerciales y la especialización sirvieron de aliciente para el surgimiento de agrupaciones de comerciantes y la reunión en torno a un oficio o industria específica: vendedores de agua en el valle del Sena, gremios de cuchilleros de París, los armeros de Londres. El propósito de los gremios es obtener protección de las autoridades para sus actividades y el derecho a regularlas detalladamente. Recordemos que los comercios instalados no son los únicos que se encargan de la venta. Los ambulantes anuncian y pregonan sus mercancías a viva voz. Los gremios, como consecuencia, buscan eliminar la competencia considerada indeseable y desleal por medio de la prohibición- previa solicitud- de circulación de vendedores ambulantes. Por otra parte, la suciedad y la circulación de animales sueltos por las calles- perros, patos, gallinas, puercos, cabras, bueyes, vacas, ovejas, gansos, etc.- son frecuentes. Por ello, se pena a los que permiten la evacuación de animales grandes y se limita, en general, la tenencia dentro de la ciudad. Se excluyen algunos gremios y actividades como carniceros, albergadores, mercaderes, etc.
Los siglos posteriores al año mil son los del surgimiento de los maestros libres y de las universidades, los siglos del nacimiento de los municipios y de las corporaciones de artes y oficios. En pocas palabras, son los siglos del primer desarrollo de una burguesía urbana.
La presencia de gremios y corporaciones influye notablemente en la constitución de la ciudad medieval. Así, la importancia de las denominaciones de las calles. Dice Nilda Guglielmi: “Determinados asentamientos en la ciudad están expresados a través de sus nombres. Por un lado, podemos tener las habitaciones o tiendas agrupadas de determinados gremios. Así, por ejemplo, las calles de cuchilleros, de zapateros, etc.” (p. 69)
Recordemos que la escuela y el estudio son monopolio de la Iglesia y de los monasterios en la Temprana Edad Media, hasta tal punto que “estudioso” y “clérigo” se convierten en sinónimos y valen igualmente para indicar la profesión del estudio. Al acentuarse la falta de estima de la cultura pagana respecto a la sagrada, se llega en los siglos XI y XII a la decadencia de la escuela monástica, interna y externa; deja al clero diocesano la solicitud por el cuidado de las escuelas. Se crea, pues, un cierto antagonismo entre clero religioso y clero secular frente al campo de la cultura. La manera de ayudar a la comprensión de las grandes verdades de la fe, difíciles de explicar a los iletrados, consiste en decoraciones y representaciones, tanto en el interior como en el exterior de las iglesias, con pasajes del Antiguo y el Nuevo Testamento, seres maravillosos e imaginarios, animales exóticos y trabajos cotidianos.
En el siglo XII, y sobre todo en el XIII, se da un despertar cultural también en el pueblo. En Italia coincide con la prosperidad de ayuntamientos y la organización de corporaciones. Esto abre poco a poco la puerta a la laicización de la cultura y de la escuela, en el sentido de que se despierta el interés y también los laicos se acercan, al menos más que antes, al tesoro de la cultura. Simoncelli distingue, sobre todo, una especie de educación y de escuela, ligada a la organización de las corporaciones y que realiza el primer experimento de aprendizaje organizado y un rudimento de escuela profesional artesana, adaptada a las exigencias de la educación popular, con la intención de responder al conjunto de las necesidades educativas del joven aprendiz.
Los gremios van a ser dirigidos mediante una organización interna bastante rígida. La jerarquía de trabajo se establece en tres niveles: maestros, oficiales y criados aprendices. Los primeros deben demostrar su competencia y su capacidad financiera, y realizar la “obra maestra” para acceder a la maestría y pagar la matrícula. Son los únicos que pueden votar los estatutos por los que se rige el gremio y elegir sus procuradores y jefes. Los oficiales son maestros en potencia; además de su formación, el oficial tiene derecho a recibir alojamiento, alimentación y salario. Las aspiraciones de los oficiales de acceder a la maestría son seriamente limitadas. Desde el siglo XIV se elevan aún más los requisitos de admisión. En la medida que se arraiga la práctica de que sean los hijos de los aprendices los llamados a ocupar el puesto de sus padres maestros artesanos, esta condición se convierte en un privilegio hereditario.
La relación entre ciencia y trabajo manual está más desarrollada; la especialización está más avanzada. Se requiere un proceso formativo, ya que la simple observación e imitación resulta insuficiente. Surgen nuevos modos de producción. Ya sea en los oficios más manuales o en los más intelectuales, se desarrolla no en un ámbito de adolescentes sino en la convivencia de éstos y adultos en el trabajo. Se presenta el tema nuevo de un aprendizaje en que ciencia y trabajo se reencuentren, con una tendencia a la consolidación y asimilación a la escuela. Es el tema fundamental de la educación moderna, que aquí empieza a delinearse apenas.
El campo pierde los oficios que todavía sobrevivían, ejercidos antes por los prebendarios o servi ministeriales de las cortes señoriales. También estos siervos, buscando libertad y ganancias autónomas, se transfieren a la ciudad; y en las ciudades se consolidan y se expanden, y empiezan a elaborarse unos estatutos regulares que llegarán a tener la aprobación del poder público. En estos estatutos, las numerosas normas regulan las relaciones externas del oficio o corporación con el poder público y con el mercado, y también las internas entre los trabajadores, que pueden ser maestros, socios, aprendices o jornaleros asalariados. En especial, se trata del número y de la edad de los discípulos, de la duración del aprendizaje, del pago por el aprendizaje y del mantenimiento cotidiano del aprendiz, y tal vez de las pruebas finales. En éstas, con la ejecución de la “obra maestra”, el oficial era aceptado entre los maestros y podía ejercer el oficio por su cuenta.
Como conjunto de normas contenidas en todos estos estatutos, hay en la ejecución de la “obra maestra” un testimonio de una costumbre, de unas relaciones sociales y económicas, de consideraciones morales, de procedimientos casi litúrgicos, que apelan incesantemente a costumbres y normas propias, ya sean de la vida religiosa, ya de la vida caballeresca. Es todo un ritual, que a pesar de la enorme diversidad del lujo, pertenece al mismo mundo. De la presentación del aprendiz a su aceptación en la corporación, nos encontramos con la similitud de la consagración de un monje o la investidura de un caballero.
Los aprendices son discípulos distinguidos de los ancianos y los patrones, pues hay una relación educativa: magistri y discipuli. Participan en el trabajo, pero en vistas a la adquisición de los conocimientos y habilidades de la profesión. No hay separación entre el trabajar y el aprender. No existe una escuela del trabajo: el mismo trabajo es la escuela; pero van creciendo los aspectos intelectuales.
Sin embargo, ningún arte se preocupó de describir en sus estatutos los modos de este doble proceso de trabajo-aprendizaje. No hay una pedagogía del trabajo: no se nos muestran las materias primas ni su cualidad, las herramientas y su empleo. Según el oficio, las costumbres tradicionales dicen que los maestros pueden contar con un número limitado o ilimitado de aprendices; se exige que no tengan precedentes personales[1] y que sean nacidos de matrimonio legítimo.
El ingreso a un trabajo se hace bajo la forma de contrato; la duración del contrato de aprendizaje depende de la decisión del maestro, variando de cuatro a diez años, con la posibilidad de extenderse si el aprendiz no paga. Éste debe pagar por la enseñanza que recibe, además del rendimiento progresivo en su trabajo. No siempre, sin embargo, puede realizarse debido a la pobreza media de las familias de los aprendices. Esto lo comprenden los mismos estatutos.
La edad del discípulo para empezar su aprendizaje es variada y diversa; asimismo, el maestro, según el contrato y por casos de fuerza mayor, puede ejercer una suerte de propiedad temporal sobre el joven, y puede incluso venderlo o alquilarlo a otros maestros[2]. Se tiene en cuenta los derechos del aprendiz; como garantía, tiene una especie de caja de mutuo socorro; parte de lo que él ingresa va al gremio para ser devuelto a los jóvenes pobres del mismo gremio y para preservar los derechos de los aprendices con relación a sus maestros. También se prevé el caso del que el aprendiz huya, ya sea por poca voluntad de trabajar o por algún error del maestro. En el primer caso, no se lo puede volver a tomar si la huida es reiterada; en el segundo, el maestro es llamado y regañado por sus colegas del gremio o corporación.
Todos los miembros de un oficio se comprometen a trabajar según los usos y costumbres y a denunciar cualquier anormalidad. Con relación al delito y la infamia, la Edad Media da gran importancia a la fama, al renombre. Existe la infamia iuris o legalis, castigo para funcionarios y personas de altos cargos, que consiste en el repudio público y exposición del reo y sus delitos. A ella se suma la infamia vulgaris o publica fama, la opinión pública para vivir con honra en una comunidad pequeña. Se pinta el rostro de los condenados, con nombres y familia al pie y detalle de delitos. Guglielmi afirma que: “En ocasiones, no eran las autoridades municipales sino las gremiales las que determinaban la condena. En ese caso, la pintura, con frecuencia, se realizaba en el edificio del gremio” (p. 91) Así, hay un convenio real de mantener el secreto del oficio en cuestión.
En cuanto a las mujeres, se encuentran presentes en algunos estatutos como eventuales viudas de maestros. Los fabricantes de rosarios, por ejemplo, les permiten trabajar, pero sin aprendices cuando se hayan casado en segundas nupcias con un hombre de otro oficio. Los trabajadores de cristales y piedras no permiten a ninguna viuda tomar aprendices.
Dentro de un gremio, en el conjunto de los artifices se distinguen claramente los magistri de los sotii, de los factores u oficiales y de los discipuli, por debajo de los cuales se norman todavía los simples operatores (o laboratores) jornaleros. Asimismo, hay normas que prevén conflictos entre maestros y discípulos sobre posibles deudas de éstos para con aquéllos; en estos casos basta que el maestro jure.
Hay poco en estos estatutos que hablen de la relación de aprendizaje y su desarrollo concreto. Hay una mayor dependencia del discípulo respecto al maestro en relación con aquella especial universitas, en la cual son más los magistri los que dependen de los discipuli o scolari.
En este aprendizaje del oficio, del cual se entrevén apenas los procedimientos didácticos, hay un aspecto meramente ejecutivo pero también un aspecto científico, el conocimiento de las materias primas, de los criterios de elaboración, de los instrumentos. Pero este conocimiento queda confiado a la transmisión, rodeada del “secreto del arte”, no sistematizada orgánicamente, no coordinada con conocimientos más generales sino mínimos. De todos los oficios “manuales”, quirúrgicos[3], sólo la “cirugía” médica y la arquitectura se han transformado en ciencia. Algo similar ocurre con la agricultura.
En la evolución del grupo noble, los historiadores reconocen dos períodos. El de la caballería está representado por la conquista y adquisición territorial. El de la cortesía se manifiesta en las justas y torneos. Este período se debe a que ya no hay posibilidades de expansión y se encuentra todo conquistado.
El señor feudal, desde sus comienzos, reúne en sí las condiciones de señorío y de caballero; entonces es un hombre rudo, cruel, tan bárbaro como los bárbaros a los que combate. Sus armas son muy voluminosas y pesadas. El caballero no sabe de lealtades, ni guarda palabra empeñada: su criterio de acción es la propia conveniencia. Vive en un castillo, edificación de piedra fría, con una única sala central en la que se come y bebe y se duerme. Este señor es iletrado e inculto; en ocasiones recurre a algún clérigo, o a un miembro de alguna orden religiosa, para entender una situación, interpretar un mensaje, o bien llevarlo fidedignamente, redactado por escrito o en forma verbal. Poco a poco se hace costumbre tenerlo en el castillo, desde donde va y viene a la iglesia o al monasterio. Es hombre de confianza, de mucha paciencia, tenido por sabio y por persona de discernimiento; más tarde se convierte en maestro de religión primero, y después, de lectura y escritura, aun de las mujeres de la familia.
Si bien con Carlomagno en el Siglo VIII-IX el comportamiento y la educación se han pulido, durante el siglo XI se suavizan y mejoran considerablemente los modales de las clases aristocráticas en virtud de la aparición de la llamada caballería andante. La caballería es el código social y moral del feudalismo, la encarnación de sus ideales más altos y la expresión de sus virtudes. Según afirma McNall Burns, los orígenes de este código son fundamentalmente germanos y cristianos, pero en su desarrollo también desempeña algún papel la influencia sarracena. El caballero ideal debe ser no sólo valiente y leal, sino también generoso, veraz, respetuoso, bueno con los pobres y desvalidos, y desdeñoso de las ventajas injustas y las ganancias sórdidas. Como veremos más adelante, gracias a la influencia provenzal, el ideal caballeresco hace del amor a las mujeres un verdadero culto, con un ceremonial complicado que el noble joven y vehemente debe observar escrupulosamente. La caballería impone también a sus miembros la obligación de luchar defendiendo causas nobles, como campeón de la Iglesia, defendiendo con la espada y la lanza.
Con el andar del tiempo comienza a verse la necesidad de celebrar acuerdos, alianzas, reestructurar las relaciones, hallar valores e intereses comunes, encontrar la manera de habérselas con los otros poderes: políticos, espirituales, económicos. La presencia del clérigo o monje en el castillo, quien comienza a tener cada vez más ascendiente moral sobre el señor y sus decisiones, es el primer paso. Se ve el aporte de la Iglesia con la figura de María, Virgen y Madre, la valoración de la mujer. Valoración que tendrá, a lo largo de la historia de la caballería, matices propios signados por la idealización de la que ahora es la dama, y por el amor cortés.
En esta época, la educación guerrera se convierte en educación caballeresca, asumiendo también como propios los aspectos intelectuales, naturalmente distintos de los de la ciencia de los clérigos, aunque siendo parte de la misma cultura. En los primeros tiempos[4], aún bajo la influencia germánica, se da más importancia a las armas y a la milicia que a los libros. Es más, se mira con cierto desprecio aristocrático la práctica intelectual. Sólo con el pasar del tiempo el conocimiento intelectual irá a la par del bélico.
El guerrero, esto es, el caballero, comienza a ser considerado como una profesión instituida por Dios por ser necesaria para el bien de la sociedad humana, y poco a poco van entretejiéndose los lazos entre Iglesia y caballería, entre las armas y la fe. Significativa es, al respecto, la magna empresa de las Cruzadas; el contacto con la civilización oriental cambia el mundo cultural del Occidente, y el comercio ayuda a materializar ese cambio. Los nobles señores, los caballeros, conocen los palacios bizantinos con sus amplias estancias, sus fuentes, los jardines; tapices en las paredes, alfombras, almohadones; sedas y terciopelos de múltiples colores; juegos de luces; banquetes con platos elaborados y condimentados con especias, pastelería, vajilla delicada, agua de rosas para lavarse las manos durante las comidas; danzas, cantos, juegos; vestiduras cómodas y hermosas, en los hombres y en las mujeres; formas de cortesía, la etiqueta de palacio; la armadura liviana y la destreza sutil en el manejo de las armas.
Cambian entonces los castillos. Surgen, además, las órdenes de la caballería en tiempos de las Cruzadas, como la famosísima Orden del Templo, o de los caballeros templarios, la Orden del Hospital, o de los caballeros hospitalarios, y muchas otras, como los Caballeros de Santiago, la orden Militar de Calatrava, la Orden de la Jarretera. Órdenes las primeras que se caracterizan por la gran importancia dada a la oración, por la presencia de los votos de pobreza, castidad y obediencia –también a la autoridad eclesiástica–, por la férrea autoridad de sus superiores; en tanto las segundas tienen un carácter más seglar y sin dichos votos, por cuanto no están ligadas a la empresa religiosa de la lucha en Tierra Santa.
Por otra parte, están los caballeros que no pertenecen a las órdenes en particular sino a lo que en sentido general se llama “la Orden de la Caballería”, desplegando una actividad más libre, pero siempre vinculada a juramentos de lealtad hacia reyes o bien hacia señores que los superan en nobleza y dominio, y a los que voluntariamente se han sujetado.
Completan el cuadro las damas y el tema del amor cortés, que dan un sentido cargado de poesía a las empresas de los caballeros; pero también refinan las condiciones de la vida cotidiana, dan lugar a normas de cortesía que pulen a los antes rudos caballeros, y alimentan una literatura a la vez mítica y mística sobre la caballería, cantada por los trovadores en castillos, torneos, plazas y caminos que llevan la gloria de las hazañas y alcanzan fama a los protagonistas, y a sus heraldos. El caballero se entrega a su dama en una forma inspirada en la relación vasallática, por medio de la cual un hombre se entrega a otro como fiel servidor. La dama es denominada minors, “mi señora” en una clara alusión. El amor humilde y el secreto son claves para este amor cortés.
Ramón Llull, caballero mallorquín de vida libertina primero, y sabio y misionero de extraordinaria y fecunda labor a partir de una conversión personal en 1263, toca el tema en varias de sus obras; entre ellas, el Libro de la Orden de la Caballería, obra didáctica en forma de diálogo entre un anciano caballero y un escudero que quiere ser armado como tal, y que recibe de aquél un libro para su instrucción. La caballería es el remedio dado por Dios [origen divino de la caballería] a una situación de pecado –faltaron la caridad, la lealtad, la justicia y la verdad– que dificultó grandemente la convivencia en el mundo. Por eso, de cada mil hombres se escogió el más amable, más sabio, más leal, más fuerte, de más noble ánimo, de mejor trato y crianza entre todos los demás. Se escoge también el animal más noble, el caballo –de ahí el nombre de “caballero”–, y las armas más nobles, puesto que no sólo ha de ser amado por el pueblo por sus excelentes cualidades, sino también temido, para que pueda reducir a los rebeldes y a todos persuadir para que respeten la verdad y practiquen la justicia.
La aculturación es espontánea y al mismo tiempo institucionalizada, según la forma de vida de los castillos y de las cortes. La preparación en la técnica de la guerra y de la política se desarrolla, según la tradición, después de las primeras atenciones de la madre y de la nodriza, reuniendo algunos niños nobles bajo la vigilancia de un adulto y adiestrándolos en juegos gallardos: con pelotas y bastones y con ejercicios como el lanzamiento de la piedra, un primer manejo de armas y la equitación. A los quince años, el niño se convierte en paje o escudero de algún experto caballero al que sigue como a su propio maestro. A los veinte, terminada su educación, es proclamado caballero en una ceremonia solemne en la que recibe las armas que usará en el transcurso de su futura milicia, con el espaldarazo que debe dejarse dar. Dicen Ariès y Duby:
“Una vez que el aprendizaje militar, el manejo de la espada, del arco, del hacha, había terminado, el padre, bien lo fuera por la sangre o por adopción, hacía arrodillarse ante él al muchacho y le golpeaba violentamente en la espalda para comprobar su resistencia. La investidura- o espaldarazo- era un rito de iniciación que aseguraba que un joven era ya capaz en delante de batirse y de matar en defensa de su parentela. Podían comenzar ya las verdaderas batallas.” (p. 78)
Ya aquí surgen como involucrándose la caballería y la nobleza, condición esta última que implica un linaje, costumbres adecuadas, condiciones y virtudes personales, señorío, riquezas y el reconocimiento u honra de todo ello. Cabe que una persona no tenga linaje, o riquezas, pero que haya prestado excelentes servicios al rey, o a su señor natural: éste puede, con su reconocimiento, suplir tales carencias, dándose entonces la nobleza por voluntad del rey, o bien del señor. Sin embargo, nada puede suplir la carencia de virtud.
El oficio del caballero es mantener la fe católica y combatir contra los infieles [recordemos que la caballería, en su etapa organizada, estuvo inicialmente ligada a las Cruzadas]; defender y ayudar al señor de quien es vasallo; apoyar a la justicia; participar en los torneos y en partidas de caza para mantenerse entrenado adecuadamente; defender la tierra y, si es dominio suyo, gobernarla con sabiduría. También debe ejercitarse en la virtud, y específicamente en las virtudes teologales (fe, esperanza y caridad) y en las cardinales (justicia, prudencia, fortaleza y templanza), sin que deban faltar la sabiduría, la lealtad, la verdad, la humildad y añade la cortesía, la largueza, la magnanimidad, que dicen referencia a la condición de nobleza y señorío del caballero. Deben evitarse los vicios, que son los pecados capitales: gula, lujuria, avaricia, pereza, soberbia, envidia, ira. Tiene obligación para con las viudas, los huérfanos y los desvalidos, y asimismo para con campesinos, artesanos y todo aquél que trabaja para el sustento y conservación de la vida, y el orden del mundo. Aparecen la fidelidad, la valentía y la largueza como las aretaí [5] griegas:

· La fidelidad: cumplir la palabra empeñada y, por otra, no traicionar la fe jurada. Ha de guardarse lealtad para con todos, pero en caso de intereses que entran en colisión, hay un código que establece un orden que debe ser respetado.
· La valentía: el arrojo y la intrepidez imponen la lucha cuerpo a cuerpo, con el sólo auxilio de la destreza en el manejo del caballo, la protección de la armadura y la proximidad de los compañeros de armas. No es admisible la emboscada, y tampoco la lucha con los villanos, que deshonra al caballero.
· La liberalidad: el caballero no guarda dinero o recompensas para sí; todo lo reparte.

Estas tres virtudes caballerescas se ponen en juego en ocasión de los torneos, enfrentamientos armados de carácter casi deportivo, en los que participan contemplados y animados por las damas, pero sabiendo también que de su desempeño en los mismos dependía su futuro. Después de rivalizar en valentía, rivalizan en cortesía y sabiduría a fuerza de palabras, en interminables discursos, durante toda la noche. Se comenta el combate. Se intentaba, yuxtaponiendo las relaciones parciales, reconstruir completamente el desarrollo de la acción, distribuir equitativamente los premios y las menciones; también luego de la batalla hay un reparto del botín a modo de premio. En la Europa medieval los trovadores eran los encargados de narrar y de proclamar en cortes y castillos las hazañas. Dice Guglielmi: “Los miembros de una casa noble deberán destacarse individualmente en el ejercicio de los valores que su grupo ha privilegiado pero, en principio, reciben una herencia de prestigio, heredan calidades (...). Su condición se basa en valores adscriptos y no adquiridos”. (p. 21)
Ser un buen caballero requiere una formación adecuada, y dondequiera que se da un aprendizaje, se dan gradaciones, y esto sucede en el ámbito de la educación para el trabajo (aprendiz-oficial-maestro), en la educación universitaria (alumno-bachiller-maestro) y también en la educación caballeresca, donde hablaremos del paje, del escudero y, finalmente, del caballero. El bachiller es el caballero no casado.
El honor- la conducta moralmente correcta- antes que la fuerza es la gloria del caballero. El hacer gentiles las costumbres caballerescas es un dato real de la evolución histórica. El señor entenderá mejor las cosas de la fe y aprenderá los ejemplos de la historia, y junto con la instrucción intelectual, deberá atender la educación física, especialmente con la caza. Para completar la instrucción intelectual y física, se añaden las buenas maneras, evitando tomar el alimento con los cinco dedos de la mano o limpiarse la boca con el mantel.

· Paje es el niño de ocho años aproximadamente hasta los catorce o quince, que vive en la corte, con los señores y las damas, donde aprende y se forma. En su convivencia principalmente al servicio de las damas, aprende religión juntamente con ellas, y también poesía y música; modales y las reglas de cortesía; danza e instrumentos musicales (laúd); en los banquetes sirve a los caballeros y escucha con atención a los trovadores que cantan las hazañas de los ausentes con virtudes y valores, para emularlos. En los torneos a los que asiste aprende a distinguir los emblemas que singularizan a cada caballero, y a interpretarlos, pues hablan de su linaje, de las virtudes que les son propias, y de alguna empresa que le dio gloria y fama (éste es el contenido de la ciencia llamada heráldica). A veces atiende los caballos, otras veces se le permite tocar las armas, familiarizándose. La etapa siguiente de su educación es la de ser escudero.
· Escudero es el joven que acompaña al caballero y lo atiende: cuida su caballo, sus armas, tiene a su cargo techo, comida, vestimenta. Es mensajero y guardián, pero además el manejo de las armas, el montar, las virtudes, el conocimiento de los hombres y de sus caracteres, el trato con las damas. Se entrena físicamente, participa en competencias deportivas que forman su cuerpo y su espíritu, y que estimulan su deseo de ganar y el sentimiento del honor que ello supone. Aprende de lealtades, de señoríos, de leyes y también de traiciones. No participa en leales combates entre caballeros, pero puede defender a su amo de una felonía, o bien de un ataque de la gente del pueblo. Este espaldarazo, una práctica educativa[6], es más un recuerdo que una praxis de la educación caballeresca. Consideran que los golpes hacen a los niños viles y no son dignos de un futuro guerrero. Este tema es recurrente en la poesía cortesana. Las cortes visigodas o merovingias se convierten en sedes de verdaderas y propias escuelas, en las que los jóvenes nobles son educados en esa eruditio palatina, que consiste en empresas militares y disciplinas áulicas: el hacer y el decir del rex o monarca. Las virtudes de los nobles son, como siempre, las de la paz y la guerra, más que la cultura propiamente dicha. Estas virtudes se infundían a través de una educación especial en la que tenían un lugar predominante la caza, la equitación y el conocimiento de las reglas de la corte y de las leyes del estado, desarrollada colegialmente en la trustis, cuerpo de hombres de confianza del rey.

La ceremonia de ingreso a la Orden tendrá lugar, de ser posible, en uno de los días festivos de la Iglesia, para que pueda congregarse mucha gente que dé un marco adecuado a la celebración. El escudero se ha acercado al sacramento de la Confesión en los días previos, para purificar su alma de todo pecado, y en la víspera ha ayunado; y en la noche que antecede al día realiza la vela de armas en la iglesia, en oración y contemplación, escuchando la Palabra de Dios y pensamientos sobre la caballería.
En la mañana del día indicado habrá una Misa solemne. A continuación el escudero que solicita ser recibido en la Orden de la Caballería se arrodillará ante el altar, pues generalmente hay una autoridad religiosa, y el príncipe o el noble señor que lo hará caballero le ciñe la espada –que simboliza la castidad y la justicia–, le da un beso que significa la caridad, y una bofetada que le recuerde la grave obligación que adquiere, al recibir la más alta dignidad.
El nuevo caballero, montado a caballo y revestido con sus armas, se muestra a todos para que lo reconozcan por tal, y luego tiene lugar el banquete, las justas y los torneos y el reparto de dádivas, prolongando la celebración. Esta ceremonia tiene sus equivalentes en aquéllas en las que los artesanos proclaman y reciben al nuevo maestro en el seno de su corporación, y los maestros de las Universidades hacen lo propio: en ambos casos debe presentarse una obra maestra (una artesanía, una clase magistral), y a la recepción del nuevo maestro siguen los banquetes de rigor.
Hay una necesidad de identificación de los linajes y las casas. Una de las formas es la onomástica, que permite el reconocimiento del nombre o sobrenombre de ese primer antepasado, real o ficticio; los nombres de pila se repetirán por generaciones. Otras formas son la residencia familiar y los símbolos, éstos expresados en figuras y colores. Nace la heráldica.
Las armas del caballero tienen un símbolo: la espada en forma de cruz significa la victoria sobre el pecado y la muerte; los dos cortes de la espada simbolizan la justicia que ha jurado defender. La lanza significa la verdad, porque es derecha y no se tuerce; el acero de la lanza significa la fuerza que tiene la verdad sobre la falsedad; el asta y el pendón denotan que la verdad se manifiesta a todos sin miedo a la falsedad ni al engaño. La verdad es el apoyo de la esperanza. El yelmo significa la vergüenza que defiende la cabeza del hombre de la consideración de las vilezas y de la inclinación a cometerlas, las cuales deshonrarían al caballero y a la Caballería. La coraza es el castillo y muralla contra los vicios y la debilidad; las calzas que aseguran sus piernas y sus pies le recuerdan que debe asegurar los caminos con la fuerza de sus armas, las espuelas que hacen apurar el paso al caballo simbolizan diligencia en el servicio de la Caballería, el escudo le recuerda que su cuerpo debe ser escudo para su señor.
Guglielmi sostiene, según las crónicas, que el caballero es “de nobles costumbres, de alto linaje, liberal y ejercitado en las armas, diestro y dotado de todos los dones, como aquéllos en quienes el linaje se suele expresar claramente (...). Es elogiado por ser dadivoso (...). Su rostro se muestra alegre, su mano pronta a las larguezas” (p. 24-25)
En tiempos posteriores a la época medieval el caballero asumirá la forma del cortesano, el hombre noble cuya vida transcurre principalmente en la corte. Seguirá habiendo caballeros como hombres de armas, pero raramente se hallarán solos; forman compañías militares en relación de dependencia del Estado, y muchas veces son, además, mercenarios –y rara vez señores–, lo que los aleja ya muchísimo del caballero medieval.
Con el nuevo surgimiento de una sociedad de mercaderes y artesanos, que tienen sus centros de vida en las ciudades organizadas en municipios, las expresiones culturales más características y visiblemente nuevas se dan en las literaturas en lengua vulgar. Recordemos que en la Edad Media, el latín comienza a descomponerse de manera tal que se hace prácticamente incomprensible para los eruditos, lo que ocasiona el surgimiento de las lenguas romances[7], y se reserva el latín para la escritura y redacción de edictos y documentos.
La educación caballeresca consiste en la preparación para el ejercicio del poder, o de ese aspecto del poder que es el “hacer” de las clases dominantes, la guerra. Las artes caballerescas están en cierto modo a la par de las siete artes liberales[8] de los intelectuales o clérigos, y constituye igualmente una suma de habilidades: nadar, cabalgar, lanzar la jabalina, esgrima, cazar, escribir versos y jugar al ajedrez. Con el desarrollo de la ciencia y de la técnica de guerra, se añaden artes nuevas. Es que son cada vez más importantes con la evolución y el refinamiento de la civilización las artes de la corte, las políticas, el conocimiento de los usos de la etiqueta y de las leyes, y las de recreación cultural como la danza, tocar un instrumento, hacer versos. No olvidemos los casos de Alfonso X el Sabio quien congregó a los mejores poetas en su corte española y escribió él mismo; o a Jorge Manrique y sus Coplas a la muerte de su padre. La cultura caballeresca comprende también la poesía cortesana, sobre todo occitana[9]. Muchas representaciones como miniaturas y pinturas o juguetes dan muestra testimonial de que el joven noble es confiado al therápon o báiulus para pasar finalmente a perfeccionarse como paje de un caballero experimentado.
Gracias a la influencia provenzal, en la Italia medieval entre los siglos XIII y XIV surge un movimiento de poetas denominado Dolce Stil Nuovo o Dulce Estilo Nuevo, al cual pertenece, entre otros, el gran florentino Dante Alighieri; este movimiento intelectual y cultural preconiza la figura de la mujer al punto de denominarla donna angelicata o mujer ángel, intermediaria entre Dios y el hombre, capaz de hacer surgir del corazón y la razón de éste aquellas virtudes que se encuentran latentes.
Se conforma, entonces, un nuevo ideal del hombre noble. Éste se forma, por lo tanto, al mismo tiempo en las artes liberales y en las militares. Con el tiempo, las buenas maneras y la cultura son prerrogativas indispensables de los caballeros. Es tal la importancia que en 1528 Baltasar Castiglione escribe El cortesano[10] , inmerso en las ideas de la época: educar al soberano, como lo hace Nicolás Maquiavelo en El Príncipe. La educación debe desarrollar, según Castiglione, todas las facultades físicas y espirituales sin exclusividades ni profesión especial, porque no se trata de formar al sabio, sino al hombre de mundo. El programa de educación intelectual para el perfecto cortesano no abarca las ciencias naturales que entonces estaban en la infancia; no comprende la filosofía pura, a lo menos la filosofía de las escuelas, y sumamente amplio en lo que toca a las letras humanas y a la teoría y práctica de las bellas artes. Tengamos en cuenta que el libro de Castiglione responde más bien al espíritu del Renacimiento.
Destaca, sobre todo, que el cortesano ha de ser de buen linaje, debe saber hablar y escribir bien, ser ornado y ataviado, saber leer e interpretar la música en partituras y ejecutar instrumentos, saber pintar y saber amar. En cuanto a esto último, hay un capítulo especial en el que distingue al cortesano del vulgo. El amor en el caballero puede amar sensualmente en su juventud; pero en la madurez recomienda gran cautela y no ceder ante la pasión con la que aman los “simples mortales”. En el enamoramiento, debe influir la razón, ya que ésta es la que distingue a los animales de los hombres. El “loco amor”[11] es propio de la gente vulgar y común. Como consecuencia, el perfecto cortesano se diferencia al amar no cediendo a las más bajas pasiones sino fortaleciendo el alma por medio de la razón.
No sólo los torneos, armas, ejercicios físicos debían acompañar al caballero, sino también la buena conversación, la agudeza de ingenio y las burlas, evitando la afectación y hablando “a cada cual según la dignidad de las personas, el momento y la circunstancia se lo aconsejes, conservando siempre un gentil y gracioso trato en la conversación familiar con todos” (p. 79).
Dice Castiglione:
“¿Cuánto más agrada y cuánto es tenido por más honrado un caballero que sigue la guerra si es manso y habla poco y no se alaba, que otro que está siempre loándose y con bravezas y reniegos espanta al mundo, de lo cual no puede ser otra la causa sino estrema codicia de parecer esforzado?” (p. 43-44)

El caballero debe ser un buen soldado, y también comenzar temprano y tener desde el comienzo los mejores maestros que pueda.
Si bien la educación versa sobre el caballero, la mujer comienza a ser tenida en cuenta, sobre todo porque le será destinada. Y la mujer que ha de serle destinada no puede ser una fémina cualquiera, debe ser una dama. La mujer debe ser graciosa, de buenas costumbres y de gentil arte.
“...cuánto ellas sean necesarias, no solamente a nuestro ser, mas aun a nuestro bien ser; (...)si ellas son más prestas a sus apetitos que los hombres y con todo esto se resisten más que no ellos, merecen tanto más ser alabadas, cuanto su naturaleza es menos fuerte para vencer los movimientos naturales; de vergüenza resisten a sus deseos, en lugar de dalles una virtud, les dais dos; tal vergüenza no es otra cosa sino temor de infamia, de muy pocos hombres poseída. El verdadero freno generalmente para las mujeres es la virtud y deseo de la honra. Esa es la gentil dama.” (p. 120-121)
En la Edad Media, se educa al caballero para el arte de la guerra y el manejo de arcas públicas, tierras, gentes, ganado. En el Renacimiento, se lo educa para la exquisita diplomacia.


BIBLIOGRAFÍA

ARIÈS, Philippe y Georges Duby, Historia de la vida privada. La Alta Edad Media, Madrid, Taurus, 1992.
CASTIGLIONE, Baltasar, El cortesano, Madrid, Espasa Calpe, 1967, “Austral”.
Covarrubias, Isaías, La Economía Medieval y la Emergencia del Capitalismo, s/d
FRABOSCHI, Azucena, Curso de Historia General de la Educación I. La educación caballeresca, Buenos Aires, Universidad Católica Argentina, s/d
GUGLIELMI, Nilda, Aproximación a la vida cotidiana en la Edad Media, Buenos Aires, EDUCA, 2000.
LE GOFF, Jacques y otros, El hombre medieval, Madrid, Alianza, 1987.
MANACORDA, Mario Alighiero, Historia de la educación I. De la antigüedad al 1500, México, Siglo Veintiuno, 1996.
MCNALL BURNS, Edward, Civilizaciones de Occidente. Su historia y su cultura, Buenos Aires, Siglo Veinte, 1978 (Tomo I)
ROMERO, José Luis, La cultura occidental, Buenos Aires, Siglo Veintiuno, 2004.
ROMERO, José Luis, La Edad Media, México, Fondo de Cultura Económica, 1985.
SIMONCELLI, Mario, Historia de la Pedagogía, en PONTIFICIO ATENEO SALESIANO, Educación I, Pedagogía y Didáctica, Salamanca, Sígueme, 1967.



Nota: el presente trabajo es un resumen erudito, un compilado de las premisas más importantes citadas en la bibliografía. Fue presentado para la cátedra de Historia de la Educación del Ciclo de Formación Pedagógica de la USAL; a ello se deben las explicaciones de tipo literario y ciertas adecuaciones

[1] Se refiere a antecedentes de tipo penal: “no dar trabajo a un bribón, ladrón, asesino o expulsado de la ciudad por alguna acción indigna”. (MANACORDA, p. 255)
[2] En el caso de fallecimiento del maestro antes de cumplirse el período de aprendizaje.
[3] Del griego kheír, “mano”.
[4] Siglos V al XI. A partir del 1200 comienza a educarse al caballero no sólo en las armas sino en la filosofía, lenguas extranjeras, geografía, etc.
[5] Plural de areté, “virtudes”.
[6] En una ocasión, siglos antes, la reina goda Amalasunta, habiendo educado a su hijo según las costumbres y la cultura romana, fue sorprendida golpeando a su hijo Atalarico; por ese motivo, los notables se reunieron y quejaron, pues se rechazaba en la educación de los jóvenes como tirocinio (guerrero) la represión y el sadismo pedagógico fundado en los golpes.
[7] Las lenguas romances son el italiano, el retorromano (Norte de Italia y Sur de Suiza), el sardo (en Cerdeña), el rumano, el portugués, el castellano, el catalán, el gallego y el francés, y , hasta el siglo XIX, el dalmático (en Croacia). El nacimiento del castellano tiene lugar hacia el año 1000, en el Monasterio de San Millán de la Cogolla, España, Debido a que un monje copista prácticamente ya desconocía el latín y anotó, en versión vulgar o romance, aclaraciones al margen del manuscrito. Estas acotaciones reciben el nombre de glosas, y son conocidas como glosas emilianenses.
[8] El filósofo Boecio dividió las Siete Artes Liberales en dos grupos, Trivium –Gramática, Retórica y Lógica- y Quadrivium –Aritmética, Geometría, Astronomía y Música.
[9] Provenzal. Los trovadores provenzales fueron los que inauguraron el amor cortés, el “cortejo” a la dama, los rituales de señas, la elevación y exaltación de la mujer destinataria del amor y mediadora entre Dios y el hombre. “Occitano” proviene de la “lengua de oc” o “langue d´oc”.
[10] Se trata de cuatro libros, compuestos en italiano, traducidos a la lengua castellana por Juan Boscán en 1534, en el cual se describe un mundo poético y aristocrático por medio de diálogos y con personajes históricos, entre ellos Juliano de Médicis
[11] Mencionado también por el monje Juan Ruiz, Arcipreste de Hita, en su Libro de Buen Amor, obra medieval española.

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