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Amour courtois

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Drutz et "midons"
"...Entonces me verás...y mi muerte, más elocuente que yo, te dirá qué es lo que se ama cuando se ama a un hombre..." (Pedro Abelardo a Eloísa)

viernes, 31 de julio de 2009

Pedro Abelardo y Eloísa: "...entonces me verás...y mi muerte, más elocuente que yo, te dirá qué es lo se ama cuando se ama a un hombre..."

Monje, filosofo, teólogo y poeta. (N. en Bretaña en 1079. M. en Chalons en 1142.) Su padre Berenger era hombre rico y le dio una educación esmerada. Los franceses le nombran indistintamente Abelard, Abeilard o Abailard; este último es el nombre más ordinariamente usado. En concepto de algunos etimologistas, la palabra Abelardo era una especie de apodo con que le designaba su profesor de matemáticas, Tirric, que familiarmente le llamaba lèche-lard (lame-lardo, lame-tocino). ¡Extraña etimología!
Pocos hombres agitaron más la opinión del siglo XII y pocas biografías son tan interesantes como la de Abelardo. Bretón de carácter como de nacimiento, Abelardo se apasionó desde sus primeros años por el estudio; renunció a las glorias militares y se entregó por completo a la dialéctica, arte de la guerra intelectual, cuyos combates y cuyos triunfos le seducían mucho más que los de las armas.
Caballeros andantes de la filosofía, los escolásticos acostumbraban entonces recorrer las provincias, buscando, a un tiempo mismo, maestros de quienes aprender y adversarios con quienes discutir. A la sazón los trovadores visitaban los castillos y los filósofos las escuelas. En esta accidentada existencia de peripatético, Abelardo tuvo, muy joven todavía, ocasiones de oír las lecciones de Juan Roscelino (Roscelin), a quien él mismo más de una vez, llama su maestro.
Juan Roscelino fue el fundador de la escuela denominada nominalista. Según esta doctrina, los nombres abstractos como virtud, humanidad, libertad, &c. &c., carecen en absoluto de existencia real. Nada material representan; y es cada uno de esos vocablos un simple sonido: el flatus vocis de los latinos. Esta doctrina del nominalismo fue combatida por San Anselmo, en nombre del realismo, doctrina antagónica que sostenía la realidad de los nombres abstractos o -como se decía entonces-, la realidad de los universales. El nominalismo, pues, había sido condenado por el concilio de Soissons en 1092, como falso en sí mismo; y, además, como incompatible con el dogma de la Santísima Trinidad.
Veinte años contaba escasamente Abelardo cuando llegó a París, emporio por aquella época de la filosofía de la edad media conocida en la historia con el nombre de Escolástica. Escuelas episcopales o claustrales habían reemplazado a las escuelas palatinas de Carlomagno. Establecidas en conventos bajo la inspección inmediata de los obispos, habían ya sustituido en aquella época (1100) a las universidades y academias. La escuela episcopal de París era, a la sazón, la más famosa y la más concurrida, y su jefe o cabeza era el archidiácono Guillermo de Champeaux, denominado Columna de los doctores. Abelardo acudió a oír las lecciones de Guillermo y muy pronto el discípulo se convirtió en competidor. Estudió en París primeramente Retórica, Gramática y Dialéctica (trivium); estudió en seguida Aritmética, Geometría, Astronomía y Música (cuadrivium); y con esto se halló ya en posesión de la enciclopedia de aquellos tiempos. Seguro de su ciencia, buscó lugar a propósito en que establecer su cátedra y escogió a Melún, ciudad muy importante por aquel entonces, y en ella fundó en 1102 una escuela que trasladó muy pronto a Corbeil, quizás para hallarse más próximo a París, cuya escuela de Nuestra Señora era el blanco de sus aspiraciones, al cabo realizadas.
Abelardo combatió a Guillermo de Champeaux, corifeo del realismo, y tanto le estrechó con sus argumentos, que Champeanx hubo de modificar, al fin, su doctrina del realismo. Triunfo tan brillante consolidó la reputación de Abelardo. Habiendo sido su adversario nombrado obispo de Chalons-sur-Marne, ascendió Abelardo a jefe de la escuela de París, donde llegó brevísimamente al apogeo de su celebridad.
«Por todas partes, dice Carlos Rémusat, se hablaba de él; desde Bretaña, desde Inglaterra, del país do los Suevos y de los Teutones venían gentes a oírle: la misma Roma llegó a enviarle alumnos. Los transeúntes se detenían a su paso para contemplarle; los vecinos de las casas bajaban a sus puertas con el fin único de verle, y las mujeres levantaban las cortinas que cubrían los vidrios ruines de sus estrechas ventanas. Habíale adoptado París por hijo suyo y le consideraba como a su lumbrera más esclarecida. Enorgullecíase en poseer a Abelardo y celebraba unánime este nombre, cuyo recuerdo, aun después de siete siglos, es popular todavía en la ciudad de todas las glorias y de todos los olvidos. Pero no brilló solamente en la escuela. Abelardo conmovió la Iglesia y el Estado y ocupó preferentemente la atención de dos grandes concilios.»La escuela por él establecida en París fue tan célebre, que, según dice Guizot, se educaron en ella un Papa (Celestino II), diez y nueve Cardenales, más de cincuenta Obispos y Arzobispos franceses, ingleses y alemanes, y un número mucho mayor de controversistas, entre ellos Arnaldo de Brescia. Dícese que el total de sus discípulos en aquella época ascendía a 5000. Tal era la muchedumbre de oyentes que de toda Francia y aun de toda Europa atrajo la fama de Abelardo, que, según él mismo cuenta, las posadas no eran suficientes para hospedarlos, ni para alimentarlos era bastante aquella tierra. Por donde quiera que iba, parecía llevar consigo el ruido y las muchedumbres.
«Al cabo, dice el ya mencionado Rémusat, para que nada faltase a lo peregrino de su vida y a la popularidad de su nombre, el dialéctico que había eclipsado a Guillermo de Champeaux, el teólogo contra el cual se levantó el Bossuet del siglo XII (San Bernardo), era hermoso, poeta y músico. Componía en lenguaje sencillo y aun vulgar, canciones que solazaban extraordinariamente a las damas y divertían sobremanera a los estudiantes. Canónigo de la Catedral y profesor del claustro, fue amado hasta la abnegación más heroica por una noble criatura que amó como Santa Teresa; escribió a veces como Séneca; y cuya gracia debía de ser irresistible, dado que logró encantar al mismo San Bernardo.» Pasiones tardías estallaron en el alma de Abelardo y le prepararon su destino trágico. Treinta y seis años había cumplido ya, cuando Abelardo conoció a Eloísa, sobrina de Fulberto, Canónigo de la Catedral de París. Enamorado de Eloísa, se introdujo en casa de Fulberto como preceptor de su sobrina; de donde resultaron entre ellos relaciones ilícitas, que al fin fueron descubiertas por Fulberto. Eloísa fue enviada a Bretaña a casa de una hermana suya, donde dio a luz un niño, al cual pusieron por nombre Astrolabio, y Fulberto insistió en que Abelardo reparara por medio del matrimonio la falta cometida. Abelardo accedió de buena gana a la proposición de Fulberto; pero Eloísa aceptó el casamiento con repugnancia, por temor de cerrar todo porvenir a su amante; pues las dignidades eclesiásticas no se daban ya entonces sino a los célibes. Celebróse el matrimonio en París y se convino en tenerlo secreto; pero Fulberto trabajó para darle publicidad; y negando Eloísa con juramento que se hubiera casado, resultó entre el tío y la sobrina, que vivía con él, una desavenencia, que obligó a Abelardo a llevar a su esposa a un convento de Argenteuil, cerca de París. Fulberto, creyendo que Abelardo quería obligarla a hacerse monja para librarse de ella, juró vengarse, y en breve encontró medio de ejecutar su cruel venganza. Sobornó a un criado, y entrando con algunos servidores en el cuarto de Abelardo, entre todos lo castraron y después huyeron. El criado y otro de los agresores fueron presos y castigados con igual mutilación y además con la pérdida de los ojos, y el canónigo Fulberto fue desterrado de París y se le confiscaron todos sus bienes. Abelardo curó de su herida; pero, como las leyes canónicas le incapacitaban para ejercer oficios eclesiásticos, entró fraile en el monasterio de San Dionisio, mientras Eloísa se hacía monja en el convento de Argenteuil.
Los discípulos de Abelardo suplicaron con grandes instancias a su maestro que reanudase sus lecciones: él accedió por último y abrió desde luego en Saint-Denis su cátedra, que trasladó muy pronto a Saint-Ayoul, cerca de Provence. Renováronse entonces los triunfos y las glorias de Abelardo, cuyo resultado fue despertar envidias y producir celos en los demás maestros. Inspirados acaso por fervor religioso, quizás también por espíritu de venganza, tal vez obedeciendo a sugestiones del uno y del otro, todos ellos se declararon unánimemente contrarios a las doctrinas expuestas por Abelardo en su obra Introducción a la Teología, y obtuvieron del obispo de Préneste, legado en Francia del soberano Pontífice, que convocase el Concilio de Soissons en 1121.
Acusado de haber admitido tres dioses, en vez de uno, en el dogma de la Trinidad, Abelardo puso su obra en manos de sus jueces retándoles a que señalasen el lugar del libro en que hubiera una afirmación o una indicación siquiera justificante de la sospecha de herejía lanzada contra su texto.
Ninguno de los jueces contestó al reto de Abelardo: todos guardaron silencio profundísimo. Pero al fin, uno de los asistentes se atrevió a decir que de un pasaje de la obra se deducía que el autor negaba la omnipotencia a dos de las tres personas de la Santísima Trinidad y que la reconocía en una sola.
Lanzada semejante acusación, levantóse en la asamblea clamor inmenso, eleváronse ruidosas protestas, y la confusión fue tan grande que Abelardo no pudo hacerse oír. Entonces el acusado comentó a recitar el credo de San Atanasio; pero el ruido y el tumulto crecieron hasta el punto de ahogar por completo la voz del temido polemista. Cuéntase que entonces Abelardo lloró de indignación y de rabia y, sin haber sido oído, fue condenado a varios días de cárcel y a quemar por su propia mano el libro que había motivado tal castigo.
La sentencia fue cumplida en todas sus partes; y, una vez en libertad, Abelardo reanudó sus explicaciones; pero muy pronto tuvo serios disgustos con otros vecinos, los ignorantes y vengativos frailes de San Dionisio. Pretendían éstos que el fundador de su abadía había sido San Dionisio Areopagita. Abelardo les demostró con testimonios históricos incontrovertibles lo que había en semejante pretensión de imposible y de absurdo. Pero la controversia se enardeció por una y por otra parte en tales términos, que avisado Abelardo de que se trataba de denunciarle al rey por maldiciente, creyó de prudencia huir, como en efecto lo hizo, y refugiarse a los Estados del conde de Champague, bajo cuya protección se puso. En un sitio solitario de las cercanías de Troyes erigió por sí mismo un oratorio de adobes y paja, y allí comenzó a dar lecciones, a las cuales concurría tan gran numero de discípulos, que el oratorio en breve, de edificio de adobes, se convirtió en otro de piedra y madera, al cual Abelardo puso el nombre de Parácleto, epíteto del Espíritu Santo, consolador.
Castillos y ciudades quedaban abandonados por los que acudían a esta Tebaida de la ciencia. En torno suyo se levantaron numerosas tiendas; eleváronse paredes improvisadas de tierra y de cascote a fin de dar abrigo a innumerables discípulos que dormían sobre la hierba y a la intemperie y que se alimentaban con silvestres frutas y con pan groseramente elaborado. Como San Jerónimo en los desiertos do Bethleem, complacíase Abelardo, según él mismo dice, en este contraste de la vida campestre y ruda del cuerpo con los refinamientos de la ciencia y las delicadezas del espíritu. La enseñanza de su Filosofía no había cambiado de carácter por lo que muy luego se vio.
Las suspicacias, los recelos, las envidias no cesaron de perseguir al maestro; y, fundándose muchas veces en los pretextos más frívolos, cayeron sobre esta Academia de escolástica establecida en medio de los campos. Fue imputado como un crimen el nombre de Parácleto estampado por Abelardo en el frontis de la capilla que había labrado. Existía entonces la costumbre de consagrar las Iglesias o a la Trinidad completa, sin distinción de personas, o en todo caso al hijo solamente. Se vio, o se quiso ver en esta elección no usual, una segunda intención con cierto olor y aun sabor de herejía. De todos modos, la dedicatoria del templo era una novedad y procedía de un hombre en el cual toda novedad era sospechosa.
A medida que eran mayores los progresos de su escuda, se acrecentaba también la hostilidad contra el fundador. Entro los nuevos enemigos de Abelardo, San Norberto, fundador (1120), en las soledades de Premontré, cerca de Laón, de la orden de canónigos regulares, era el más poderoso; pero el más vehemente fue el famoso San Bernardo, abad de Clairvaux, punto poco distante del Parácleto.
Poco menos de diez años hacía por entonces que San Bernardo, habiendo abandonado otra abadía por orden del prior, había bajado con algunos religiosos a un valle casi salvaje, a fin de fundar allí un monasterio. En muy poco tiempo el fundador había reunido en aquel lugar, bajo la ley de piedad ardiente y de una vida severa, muchos sombríos cenobitas que en presencia de San Bernardo temblaban: tanto era el respeto, el miedo y el amor que a un tiempo mismo les inspiraba. San Bernardo había creado en aquel monasterio una institución que, si bien no grosera ni anti-científica, contrastaba con el espíritu independiente, atrevido y razonador del Parácleto.
La comunidad dirigida por San Bernardo era como una reunión de soldados, tan dóciles como activos, que sacrificaban toda pasión individual al interés de la Iglesia y a la obra de su salvación. La escuela fundada por Abelardo venía a ser como una tribu libre que acampaba en despoblado solamente por gustar el placer de aprender y de admirar, de buscar la verdad en la contemplación de la naturaleza, y que veía en la religión antes una ciencia que una institución; más que una causa, un sentimiento.
Dos escuelas establecidas en lugares tan próximos y que desarrollaban principios tan diferentes no podían dejar de ser rivales; más aún, enemigas. Abelardo, pues, se creyó amenazado de nuevo. Él, que ya por temperamento y por carácter era inclinado a la suspicacia y a los temores, llegó a saber mucho más a consecuencia de las desgracias de que estuvo llena su vida.
Durante los últimos días que Abelardo pasó en el Parácleto, temía constantemente ser llevado ante un concilio, y acusado de nuevo de herejía. El acontecimiento más insignificante le llegó a parecer el relámpago mensajero del rayo.
Entregábase algunas veces a los arrebatos de la desesperación más violenta, y ocasiones hubo en que formó el propósito de huir definitivamente de los países católicos, y retirarse a un país de idólatras y vivir como cristiano entre los enemigos de Cristo, porque esperaba encontrar allí más caridad o más olvido. En tal disposición de ánimo abandonó el Parácleto para refugiarse en lo más oculto de la Bretaña. Allí escogió para retiro el antiguo monasterio de Saint-Guildas de Rhuys, cuyas ruinas se distinguen todavía sobre un promontorio que se extiende a lo largo de las lagunas de Morbihán, en el vértice de asperísimas rocas azotadas en su base por las olas del Océano. Abelardo pudo descansar allí durante algún tiempo y llegó a ser abad de aquel monasterio. Créese que por entonces debió de escribir su curioso libro: El sí y el no, obra originalísima y genial, colección de citas entresacadas de los Padres de la Iglesia en los cuales se contiene el pro y el contra, sobre las principales cuestiones de la fe. El coleccionador se abstuvo por completo de emitir opinión de cuenta propia, porque decía: «Es de los Padres de la Iglesia el deslinde de estas cuestiones.»
Este libro y el titulado Teología cristiana pusieron nuevamente a Abelardo en el terreno áspero de la lucha ardiente y de la controversia apasionada. San Bernardo, que bajo su tosco sayal de monje ejercía la inspección y vigilancia de los palacios y de los santuarios, denunció la nueva obra a la Santa Sede. «El espíritu humano, decía San Bernardo, en su primer llamamiento a los Cardenales, todo lo usurpa, invade los dominios de la fe y nada deja a esta virtud teologal. Pone mano profana en lo que es más fuerte que él; se arroja osado sobre las cosas divinas y viola, en vez de abrir, los lugares sagrados. Leed el libro de Pedro Abelardo que él titula TeologíaSan Bernardo, refiriéndose al mismo tema, escribía al papa Inocencio II: «La más temible peste, una enemistad doméstica, ha entrado en el seno de la Iglesia: una nueva fe aparece en Francia. El maestro Pedro y Arnaldo de Brescia, este azote del cual Roma acaba de librar a Italia, se han unido y conspiran contra el Señor y su Christo. Estas dos serpientes aproximan su escama, debilitan la fe en las almas sencillas, y corrompen las costumbres. Es el uno el rugiente león (Arnaldo de Brescia), el otro (Abelardo), el dragón que devora su presa en las tinieblas; pero el papa aplastará al león y al dragón. Amadísimo padre, no separes de la Iglesia, esposa de Cristo, tu brazo protector; piensa en su defensa y ciñe su espada.»El mismo lenguaje lleno de vehemencia y de energía emplea San Bernardo en su circular a todos los obispos y cardenales de la Corte de Roma; les recuerda que su oído debe estar presto a escuchar los gemidos de la esposa; que deben reconocer a su madre y no abandonarla a sus tribulaciones. Denúnciales la temeridad de ese Abelardo, perseguidor de la fe, enemigo de la cruz, monje por fuera, hereje por dentro, fraile sin regla, abad sin disciplina, culebra tortuosa que sale de su caverna, nueva hidra en cuyo cuello, por una cabeza cortada en Soissons, han aparecido otras siete. La Iglesia no podía permanecer sorda al llamamiento de San Bernardo, cenobita austero a quien papas y reyes elegían como árbitro en sus diferencias.
Fue, por consiguiente, convocado un concilio que se reunió el domingo 2 de junio do 1140 en Sens, ciudad casi completamente eclesiástica y metrópoli de París, en aquella época. Hubo, según cuentan los historiadores, gran concurrencia de arzobispos, obispos y abades; y el rey Luis VII, llamado el Joven, asistió con toda su corte a este concilio solemne.
El gran San Bernardo, según confesión propia, vaciló un momento antes de resolverse a medir sus armas en él con el gigante de la dialéctica. Abelardo apareció en medio de la asamblea. Enfrente de él y en una silla, que aún se enseñaba al público a fines del siglo pasado, estaba San Bernardo, que ejerció el cargo de acusador ante el concilio. San Bernardo tenía en sus manos los libros residenciados. Habíanse entresacado de ellos diez y siete proposiciones que se suponía encerraban las herejías de Arrio, de Sabelio, de Nestorio y de Pelagio relativas a los misterios de la Trinidad y de la Gracia.
Acusábase asimismo a Abelardo de haber enseñado que el pecado no reside en el hecho material, sino en la voluntad, o mejor dicho, en la intención y el asentimiento dado al mal conscientemente. San Bernardo dio orden para que fuesen leídas en voz alta esas proposiciones; pero comenzada apenas la lectura, fue interrumpida por Abelardo que se negó a oírla, declaró que no reconocía otro juez que el Sumo Pontífice, protestó y se retiró del local. Esta conducta de Abelardo en aquellas circunstancias ha sido muy comentada y ha dado motivo a muy empeñadas polémicas entre biógrafos e historiadores.
Los adversarios de Abelardo afirman que San Bernardo, lejos de manifestar nunca envidias, odio, ni prevenciones contra Abelardo, se dirigió por escrito a él invitándolo a retractarse y a corregir sus libros, y sólo cuando se convenció de que sus ruegos eran desoídos y menospreciados sus consejos, se decidió a llevar la acusación ante el concilio. «Entre esas proposiciones, dicen, hay cuatro que son pelagianas; tres sobre la Trinidad cuyo sentido literal es herético; en otra enseña el autor el optimismo; en la catorce sostiene que Jesucristo no bajó a los infiernos, ¿Qué le impedía retractarse de las unas y explicar las otras?»El apelar de la sentencia del concilio antes de haber sido pronunciada, añaden, revela desde luego muy mala fe y mucha soberbia. Los obispos eran sus jefes legítimos y sus superiores natos; el hecho sólo de rehusar su justificación le hacía acreedor a ser condenado. La prueba de que así era, es que, en efecto, el Sumo Pontífice lo condenó después. Entonces fue cuando Abelardo se retractó de sus errores.
Mientras así se expresan los adversarios de Abelardo, sus partidarios y admiradores dicen: «Abelardo apelando al Sumo Pontífice y recusando, por incompetente, un tribunal formado por jueces prevenidos contra él, se procuraba alguna probabilidad favorable, por tener amigos en Roma y el cardenal Guido Castello había sido discípulo suyo.»
De todas suertes, ocurrió después que el pontífice Inocencio II aprobó el concilio de Sens, ordenó que los libros heréticos fuesen quemados y condeno al autor a perpetuo silencio. Abelardo, convencido de su inocencia, intentó apelar personalmente ante la Santa Sede y se dirigió a Roma. Al pasar por la Abadía de Cluny, Pedro el Venerable, abad de aquel monasterio, le retuvo en aquella soledad, obtuvo el perdón del papa, y llegó hasta reconciliar a Abelardo con San Bernardo.
Abelardo halló por algún tiempo, en el monasterio de Cluny, la paz del espíritu que los placeres del mundo y las glorias de la ciencia no habían logrado procurarle. Sin embargo, sus fuerzas disminuían rápidamente y una enfermedad muy dolorosa de la piel le privaba de reposo. Se le aconsejó el cambio de aires y fue enviado al priorato de San Marcelo, cerca de Chalons.
Elevábase este priorato, no lejos de las márgenes del Saona, en uno de los sitios más agradables y más sanos de la Borgoña. En aquel alejamiento del mundo continuó su vida de aplicación y de estudio. A pesar de su debilidad y de sus sufrimientos no pasaba un momento sin rezar o leer, sin dictar o escribir. De pronto sus dolencias crónicas tomaron un carácter alarmante y murió resignado y tranquilo a la edad de sesenta y tres años.
Eloísa solicitó entonces y obtuvo las cenizas de su esposo. Este se las había ofrecido en una de sus cartas en la cual se leen las palabras siguientes: «Entonces me verás, no para derramar lágrimas, que ya no será tiempo: viértelas ahora para apagar en ellas ardores criminales: entonces me verás para fortificar tu piedad con el horror de un cadáver, y mi muerte, más elocuente que yo, te dirá qué es lo que se ama cuando se ama a un hombre.»Eloísa hizo enterrar en el Parácleto el cuerpo de su esposo, inmortalizado por ella, quizás más que por las obras del mismo Abelardo, y Pedro el Venerable escribió un epitafio para la tumba.
El Parácleto fue suprimido en 1792 y vendido en beneficio del Estado; pero la revolución exceptuó de la venta el sepulcro que encierra, según creencia general, los restos de Eloísa y Abelardo, que fueron trasladados posteriormente al cementerio del padre Lachaise en París, donde actualmente se hallan.
Mr. Cousin, en su Introducción a las obras inéditas de Abelardo, dice: «Héroe de novela en la Iglesia, gran talento en su tiempo bárbaro, jefe de secta y casi mártir de una opinión, es Abelardo un personaje por muchos conceptos extraordinario. Pero de todos estos títulos el que respecta a nuestro objeto y que le da sitio privilegiado y especial en la historia del entendimiento humano, es la invención de un nuevo sistema filosófico y la aplicación de este sistema y en general de la filosofía a la teología. Indudablemente antes de Abelardo pueden hallarse algunos ejemplos, bien que muy contados, de esta aplicación peligrosa, pero conveniente, aun con sus mismos extravíos, a los progresos de la razón: Abelardo fue, no obstante, quien lo erigió en principio, y él fue por consiguiente quien contribuyó a fundar la escolástica, pues la escolástica no es otra cosa. Después de Carlomagno, y aún antes, se enseñaba en muchas partes un poco de gramática y de lógica. Al propio tiempo no faltaba cierta enseñanza religiosa: pero esta enseñanza estaba reducida a una exposición, más o menos regular, de los dogmas sagrados. Podía bastar a la fe; pero no fecundaba la inteligencia. La aplicación a los estudios teológicos de la dialéctica trajo el espíritu de análisis y controversia que es al propio tiempo el defecto y la honra e la escolástica. Abelardo puede ser considerado en justicia como el primero que hizo esta aplicación y, por consiguiente, como el fundador de la filosofía de la edad media. De suerte que Francia ha dado a Europa la escolástica del siglo XII por Abelardo y, al principio del siglo XVII, le ha dado en Descartes al destructor de esta misma escolástica y el fundador y padre de la filosofía moderna. Y no se crea que hay inconsecuencia en esto, porque el espíritu mismo que había levado la enseñanza religiosa ordinaria a esa forma sistemática y racional que se llamó escolástica, rebasó los límites de esta misma forma y produjo la filosofía propiamente dicha. El mismo país ha podido, pues, producir, con el intervalo de algunos siglos a Pedro Abelardo y a Descartes. Adviértese entre estos dos hombres notable semejanza en medio de muy notables Herencias. Abelardo procuró darse cuenta de la ciencia única que se podía estudiar en su tiempo; la Teología: Descartes profundizó todo lo que ya era permitido estudiar en el suyo: el hombre y la naturaleza. Descartes no reconoció más autoridad que la razón; Abelardo pretendió deducir de la autoridad lo razonable. Ambos dudan, ambos investigan; quieren emprender todo lo posible y no descansan sino en lo evidente.
He aquí lo que ambos tomaron del espíritu francés, rasgo fundamental de semejanza que entraña consigo muchos otros; por ejemplo, la claridad de lenguaje que nace espontáneamente de la lucidez y de la precisión de las ideas.
Agréguese a esto que Abelardo y Descartes son, no solamente compatriotas, sino hijos de la misma provincia, de Bretaña, cuyos habitantes se han distinguido siempre por su vivo espíritu de independencia y su vigorosa personalidad.
No es de extrañar por consiguiente que se hallen en estos ilustres compatriotas, con su originalidad propia y natural, con cierta predisposición a no acatar servilmente lo hecho antes de su tiempo, ni aun lo que en su tiempo mismo se hacía, más consecuencia que solidez en sus opiniones; más seguridad que extensión; más vigor en el temple de la inteligencia y del carácter que elevación y profundidad en el pensamiento; más inventiva que sentido practico; más apego a las propias convicciones que anhelo por elevarse a lo universal. Ambos son, en fin, tercos, tenaces, atrevidos, innovadores, revolucionarios.»
Los adversarios de Abelardo y su doctrina se obstinan en probar que el desarreglo de las costumbres de Abelardo no provino de debilidad, sino de perversidad natural. Aseveran que había formado el propósito de seducir a Eloísa antes de que ésta fuese su discípula y que con intención tan aviesa se había hecho pupilo del canónigo Fulberto y se había ofrecido a dar lección a la sobrina de éste.
Asimismo la soberbia, la presunción, la envidia y el carácter mordaz de Abelardo se revelan en sus escritos y su conducta. La ambición del infatigable polemista era vencer en la argumentación a sus maestros, establecer la reputación propia sobre la ruina de las ajenas, quitar a los maestros sus alumnos y granjearse el aura popular por la multitud de discípulos. En concepto de estos enemigos, Abelardo atraía a sus oyentes más por sus talentos exteriores que por la solidez de su doctrina. «Su elocuencia, dicen, era seductora; pero no instructiva.» Se creaba enemigos deliberadamente sólo por el placer de desafiarlos. Enemigo de la reputación de San Norberto y de San Bernardo, a ambos calumnió.
Sostienen que se puso a profesor de teología sin haberla estudiado todo lo necesario y que las frívolas sutilezas de su dialéctica procedían de un juicio erróneo casi siempre.
Hay historiadores para quienes el sistema filosófico de Abelardo no era otra cosa que un término medio entre las escuelas nominalista y realista: término medio al cual dio el nombre de conceptualismo.
No es posible, ni sería justo cuando de Abelardo se habla, prescindir del libro que Carlos de Rémusat publicó en 1844 con el título Abelardo, su vida, su filosofía, y su teología. Quien quisiere estudiar profundamente estas materias debe acudir al libro de Carlos de Rémusat, teniendo en cuenta, sin embargo, la pasión del autor por el incansable polemista del siglo XII.
Abelardo se anticipó a Malebranche y a Leibnitz por profesar estos dos principios del optimismo: «No haciendo Dios más que lo que debe hacer, lo que hace Dios es lo mejor posible.» Abelardo también precedió a Fenelón en hacer del puro amor de Dios la fuente única de la moralidad religiosa: amor de Dios independiente de todo temor y de todo interés, de toda esperanza de salvación y de toda preocupación de condena.
Abelardo hacía consistir el mérito y el demérito de las acciones en la intención únicamente, y toda la virtud de las obras meritorias estaba para él en el sentimiento con el cual son realizadas.

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