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Amour courtois

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Drutz et "midons"
"...Entonces me verás...y mi muerte, más elocuente que yo, te dirá qué es lo que se ama cuando se ama a un hombre..." (Pedro Abelardo a Eloísa)

sábado, 26 de mayo de 2018

La literatura oral en la transición de la Edad Media al Renacimiento. Por Alan Deyermond.



Toda época es de transición; no hay ningún momento estático en la historia de la humanidad. Las épocas que parecen más estáticas, casi sin historia, en la vida de una nación o de una persona, acaban por revelarse tarde o temprano como semilleros de algún cambio. Este mundo -como nos recuerda Jorge Manrique- es un camino, no "una morada sin pesar", aunque a veces morada parezca. Otras, experimentamos una conciencia aguda de transitoriedad, en nuestra vida o en nuestro tiempo: ése es el caso para la España del periodo que corre desde la segunda mitad del siglo XV hasta principios de la centuria siguiente. Los hombres y las mujeres de la última etapa de la Edad Media no sabían que eran "medievales" -la palabra medieval es una invención polémica de escritores que, a su vez, se proclamaban "renacentistas"-; pero sí que eran conscientes de vivir en una sociedad y en una cultura precarias, fugitivas y hasta caducas.2










No voy a tratar en este trabajo los aspectos sociales y políticos de esta transición, sino los rasgos culturales y, particularmente, los aspectos orales de esa cultura. Porque, en efecto, dos de los cambios más profundos que afectan a la historia cultural se superponen durante ese largo periodo de cien años que va de la composición del Laberinto de la Fortuna a la publicación del Lazarillo de Tormes, con la Celestina de parteluz: el paso de la oralidad a la cultura literaria basada en manuscritos y el paso o camino de los manuscritos a la imprenta. Y no es que se superpongan solamente en un sentido teórico como la coincidencia cronológica de unos pueblos neolíticos en regiones aisladas con la cultura de los ordenadores en el mundo occidental, sino que coexisten dentro de un mismo país, de una misma ciudad, de una misma familia o hasta referidos a un mismo individuo. Sin embargo, esos cambios de tan gran calibre que a nosotros hoy nos parecen obvios por su mismo alcance, no se reflejaban como tales en la conciencia inmediata de quienes los estaban experimentando. Por ejemplo, la existencia de manuscritos copiados de libros impresos; la de impresores que trataban de imitar con sus tipos la letra manuscrita; los libros mitad manuscritos mitad impresos -pocos, pero los hay- (Goldschmidt 1943) etcétera; son hechos que revelan escasa conciencia del cambio fundamental que se estaba produciendo, de modo que no es difícil colegir que pocos eran quienes percibían que la imprenta iba a sustituir al manuscrito cuyo empleo y circulación floreció tanto antes como mucho después de la invención de Gutenberg (Trapp 1983).

Había, por supuesto, gente que sabía leer y escribir, que tenía el hábito de hacerlo antes de la introducción del libro impreso. La cuestión no es baladí, porque de tales hábitos de los lectores, dependía el triunfo del libro impreso; pero se trataba de una minoría. Es verdad que en la Inglaterra de principios del siglo XIV las relaciones sociales y jurídicas dejaron de depender de la memoria -como en la época anglo-sajona- para apoyarse en documentos; es verdad que en Castilla, en el segundo cuarto del siglo XV -nos lo cuenta el Arcipreste de Talavera- muchas mujeres podían amenizar un día aburrido con la lectura de Boccaccio.3 Sin embargo, sólo una minoría poseía la capacidad técnica de leer y escribir, y "capacidad técnica" no significa necesariamente la voluntad de utilizarla para la lectura erudita, de devoción o de recreo. Reyes y nobles, cuyas firmas llenan cartas y privilegios de la época, escuchaban a menudo un poema o un libro de aventuras de la boca de un juglar o de un recitador profesional.4 Es más, hay casos conocidos del empleo de técnicas orales por autores cultos, aunque no conozco ningún caso español equivalente a aquel tan llamativo de la enseñanza en un monasterio de la técnica de composición oral, tal y como parece haber ocurrido en la Inglaterra del siglo IX (véase Renoir 1986). Pero no sería difícil buscar ejemplos de coexistencia de la cultura eclesiástica y la literatura oral durante esta época.
Me voy a referir, en consecuencia, a un tipo de transición diferente al cronológico, a la transición estilística y genérica. El concepto de un texto transicional, entre la composición oral y la escrita, chocaba hace años a los especialistas de la literatura oral. Albert B. Lord, a quien tanto debemos en este campo, dijo en The Singer of Tales, libro que inspiró, desde 1960, a los estudiosos de la literatura oral en el periodo medieval:
It is necessary for us to face squarely the problem of "transitional" texts. Is there in reality such a phenomenon as a text which is transitional between oral and written literary tradition...? It is worthy of emphasis that the question we have asked ourselves is whether there can be such a thing as a transitional text; not a period of transition between oral and written style, or between illiteracy and literacy, but a text, product of the creative brain of a single individual... who in composing an epic would think now in one way and now in another, or, perhaps, in a manner that is a combination of two techniques. I believe that the answer must be in the negative, because the two techniques are, I submit, contradictory and mutually exclusive. (Lord 1960, 128-129)
Esta negación tan rotunda fue matizada catorce años más tarde, cuando Lord tuvo que referirse al nuevo estado de las investigaciones:
I would like to suggest the possibility that in these poems, namely, the religious ones [en anglosajón], a new body of formulas to express the new ideas of the Christian poetry was beginning to be developed on the model of the oral traditional poetry. I am tempted to call the religious poetry "transitional" or perhaps "mixed". If that is the correct term, it applies not only to the formulas but to themes as well. (Lord 1974, 209)5
Y más recientemente todavía:
Memorization does occur at a later stage in the Serbo-Croatian tradition. That is to say, at a time when published, therefore fixed, texts were available and their prestige established, some traditional singers began to memorize the printed texts... When their memory failed them, they were still able to compose in the traditional way, and therefore, to continue to sing. Such a combination of processes results in "mixed" texts... (Lord 1981, 460)
Y por fin:
There seem to be texts that can be called either transitional or belonging to the first stage of written literature...When people began to write Anglo-Saxon verse... they continued to use the same traditional style, because there was as yet no other available... The way has been opened up to investigate the details of the creation and life of transitional texts. I have come to realize that, in fact, in such fields as Anglo-Saxon and other medieval poetries we have been doing just that all long. (Lord 1986, 479-80 y 494).
De acuerdo con esta reorientación teórica, los libros y ensayos sobre la tradición oral (véase Renoir 1986, 121-122) se ocupan cada vez con más frecuencia de textos transicionales, mucho más numerosos de lo que se creía.
Aunque la vida multisecular de los temas épicos fue estudiada magistralmente por Ramón Menéndez Pidal (1910) ya hace más de noventa años, la verdad es que no se suele considerar la épica tradicional española cuando se habla del ocaso de la Edad Media y los albores del Renacimiento. Las investigaciones de Samuel Armistead demuestran, sin embargo, que el poema épico que narra las hazañas juveniles del Cid, la Gesta de las mocedades de Rodrigo, del siglo XIII (perdido, pero que se conoce por las versiones de las crónicas) tuvo una descendencia bastante larga: no sólo la del poema de las Mocedades de Rodrigo, obra de un clérigo palentino del siglo XIV, sino incluso versiones posteriores utilizadas por Lope García de Salazar en el Libro de las bienandanzas y fortunas(1471-1476), y por el cronista anónimo que refundió, entre 1504 y 1515, el Compendio historial de Diego Rodríguez de Almela (1978, 317-319 y 326-327).6 Son discutibles, desde luego, las fechas y el número de tales versiones. Para Armistead se trata de versiones orales, casi contemporáneas de los prosistas que las utilizaban, con otras versiones de la misma época o incluso posteriores a las que sirvieron de fuente a los romances. No estoy totalmente convencido. Me parece muy posible que Lope García de Salazar y el cronista anónimo llegaran a conocer manuscritos, poéticos o prosificados, de poemas épicos del siglo XIV o principios del siglo XV, y que algunas variaciones que para Armistead indican un poema distinto se debieran quizá a la recreación artística del prosificador. Las investigaciones de Mercedes Vaquero (1989) sobre la tradición del Cantar de Sancho II en las crónicas del siglo XV ofrecen nuevas razones para aceptar la hipótesis de una tradición de refundiciones épicas todavía viva en dicho siglo. De cualquier manera, no cabe duda de que la persistencia oral de varias tradiciones épicas se continuó hasta fecha bastante avanzada, y que influyó, directa o indirectamente, en la literatura de las últimas décadas del siglo XV y en las primeras del siglo XVI.
La épica, seguramente género oral en sus comienzos españoles (¿Los siete infantes de Lara, hacia el año 1000?), se transforma en género escrito, esto es: poemas épicos compuestos por escrito (como el Cantar de mío Cid, épica oral y escrita prosificada en la Estoria de España, de Alfonso el Sabio, y en otras crónicas), pero también continúa su transmisión oral -tal vez en versiones orales de los mismos poemas, seguramente a través del romancero- a lo largo del siglo XV y el siglo XVI. De ahí el papel fundamental que jugó en la literatura del Siglo de Oro. Por ejemplo, Los siete infantes de Lara se retoman continuamente a partir de la Crónica de España (1543) de Florián de Ocampo -obra dentro de la tradición alfonsina, que gozó de gran prestigio hasta principios del siglo XVII- y a partir del romancero oral e impreso.
El romancero mismo demuestra la relación compleja entre lo oral y lo escrito. Es innegable que los romances se cantaron a lo largo de los siglos XVI y XVII -todavía hoy se cantan muchos, algunos después de quinientos años de vida-. Es seguro que muchos romances se compusieron oralmente, no sólo en el siglo XV, sino incluso en el siglo XVI. Es igualmente fehaciente que una sección impresionante de romances se incluyó en el Cancionero general de 1511, y que a partir de 1550 se imprimieron grandes colecciones, llamadas Cancionero o Silva de romances: estos tomos, tanto por su extensión como por su precio, estaban destinados prioritariamente a la lectura, y preferentemente a la lectura individual. Pero a su lado existieron multitud de pliegos sueltos -desde principios de siglo- que contenían un número muy reducido de romances y se conseguían por poco dinero. Aunque suponemos que la mayoría de estos pliegos sueltos se han perdido, no son pocos los que nos han quedado.7 Dos bibliófilos ingleses, Frederick J. Norton y Edward M. Wilson, siguiendo estas huellas, estudiaron precisamente la relación entre la tradición oral y los textos impresos de tales pliegos, concluyendo que los cantores de romances debían de utilizar textos impresos en su labor; que muchas variantes, otrora atribuidas a la tradición oral, se debían a la imprenta; que la tendencia a abreviar los textos de los romances deriva tanto -quizá más- de las necesidades del impresor que tenía que embutir el texto en cuatro hojas como del gusto del público. Bien es verdad, por otro lado, que algunas variantes de los textos de los pliegos podrían proceder de la tradición oral que conocía el impresor (Norton y Wilson 1969, 55-60).8 En fin, una tesis doctoral norteamericana sobre el estilo de los romances juglarescos del ciclo carolingio, después de estudiar y documentar gran cantidad de fórmulas y rasgos del estilo oral, acaba por concluir -frente a la teoría de la escuela pidaliana- que aquellos romances se compusieron, en efecto, oralmente (Ochrymowycz 1975). Aun si dicha conclusión resulta equivocada -aunque hay que admitir que sus argumentos son convincentes-, los elementos orales aparecen como tan fundamentales que no queda más remedio que pensar, al menos, en textos de carácter transicional.
No me referiré a los géneros marginales de la poesía popular oral: conjuros, oraciones y ensalmos, porque acaban de ser tratados en un largo artículo de José María Díez Borque (1985).
Por lo que se refiere al género de los debates, parece observarse una curiosa trayectoria que va primero de la oralidad a la escritura y, luego, vuelve a la oralidad. Los debates literarios medievales nacieron de una realidad social y recibieron su principal impulso de varios aspectos de la vida universitaria, eclesiástica y jurídica del siglo XII: las disputaciones escolásticas, la práctica de los pleitos jurídicos y los debates entre los representantes de iglesias o religiones (por ejemplo, el famoso debate de Barcelona, en 1263, entre el dominico converso Pablo Cristiano y el rabí Mosén Ben Nahman, bajo el patrocinio de Jaime el Conquistador).
Conocemos varios debates poéticos en el castellano medieval: Elena y María, Denuestos del agua y el vino,versiones del Alma y el cuerpo, así como dos debates en prosa. Durante el siglo XV el debate se configuró como recurso literario más que como género: Blas contra Fortuna, del Marqués de Santillana; Diálogo entre el Amor y un viejo, de Rodrigo Cota. Existen indicios de que el antiguo debate del alma y el cuerpo, derivado de una fuente latina, se popularizó, ya que existen varios pliegos sueltos de finales del siglo XV y del siglo XVI (Jones 1963). Este éxito sugiere, desde luego, su difusión oral. Además, el Diálogo de Rodrigo Cota fue refundido por un autor anónimo, en una versión -sin título, pero llamada ahora Diálogo entre el amor, el viejo y la hermosa- que parece estar destinada a la representación escénica.



Si volvemos la mirada hacia la poesía lírica, encontramos una terminología genérica que implica la oralidad, pero que no parece haber correspondido a la realidad literaria. En efecto, en los cancioneros manuscritos del siglo XV, desde el Cancionero de Baena en adelante, un gran número de composiciones se rotulan como "dezir" o "canción". Los "dezires" son normalmente poemas largos -por ejemplo, el Dezir contra los aragoneses del Marqués de Santillana-, y nada indica que se hayan destinado a la recitación; su modo de difusión parece haber sido forzosamente la escritura y la lectura, no el decir y escuchar. ¿Es que en la prehistoria del género el nombre correspondía a otra realidad? No lo sabemos. En el Cancionero de Baena, que incluye la obra de la primera generación de poetas cortesanos de Castilla -1360-90- (Lang 1902),9 no se encuentra apoyo ninguno para aventurar qué concepto de "dezir" heredaron.
La "canción", por el contrario, parece haber llegado a los cancioneros como poesía cantada o, mejor todavía, cantable, ya que no se nos han conservado canciones con música anteriores a finales del siglo XV. Claro está que las canciones sí se prestaban a la lectura individual, pero la ausencia de la música en los manuscritos no indica sin más que no se cantasen. Recuérdese que los grandes cancioneiros gallego-portugueses, el de la Vaticana y el Colocci-Brancuti (o de la Biblioteca Nacional) carecen de música; pero el pequeño manuscrito de las cantigas de amigo de Martin Codax, del último tercio del siglo XIII, incluye la música de seis cantigas (Ferreira 1986). Al avanzar el siglo XV, con todo, parece que con frecuencia el etiquetado "canción" ya no tenía valor musical alguno, sino referencia a un esquema métrico típico.10 Vale la pena recordar que la Cárcel de amor, de Nicolás Núñez, continuación de la obra del mismo título de Diego de San Pedro, incluye 25 poesías: 23 se denominan "letras", título que indica claramente su base en la escritura; pero existen también una canción y un villancico: no soy capaz de imaginar cómo habría sido posible presentar oralmente la una o la otra, ya que están insertas en una obra en prosa destinada fundamentalmente a la lectura individual. Cárcel de amor, a pesar de sus poesías, no es una chantefable (Deyermond 1989).11
La transformación de la canción, paradójicamente, en un género no cantado, con las generaciones poéticas representadas en el Cancionero general de 1511, condujo a la formación de los grandes cancioneros musicales del periodo: Cancionero de la Catedral de Segovia, Cancionero musical de la Colombina, Cancionero musical de Palacio, Cancionero de Uphsala, etc. que recogen el ingente caudal de poesía lírica -villancicos, sobre todo- que se cantaban en la Corte de los Reyes Católicos, tema de Joaquín González Cuenca (1980), el excelente editor de las poesías castellanas del cancionero de la Catedral de Segovia.






Antes de volver mi atención hacia la prosa, no quisiera dejar de comentar otro aspecto relacionado con las consecuencias de la transmisión oral de largos poemas cultos o de parte de ellos. Un ejemplo que se cita a menudo es el de los fragmentos del Libro de Buen Amor incluidos en el supuesto programa de un juglar cazurro de hacia 1420. Pero esos fragmentos -junto con otros poemas- se hallan copiados en las últimas hojas de un códice cronístico, de gran tamaño, que nunca pudo ser el que manejó o poseyó un juglar de clase ínfima. Se trata, en efecto, de apuntes de un predicador; los fragmentos del Libro de Buen Amor -todos ellos de carácter didáctico- no habrían pasado, por tanto, por una etapa de transmisión oral, y, desde luego, habrían llegado allí en circunstancias muy distintas a las evocadas por Ramón Menéndez Pidal.12
Un caso auténtico, aunque atípico, de transmisión oral es el de un curioso manuscrito conservado en el Archivo Diocesano de Cuenca, con los Proverbios morales del rabí Sem Tob ibn Ardutiel (Santob de Carrión), obra de mediados del siglo XIV. Un comerciante converso, Ferrán verde, de unos sesenta años de edad, fue acusado en 1492 ante la inquisición de Sigüenza y encarcelado durante cuatro años; uno de los cargos que se le hicieron fue el de que solía leer libros sospechosos, como "una obra de rrabí Sonto" (López Grigera 1976, 222).13 Ferrán alegó en su defensa que se había aprendido de memoria muchas coplas de los Proverbios morales, porque "yo era persona que procuraba saber muchas obras y escripturas", lo que había hecho en este caso a causa de sus "buenos castigos y enxemplos" (223-224). Para demostrarlo, al cabo de cuatro años de cárcel, pidió que se le "mandase dar escrivanías et paper para las escrivir todas las [coplas] que supiese et a la memoria le viniesen [...] Digo que yo juro a Dios Nuestro Señor [...] por doquiera que se rrecuentan que yo non dexo ninguna dellas de quantas a la memoria me han venido ni he podido saber, commo quiera que eran mas" (229). Y, en efecto, logró recordar nada menos que 219 estrofas, a veces coincidiendo exactamente con otros códices. Ya nos lo recordaba Luisa López Grigera que existió una costumbre de memorizar los Proverbios morales, y tal vez de trasmitirlos oralmente. De hecho el prólogo de uno de sus códices dice: "Sin dubda las dichas trobas son muy notable escritura, que todo ome lo deviera decorar 'ca esta fue la entencio del sabio rraby que las fizo: porque escritura rrimada es mejor decorada que non la que va por testo llano" (229). No sabemos exactamente cuáles fueron los motivos que indujeron a Ferrán Verde a memorizar -¿de un manuscrito?, ¿de oídas?- tantas estrofas de un poema compuesto hacía siglo y medio, pero es realmente impresionante la fuerza de su memoria, y lo cierto es que aunque no se las hubiera recitado a nadie, sí que se las recitaría él mismo para conservarlas vivas en su memoria.
No se sabe mucho de la forma oral de los cuentos folklóricos en la Edad Media, pero en las colecciones de exempla-Libro de los assayaminetos de las mugeres (o de los engaños), Calila e Dimna, Libro de los gatos, Libro de los enxemplos por a.b.c., etc.- se nos ofrecen abundantes pruebas de su empleo por autores cultos. Es muy conocida, asimismo, la función que ejercían como ingrediente de los sermones populares. Sobre este último aspecto, carecemos todavía, en lo referente a España, de un estudio comparable al espléndido de Owst (1961) sobre el sermón inglés; pero sabemos que Pedro Cátedra ha trabajado sobre el tema.
Es probable que durante el siglo XIV Juan Manuel haya conocido muchos cuentos de oídas, pero procedentes de textos escritos: pasaba las noches de insomnio escuchando a quienes los leían (Macpherson 1973). Ésa puede ser la razón por la que se ha podido observar en sus enxemplos -tan literarios, por otra parte- la estructura típica del cuento oral (England 1977). De modo parecido, su Libro de las tres razones (mal llamado Libro de las armas) está formado por cuentos pseudohistóricos que él había oído, añadiendo los de su propia creación y, en conjunto, encerrados en una estructura fuertemente literaria (Deyermond 1982). No deja de ser irónico que este autor, que tanto tomó de la cultural oral, se obsesionase por la conservación de un manuscrito auténtico de sus obras y que el manuscrito, como se sabe legado al Monasterio de Peñafiel, se perdiera pronto. Una combinación parecida de elementos folklóricos -tal vez de transmisión oral- y de técnicas literarias muy esmeradas se encuentra dos siglos más tarde en el Lazarillo de Tormes, a propósito de lo cual conviene recordar la ambición literaria del autor ficticio, tal y como se manifiesta en el prólogo.14
Origen más discutido es el de las facecias, anécdotas y dichos -literarios e históricos- que tanto se extendieron durante el siglo XVI. Maxime Chevalier ha editado y estudiado este precioso material, inclinándose por una hipótesis de origen oral, discutida por Donald McGrady,15 con ejemplos que resultan convincentes en algunos casos, pero que sería extremado generalizar a todo el campo, conociendo -incluso por el testimonio de géneros similares hoy- con cuánta frecuencia se nutren del testimonio y la transmisión oral.
No cabe dentro de este panorama necesariamente breve y sintético una consideración extensa de la posible oralidad de la literatura sapiencial (por ejemplo: colecciones de sententiae y de refranes), ni de los discursos políticos y su representación en la literatura. Quisiera hacer referencia a algunos otros aspectos y géneros, empezando por el del relato autobiográfico.
Los archivos de la inquisición contienen una multitud de relatos autobiográficos de los acusados, que así se defendían de las acusaciones de testigos hostiles. Testigos y acusados emplean la narración oral: no estaría mal hacer una cala en su estilo para buscar las pautas que así lo delatan, por ejemplo del estilo formulario.16 Un poco más arriba se traía a colación el caso de Ferrán verde. De sobra sabemos que en el periodo medieval no se suelen tratar estos testimonios como hechos literarios, cosa que sería plenamente factible, sobre todo cuando comprobamos el valor de estos relatos en los testimonios del siglo siguiente. Cercanas a este género histórico-documental se me antojan las Memorias de Leonor López de Córdoba (hacia 1400), emocionante relato de las dos épocas más turbulentas de su vida, al parecer dictado a un notario.17 Huelga decir que el Lazarillo pretende inscribirse en esa tradición.
Muy comentada es la costumbre que había de leer los libros de caballerías ante un público (Frenk 1982, 107-109), pero quizá no sea tan conocido como se merece el caso del morisco Román Ramírez, médico y lector profesional de libros de caballerías. También fue acusado ante la Inquisición de Cuenca, en 1595, cuando tenía -como Ferrán- unos sesenta años. En la cárcel murió cuatro años más tarde. Uno de los cargos fue que, por inspiración diabólica, era capaz de recitar larguísimos fragmentos de libros de caballerías, sosteniendo en sus manos o bien una hoja en blanco o bien un libro puesto al revés:
Algunos de los que allí estaban que le conocieron dixeron al dicho Román: "Ca díganos un pedazo de tal libro de caballerías" que allí le señalaron, y de tal capítulo dél, y el dicho Román sacó un papel en blanco de la faldriquera, e mirando a él como leyendo essa escriptura dixo un gran pedazo del libro y capítulo que le señalaron. (Harvey 1974, 280)18
Otro testigo señaló que lo hacía de memoria, y Ramírez confirma:
Antes que él supiese leer ni lo hubiese deprendido, sabía ya de memoria los más libros de caballerías de los cuales dichos porque Román Ramírez, padre deste confesante, leía muy bien y muchas veces en presencia deste, y así este confesante iba tomando en la memoria lo que le oía leer. (Harvey 1974, 282-296)
La defensa era convincente contra la acusación de brujería. Cuando se le somete a una prueba de memoria el acusado confiesa que:
tomaba en la memoria [...] la sustancia de las aventuras y los nombres de las ciudades, reinos, caballeros y princesas [...]; y después, cuando lo recitaba, alargaba y acortaba en las raçones cuanto quería. (Harvey 1974, 283-297)
O sea, como comenta L. P. Harvey, que improvisaba libros de caballerías del mismo modo que los cantores yugoeslavos improvisaban poemas épicos. Hasta parece que el bueno de Román Ramírez compuso su propia obra, Florisdoro de Grecia, y dictó una de sus partes a un amanuense (1974, 284-98).19
Me gustaría tratar de la oralidad en la Celestina: la sintaxis auténtica del habla popular, el empleo de registros distintos conforme al interlocutor, la importancia fundamental del diálogo y de la memoria, los giros coloquiales, la actitud de los personajes y de los autores frente a la retórica, la presentación oral de la obra según Fernando de Rojas y según Alonso de Proaza...; pero es tema de todo un libro y no de la última parte de un artículo panorámico.20
La oralidad influye en casi todos los géneros literarios que nos ofrece esta época de transición, sea de una o de otra manera. A veces se trata de un género tradicional -oral en sus orígenes y hasta en su esencia- que se transforma en literatura escrita, como los romances y los refranes. A veces un género culto se "oraliza", como la transmisión oral-memorial de los Proverbios morales de Sem Tob, o la composición oral de libros de caballerías. A veces un género culto aprovecha la oralidad hasta el punto de erigirse en documento históricolingüístico, como los sermones populares o aspectos de la Celestina. De modo que la relación oralidad/cultura escrita en la época de transición entre Edad Media y Renacimiento se nos aparece como una transformación, como una superación, desde luego, pero también como una simbiosis.

Referencias
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Notas
1 La primera versión de este artículo fue publicada en la revista Edad de Oro 7 (1988).
2 Véanse los trabajos de Huizinga [1924] 1955 y Boase 1978, 181 y 194, n. 37.
3 Véanse Clanchy 1979 y Lawrance 1985.
4 Véanse Chaytor 1945, cap. 6 y Frenk 1982.
5 Este número especial de la revista se reimprimió como Oral Literature: Seven Essays. Joseph J. Duggan (ed.), Edinburgh, Scottish Academic Pres. 1975, dónde el artículo de Lord ocupa las pp. 1-24(23).
6 Véanse además sus estudios de 1963 y de 1973.
7 Véanse Rodríguez-Moñino 1970 y 1973-74.
8 Además es interesante añadir que Albert B. Lord habló de la comprensión de textos orales por un coleccionador yugoeslavo de fines del siglo XIX en una ponencia del Coloquio Internacional "Oral and Written/Literate in Literature and Culture" (Novi Sad, septiembre de 1987).
9 El tomo II no se publicó.
10 Véanse los trabajos de Whinnom 1968-69 [1970] y Whetnall 1988. Y para la supervivencia de poesías cancioneriles en la lírica tradicional española e hispanoamericana véase Frenk 1982, 119-120.
11 A pesar de que Núñez emplee la palabra "letras", Joaquín González Cuenca clasifica estas poesías como invenciones: véase su libro inédito Ceremonial de galanes: primera rebusca de invenciones y letras de justadoresque tuvo la gentileza de facilitarme.
12 Véanse Menéndez Pidal 1957, 233-239 y 388-392 y Deyermond 1974.
13 En todas las citas que hago regularizo los acentos y el empleo de i/j y u/v según las normas actuales.
14 Véanse los trabajos sobre el Lazarillo de Tormes de Jones 1968, Lázaro Carreter 1972 y Frenk 1983.
15 Sobre el cuento oral véanse los trabajos de Chevalier 1975, McGrady 1976-77, y Frenk 1982, 110-111, cuya hipótesis se acerca más a la propuesta por Chevalier.
16 Dos estudios de tales relatos de acusadores y acusados son los de Gilman 1978 y Edwards 1984.
17 Sobre Leonor López de Córdoba véanse los trabajos de Reinaldo Ayerbe-Chaux, 1977-78, quien incluye una edición del texto, y Deyermond 1983, 29-37. Además, según me informa el profesor Ayerbe-Chaux, hay una tesis importante de Amanda Curry (1985).
18 En una ponencia del Coloquio de Novi Sad. Liu Kuili dijo que "In Tibet, there... is also a folk singer who always takes a piece of paper (no matter what kind of paper it is) in his hand when he recites epic tales. According to him, he sees on the paper fighting scenes of the heroes" (cito de la traducción inglesa).
19 Daniel Eisenberg dice de la composición de Florisdoro de Grecia por Román Ramírez: "there is considerable doubt about whether he ever did so" (1979, 70). En mi opinión, las conclusiones a las que llega Harvey sobre esta cuestión son convincentes.
20 Existen varios estudios sobre dichos temas, veánse, por ejemplo: Severin 1970, Gilman 1974, cap. 2; Read 1983, cap. 4; Turano 1985; Gurza 1986; Seniff 1987, 164-65; Fraker 1990 y también es importante la bibliografía que cita al respecto Noguera 1988.


Fuente: Acta poét vol.26 no.1-2 México abr./nov. 2005

El autor en los poemas de clerecía del siglo XIII


¿Qué es un autor? ¿Quién habla? ¿Quién escribe? En realidad, estas preguntas, formuladas por Michel Foucault y Roland Barthes, contienen ya una contestación clara a la noción del autor como ente demiúrgico y todopoderoso que surge fundamentalmente a partir del Romanticismo, respuesta originada en un momento histórico, la década de 1960, en que tal concepción se pone radicalmente en entredicho2. Ambos críticos reconocen explícitamente que «l'auteur est un personnage moderne» y sus consideraciones parecen dirigirse especialmente a la relación entre el máximo responsable de la creación y sus textos, destinados a la imprenta y difundidos por ella. Sin embargo, en diversas ocasiones, de la misma manera que el Romanticismo aplicó a épocas pasadas su omnipotente concepto del autor, Foucault y Barthes extienden sus disquisiciones a obras producidas en la Edad Media, quizá sin tener lo suficientemente en cuenta (y somos conscientes de que aquí estamos generalizando también en exceso) que las obras medievales fueron fruto de un sistema de producción y de recepción 'literaria' muy diferente.



En el presente estudio pretendemos, pues, analizar qué lugar ocupa, cómo se conforma y qué características tiene la instancia creadora en una serie de textos representativos de este sistema de producción y de recepción distinto: los poemas de clerecía castellanos del siglo XIII. El alcance del proyecto queda, por tanto, limitado cronológica y geográficamente, y también en cuanto al tipo de textos considerados. En este sentido, conviene señalar de antemano que las conclusiones que se extraigan aquí no son necesariamente aplicables ni a otro tipo de producciones del mismo período (v.gr., la poesía épica conservada), ni a toda la Edad Media en general, ni a otras literaturas. Teniendo todo esto en cuenta, veremos cómo las tres preguntas con las que comenzábamos nuestro trabajo adquieren un sentido muy diferente al que le dan Foucault y Barthes cuando se aplican a los poemas que consideraremos.

1. AUTOR, OBRA, POEMA, TEXTO... ALGUNAS PRECISIONES TERMINOLÓGICAS
Antes de continuar, y con el fin de minimizar, en la medida de lo posible, los deslices terminológicos y anacronismos que acabamos de señalar, vale la pena abrir un breve paréntesis para precisar el significado de algunos términos que reaparecerán muy a menudo a lo largo del presente estudio.
Así, cuando hablemos de 'obra', 'texto' o 'poema', atribuiremos a estos términos un sentido bastante similar al que les ha dado Paul Zumthor. Por 'obra' entendemos un todo poéticamente comunicado, que incluye tanto el texto en sí como todos los elementos extra-textuales, hoy perdidos casi en su totalidad, propios de un tipo de productos destinados a ser transmitidos fundamentalmente por la voz y recibidos a través del oído: ritmos, sonoridades, gestos y otros elementos visuales y sensoriales en general. Por otro lado, usaremos indistintamente los términos 'texto' y 'poema' para referirnos a la secuencia lingüística que nos ha quedado a través de los manuscritos conservados y de los diferentes tipos de ediciones modernas basadas en ellos (críticas, anotadas, paleográficas, etc.). En las páginas que siguen partiremos de lo que hay en los textos o poemas para tratar de vislumbrar algo, sin duda una porción mínima, de lo que en su día tuvieron que ser las obras.
En este sentido, por 'poeta' o 'autor', con minúscula, entendemos aquella instancia que, a partir de cierto material previo, compuso por escrito el texto de la obra. Esta ha llegado hasta nosotros sólo a través de manuscritos que, en todos los casos que nos ocupan, fueron materialmente copiados por una o varias manos en fechas muy posteriores a la de composición del poema.
Así pues, otro de los problemas que abordaremos en el presente trabajo será la relación del autor con la obra, de la que él fue responsable sólo parcialmente. Esto es, de hecho, una diferencia fundamental con respecto a la noción romántica del autor con poder total sobre su producción que critican Barthes y Foucault, y que aún se suele aplicar a la poesía de clerecía del siglo XIII, al menos cuando el nombre del poeta se conoce.

2. LA OTREDAD DE LA 'LITERATURA' MEDIEVAL Y EL CONCEPTO DE AUTOR
Estas precisiones terminológicas (en particular las que acabamos de establecer entre obra y texto, por un lado, y la «función del autor»" con relación a la primera, por otro), nos ponen en contacto con un aspecto que ha sido puesto de relieve en multitud de ocasiones: la sensación de alteridad u otredad que producen en el receptor actual los textos medievales, y la necesidad de reconocer tal otredad como punto de partida de cualquier aproximación a los mismos. En cuanto a los poemas de clerecía castellanos del siglo XIII, esta extrañeza deriva en parte de la cosmovisión, tan distante de la actual, que nos ofrecen; de la lengua utilizada y del lenguaje poético que emplean; de los géneros a los que pertenecen; etc. A todo esto se debe añadir también el hecho de que las condiciones de producción y de recepción de las obras que nos ocupan eran radicalmente diferentes a las vigentes hoy en día.
En este sentido, como señala Carmen Marimón Llorca, uno de los primeros problemas con los que nos enfrentamos es la indefinición del concepto de autor en esta época. Efectivamente, se ha puesto de relieve que, durante la Edad Media, se produce una evolución semántica del vocablo 'autor' (en sus variantes de auctor y actor) en los textos escritos en lenguas vernáculas. En el siglo XIII, auctor y actor vendrían a significar 'escritor de cierto prestigio del pasado, que compone en latín unos textos a los que la tradición ha otorgado cierta auctoritas". Este contenido semántico habría cambiado ya por completo a principios del siglo XV, cuando la voz significaría simplemente 'aquel que compone o faze un libro, sin que ello implique que posea ningún tipo de autoridad'. Así, sólo en el siglo XV los autores en lengua vernácula comienzan a utilizar esta denominación para referirse a ellos mismos. Es de notar que en los poemas objeto de estudio en este trabajo, sólo en el LAlex hemos encontrado la palabra actor/actores/actoristas para referirse a los autores de las fuentes latinas (cfr., por ejemplo, vv. 1196c, 1197a, 2390a y 2392a). Esto no es de extrañar, pues el LAlex es el único texto considerado que, por una parte, maneja un número considerable de fuentes y, por otra, utiliza como tales libros de actores cuyo nombre era (bien) conocido. Lo más corriente, sin embargo, es que la alusión a las fuentes se haga a través de referencias a la escriptura (LAlex, vv. 112a, 460c, 1847a; MNS, vv. 49a, 116a); el escripto (LAlex, vv. 1854d, 2115a, 2664a; UMJ, v. 204; VSME, v. 205; RA, v. 250); la leyenda (LAlex, vv. 335a, 562d, 826a; MNS, vv. 705b; PSO, v. 16a); el dictado (MNS, v. 405b; PSO, v. 84b); la lectión (MNS, v. 41c; PSO, v. 5a); la letra (LAlex, vv. 447d, 1051a); la cartiella (MNS, v. 909d); los escribanos (LAlex, v. 2170d); el qui lo escribió (PSO, vv. 7a y d); etc., términos todos ellos que suelen ser sujetos gramaticales del verbo "dezir".
Por su parte, los poetas de clerecía del siglo XIII utilizan una variedad de nombres para autocalificarse y para calificar su actividad de composición de textos. Señala Oostendorp que los autores en latín solían utilizar el término lectores para referirse a ellos mismos y a otros autores contemporáneos. En los textos de clerecía conservados, esta denominación no aparece tal cual, pero sí es cierto que leer es, con mucho, el verbo más utilizado para referirse a la forma en que el autor del poema romance recibe su(s) fuente(s) principal(es) en varios de los poemas (LAlex, PSO, VSM, VSD y MNS), como más adelante veremos. La actividad 'lectora' desempeña, también lo comentaremos, una función muy importante en la tarea de creación de los autores de clerecía. Ésta, sin embargo, suele denominarse como escrevir, notar (con el sentido de 'anotar') y fazer el ditado (que implican composición por escrito), y conponer, fazer o fer viessos, versificar, rimar, romanear el dictado (que, si bien no suponen por sí solos un acto material de escritura, en el contexto de los poemas en el que se encuentran sí parecen implicarlo)18. El autor (y/o, a veces, el emisor físico de la obra), por su parte, es denominado como versificador (PSO, v. 205a), escrivano (LAlex, v. 5d), incluso joglar (VSD, w. 289d, 759d, 775b; quizá LAlex, v. 1750d), o bien por su profesión de escolar (RA, v. 5) o de clérigo (LAlex, vv. 1824a y 2675b -manuscrito O), algo que, como veremos, tiene también su importancia a la hora de determinar la posición que ocupa con respecto a 'su' obra.
Nos encontramos, pues, ante la aparente paradoja terminológica de que los autores de los poemas de clerecía no se denominan a sí mismos como tales y de que apenas si aluden a los autores de las fuentes con este nombre. Esta ausencia del término, al menos en su sentido moderno, y la falta de un concepto equivalente en la época están íntimamente relacionadas con el hecho de que en la producción de las obras de clerecía del siglo XIII (y, en general, creemos, en la mayoría de productos 'literarios' anteriores a la imprenta) intervinieron varias instancias que aun hoy asoman en la superficie textual de los poemas conservados. Así, por un lado, nos encontramos con el autor (en el sentido que le hemos venido atribuyendo). Pero también se dejan ver en los poemas el copista o la serie de copistas que fueron transmitiendo por escrito a lo largo de los siglos el texto originalmente compuesto por el autor (y cuyas copias se han perdido en muchos casos). A estos hay que añadir el emisor físico de la obra (lector en voz alta, recitador memorístico, intérprete), profesional o no, que pudo transmitir la obra en una variedad de contextos posibles. Su presencia pasada, imprescindible para la difusión de las obras y hoy ausencia imposible de recuperar completamente, aún puede entreverse, sin embargo, en algunas marcas textuales que ha dejado en los poemas conservados. Estas tres instancias (autor, copista y emisor físico) confluyen, como veremos, en muchas ocasiones bien en el 'yo' de la enunciación, bien en un 'él' al que se califica como responsable de la misma. De hecho, las tres se confunden en muchos casos en los textos conservados y hoy resulta a veces difícil discernir en cada ocurrencia concreta quién de los tres está hablando/escribiendo o de quién de los tres se habla/escribe.
A esta tríada hay que sumar, además, otras dos figuras que se hallan, asimismo, abundantemente textualizadas en los poemas conservados y que, como veremos, cooperan también en el proceso de creación de la obra: el autor o los autores de las fuentes, cuyas voces, como autoridades más o menos fiables, se incluyen, e incluso se asimilan como propias, en los textos romances; y el receptor aural, que posee un carácter mucho más activo y participativo que el lector solitario y silencioso, cuya actividad nos resulta mucho más familiar.
Nos encontramos, pues, ante el hecho de que en los poemas de clerecía del siglo XIII conservados emerge textualizada una especie de instancia creadora múltiple, que hoy resulta difícil de entender dado, por un lado, el peso de la noción de autor de raigambre romántica, en buena medida aún vigente, y, por otro, el hecho de que nos sean desconocidas las condiciones exactas de producción y de recepción de las obras que nos ocupan. En este sentido, podríamos decir que los poemas de clerecía del siglo XIII dejan vislumbrar un Autor23 difuso de las obras, disperso en cinco instancias con distintas responsabilidades en cuanto al proceso de creación de las mismas, una especie de entidad múltiple conformada por autor, copista, emisor físico, receptor y autor(es) de la(s) fuente(es).


EL AUTOR EN LOS POEMAS DE CLERECÍA DEL SIGLO XIII
PABLO ANCOS
University of Wisconsin - Madison

Fuente: Biblioteca Gonzalo de Berceo

El sexo en la Edad Media


En la Edad Media cristiana, la sexualidad únicamente se "toleraba" si se practicaba dentro del matrimonio y para tener hijos. Pero esa era sólo la versión oficial...

Asomarse a la vida sexual de los europeos de la Edad Media supone vislumbrar un mundo en el que el placer del sexo como tal está prohibido y donde la procreación se erige en el único fin que puede justificar unos actos considerados execrables en sí mismos. En teoría, la máxima preocupación del ser humano, en tanto que animal sexual, debía ser conseguir reproducirse sin caer en el pecado, es decir, evitando a toda costa cualquier atisbo de deleite. La necesaria labor de vigilancia la realizaba la Iglesia, que desde el principio había hecho de la represión de la sexualidad humana una de sus señas de identidad y una forma de diferenciación en relación al mundo pagano, tanto el de la Antigüedad clásica como el germánico, cuyas actitudes en materia de sexo eran muy distintas.


Lo que hacía una pareja en la cama –o donde fuera– estaba entonces determinado por la opinión de los miembros de la Iglesia –esto es, varones supuestamente célibes–, que dictaban con rigor extremo lo que era lícito y lo que no, siempre por supuesto dentro del matrimonio. Un elemento fundamental de esa idiosincrasia era que la concepción de los hijos debía producirse sin placer, puesto que el placer viciaba desde el inicio el propósito reproductivo. En el siglo XIII, por ejemplo, Tomás de Aquino decía que el hombre que manifestaba deseo por su esposa la estaba tratando como a una prostituta.

Por este motivo, las posibles prácticas sexuales estaban catalogadas en función de su aceptabilidad moral y organizadas en una especie de ranking. Había una coincidencia absoluta en que las relaciones maritales solo podían adoptar una única forma aceptable, la llamada postura del misionero, que era la considerada adecuada para la fecundación. Todo lo demás estaba prohibido, si bien con distinto grado de reproche. La copulación de pie, por ejemplo, suscitaba desaprobación, pero no tenía la gravedad del coito a tergo –con el hombre colocado por detrás–, que normalmente era considerada la práctica más pecaminosa de todas a excepción de la penetración anal. El motivo de tan desfavorable juicio era que a la persecución deliberada del goce se sumaba la similitud con las posturas sexuales de los animales, lo que provocaba una indeseable confusión entre especies. La otra gran transgresión moral en cuanto al coito era que la mujer se situara encima del varón, un recurso condenado por la Iglesia porque cuestionaba el papel dominante del hombre en la sociedad (aunque el dominico Alberto Magno lo consideraba aceptable si el marido estaba gordo).


Los peligros de explorar una sexualidad más variada, no obstante, no eran solo de índole moral, según los expertos de la época. Un famoso tratado de la Edad Media, De secretis mulierum, atribuía a las posturas consideradas antinaturales –es decir, todas menos la única permitida– la capacidad de producir deformidades en los descendientes. Sobre el supuesto potencial corruptor de las posturas sexuales hay una buena parodia en el Decamerón, el conjunto de cuentos escrito por el florentino Boccaccio en el siglo XIV: cuando el simple y crédulo Calandrino es víctima de una broma en la que sus amigos le hacen creer que se ha quedado embarazado, su reacción inmediata es culpar a su mujer por su empeño en subírsele encima al hacer el amor.

Solo en días señalados
Pero, además del qué, la Iglesia imponía también el cuándo. Las posibilidades de satisfacción sexual quedaban enormemente limitadas una vez que se aplicaba el calendario de días prohibidos. No se podía mantener relaciones de jueves a domingo ni tampoco durante el día; solo eran lícitas por la noche. También estaban prohibidas durante la Cuaresma, en los 35 días previos a la Navidad y en los 40 días previos a la fiesta de Pentecostés, así como en los días en que se celebrara a un santo.
Por supuesto, en un mundo en el que los placeres de la carne estaban prohibidos y en el que lo único que cabía era reproducirse, tanto el coito anal como el sexo oral eran considerados gravemente pecaminosos.

Fuente: Rodrigo Brunori, www.muyhistoria.esBiblioteca Gonzalo de Berceo 



jueves, 29 de marzo de 2018

Una planta en Gonzalo de Berceo


En los documentos medievales se nota con frecuencia la mención de elementos de la vegetación cuando se trata de deslindar una propiedad. Un ejemplo es una heredad de Madriz (Badarán), cerca de San Millán de la Cogolla, que don Aznar Pérez vendió al abad Juan Sánchez de San Millán en 1242, (DL 94) 
"uendemos a muertas a uos, don Juan Sanchez, abbat de Sant Millan, por .xxx.ª morauedis quanta heredat auemos en Madriz e en todo su termino, connonbradamientre la heran de Uarrio Espasso, con sus fructales e tierras e linares e nogueras... la carrera al sabuco dela Fonteziella... tres nozedos. Testes... el alcalde Fijot de Marhoial... de clerigos de Berceo: don Gonçaluo de Berceo, don Juan so ermano...".
Este trozo nos indica que en los alrededores de San Millán a mediados del siglo XIII había linos, nogales, saúcos, tal vez avellanos (nozedo, cpse nochizo), y un lugar nombrado por los marojos (Quercus petraea o árbol parecido) que crecían ahí. En AU 368 (1068), que da una lista de las heredades de San Martín de Grañón, encontramos referencias a las plantas siguientes: aulaga, carrasco, gamón, peral, endrino, aparte de viñas y majuelos. Por desgracia, todavía no tenemos un cartulario completo de San Millán a partir de 1076.


El caso de "borraja".
Borago officinalis.
Del latín *BORAGEA o *BORRAGEA por *BORAGO, -AGINIS.
Berceo describe el desliz de una abadesa. La fuente latina lo presenta en estos términos: el diablo consigue que la abadesa pierda su castidad, y como resultado, "ingrato conceptu gravidata est" .Berceo no traduce el texto literalmente, sino que emplea una expresión popular:
Pero la abbadessa cadió una vegeda,
fizo una locura qe es mucho vedada;
pisó por su ventana yerva fuert enconada,
quando bien se catido, fallóse embargada.
Milag. 507.
Daniel Devoto dedicó un estudio (Bulletin Hispanique, 59 (1957), págs. 5-25, ref. 12-16) a estos versos y por una serie de romances y canciones tradicionales pudo identificar la planta como la borraja. Aquí una muestra de la tradición:
Hay una hierba en el campo
que se llama la borraja,
y toda mujer que la pise
luego se siente preñada.
Amador de los Ríos (Historia crítica de la literatura española) cuenta cómo en un romance portugués, la princesa Ausenda, habiendo pisado la hierba en cuestión, queda embarazada y cómo el rey su padre la condena a la hoguera... pero se presenta un ermitaño que la hace tocar de nuevo la hierba, que tiene también la virtud de hacer parir sin dolor. Lo que hay que añadir a lo aducido por Devoto y Amador es que en la farmacopea medieval, la borraja en efecto tiene esta cualidad. Castore Durante cita unos versos antiguos sobre la borraja

Gaudia fert cordi, minuit Borago rigores
febris et horrores. ..
et faciles reddit partas, ducitque secundas.
DH, pág. 83.
Berceo, con intención creo, atribuye el parto sin dolor a la intervención de la Virgen, no a la virtud de la planta:
Al sabor del solaz de la Virgo preciosa,
non sintiendo la madre de dolor nulla cosa,
nació la creatura, cosiella muy fermosa...
Milag. 533.
Como se descubre en muchos casos, las tradiciones populares reflejan las doctrinas oficiales de la medicina clásico-medieval, que se encuentra en los herbarios desde Dioscórides (5) hasta el siglo XVII. Esto es lógico si consideramos que los campesinos se ganaban algún dinero recogiendo plantas silvestres para los boticarios, lo cual explica su familiaridad con gran parte de la flora. Además, había toda una tradición folklórica de remedios y tónicos botánicos.
[...]

BERCEO Y LA RIOJA MEDIEVAL: UNOS APUNTES BOTANICOS. BRlAN DUTTON. Fuente: Biblioteca Gonzalo de Berceo, página web.