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Amour courtois

Amour courtois
Drutz et "midons"
"...Entonces me verás...y mi muerte, más elocuente que yo, te dirá qué es lo que se ama cuando se ama a un hombre..." (Pedro Abelardo a Eloísa)

sábado, 26 de mayo de 2018

El autor en los poemas de clerecía del siglo XIII


¿Qué es un autor? ¿Quién habla? ¿Quién escribe? En realidad, estas preguntas, formuladas por Michel Foucault y Roland Barthes, contienen ya una contestación clara a la noción del autor como ente demiúrgico y todopoderoso que surge fundamentalmente a partir del Romanticismo, respuesta originada en un momento histórico, la década de 1960, en que tal concepción se pone radicalmente en entredicho2. Ambos críticos reconocen explícitamente que «l'auteur est un personnage moderne» y sus consideraciones parecen dirigirse especialmente a la relación entre el máximo responsable de la creación y sus textos, destinados a la imprenta y difundidos por ella. Sin embargo, en diversas ocasiones, de la misma manera que el Romanticismo aplicó a épocas pasadas su omnipotente concepto del autor, Foucault y Barthes extienden sus disquisiciones a obras producidas en la Edad Media, quizá sin tener lo suficientemente en cuenta (y somos conscientes de que aquí estamos generalizando también en exceso) que las obras medievales fueron fruto de un sistema de producción y de recepción 'literaria' muy diferente.



En el presente estudio pretendemos, pues, analizar qué lugar ocupa, cómo se conforma y qué características tiene la instancia creadora en una serie de textos representativos de este sistema de producción y de recepción distinto: los poemas de clerecía castellanos del siglo XIII. El alcance del proyecto queda, por tanto, limitado cronológica y geográficamente, y también en cuanto al tipo de textos considerados. En este sentido, conviene señalar de antemano que las conclusiones que se extraigan aquí no son necesariamente aplicables ni a otro tipo de producciones del mismo período (v.gr., la poesía épica conservada), ni a toda la Edad Media en general, ni a otras literaturas. Teniendo todo esto en cuenta, veremos cómo las tres preguntas con las que comenzábamos nuestro trabajo adquieren un sentido muy diferente al que le dan Foucault y Barthes cuando se aplican a los poemas que consideraremos.

1. AUTOR, OBRA, POEMA, TEXTO... ALGUNAS PRECISIONES TERMINOLÓGICAS
Antes de continuar, y con el fin de minimizar, en la medida de lo posible, los deslices terminológicos y anacronismos que acabamos de señalar, vale la pena abrir un breve paréntesis para precisar el significado de algunos términos que reaparecerán muy a menudo a lo largo del presente estudio.
Así, cuando hablemos de 'obra', 'texto' o 'poema', atribuiremos a estos términos un sentido bastante similar al que les ha dado Paul Zumthor. Por 'obra' entendemos un todo poéticamente comunicado, que incluye tanto el texto en sí como todos los elementos extra-textuales, hoy perdidos casi en su totalidad, propios de un tipo de productos destinados a ser transmitidos fundamentalmente por la voz y recibidos a través del oído: ritmos, sonoridades, gestos y otros elementos visuales y sensoriales en general. Por otro lado, usaremos indistintamente los términos 'texto' y 'poema' para referirnos a la secuencia lingüística que nos ha quedado a través de los manuscritos conservados y de los diferentes tipos de ediciones modernas basadas en ellos (críticas, anotadas, paleográficas, etc.). En las páginas que siguen partiremos de lo que hay en los textos o poemas para tratar de vislumbrar algo, sin duda una porción mínima, de lo que en su día tuvieron que ser las obras.
En este sentido, por 'poeta' o 'autor', con minúscula, entendemos aquella instancia que, a partir de cierto material previo, compuso por escrito el texto de la obra. Esta ha llegado hasta nosotros sólo a través de manuscritos que, en todos los casos que nos ocupan, fueron materialmente copiados por una o varias manos en fechas muy posteriores a la de composición del poema.
Así pues, otro de los problemas que abordaremos en el presente trabajo será la relación del autor con la obra, de la que él fue responsable sólo parcialmente. Esto es, de hecho, una diferencia fundamental con respecto a la noción romántica del autor con poder total sobre su producción que critican Barthes y Foucault, y que aún se suele aplicar a la poesía de clerecía del siglo XIII, al menos cuando el nombre del poeta se conoce.

2. LA OTREDAD DE LA 'LITERATURA' MEDIEVAL Y EL CONCEPTO DE AUTOR
Estas precisiones terminológicas (en particular las que acabamos de establecer entre obra y texto, por un lado, y la «función del autor»" con relación a la primera, por otro), nos ponen en contacto con un aspecto que ha sido puesto de relieve en multitud de ocasiones: la sensación de alteridad u otredad que producen en el receptor actual los textos medievales, y la necesidad de reconocer tal otredad como punto de partida de cualquier aproximación a los mismos. En cuanto a los poemas de clerecía castellanos del siglo XIII, esta extrañeza deriva en parte de la cosmovisión, tan distante de la actual, que nos ofrecen; de la lengua utilizada y del lenguaje poético que emplean; de los géneros a los que pertenecen; etc. A todo esto se debe añadir también el hecho de que las condiciones de producción y de recepción de las obras que nos ocupan eran radicalmente diferentes a las vigentes hoy en día.
En este sentido, como señala Carmen Marimón Llorca, uno de los primeros problemas con los que nos enfrentamos es la indefinición del concepto de autor en esta época. Efectivamente, se ha puesto de relieve que, durante la Edad Media, se produce una evolución semántica del vocablo 'autor' (en sus variantes de auctor y actor) en los textos escritos en lenguas vernáculas. En el siglo XIII, auctor y actor vendrían a significar 'escritor de cierto prestigio del pasado, que compone en latín unos textos a los que la tradición ha otorgado cierta auctoritas". Este contenido semántico habría cambiado ya por completo a principios del siglo XV, cuando la voz significaría simplemente 'aquel que compone o faze un libro, sin que ello implique que posea ningún tipo de autoridad'. Así, sólo en el siglo XV los autores en lengua vernácula comienzan a utilizar esta denominación para referirse a ellos mismos. Es de notar que en los poemas objeto de estudio en este trabajo, sólo en el LAlex hemos encontrado la palabra actor/actores/actoristas para referirse a los autores de las fuentes latinas (cfr., por ejemplo, vv. 1196c, 1197a, 2390a y 2392a). Esto no es de extrañar, pues el LAlex es el único texto considerado que, por una parte, maneja un número considerable de fuentes y, por otra, utiliza como tales libros de actores cuyo nombre era (bien) conocido. Lo más corriente, sin embargo, es que la alusión a las fuentes se haga a través de referencias a la escriptura (LAlex, vv. 112a, 460c, 1847a; MNS, vv. 49a, 116a); el escripto (LAlex, vv. 1854d, 2115a, 2664a; UMJ, v. 204; VSME, v. 205; RA, v. 250); la leyenda (LAlex, vv. 335a, 562d, 826a; MNS, vv. 705b; PSO, v. 16a); el dictado (MNS, v. 405b; PSO, v. 84b); la lectión (MNS, v. 41c; PSO, v. 5a); la letra (LAlex, vv. 447d, 1051a); la cartiella (MNS, v. 909d); los escribanos (LAlex, v. 2170d); el qui lo escribió (PSO, vv. 7a y d); etc., términos todos ellos que suelen ser sujetos gramaticales del verbo "dezir".
Por su parte, los poetas de clerecía del siglo XIII utilizan una variedad de nombres para autocalificarse y para calificar su actividad de composición de textos. Señala Oostendorp que los autores en latín solían utilizar el término lectores para referirse a ellos mismos y a otros autores contemporáneos. En los textos de clerecía conservados, esta denominación no aparece tal cual, pero sí es cierto que leer es, con mucho, el verbo más utilizado para referirse a la forma en que el autor del poema romance recibe su(s) fuente(s) principal(es) en varios de los poemas (LAlex, PSO, VSM, VSD y MNS), como más adelante veremos. La actividad 'lectora' desempeña, también lo comentaremos, una función muy importante en la tarea de creación de los autores de clerecía. Ésta, sin embargo, suele denominarse como escrevir, notar (con el sentido de 'anotar') y fazer el ditado (que implican composición por escrito), y conponer, fazer o fer viessos, versificar, rimar, romanear el dictado (que, si bien no suponen por sí solos un acto material de escritura, en el contexto de los poemas en el que se encuentran sí parecen implicarlo)18. El autor (y/o, a veces, el emisor físico de la obra), por su parte, es denominado como versificador (PSO, v. 205a), escrivano (LAlex, v. 5d), incluso joglar (VSD, w. 289d, 759d, 775b; quizá LAlex, v. 1750d), o bien por su profesión de escolar (RA, v. 5) o de clérigo (LAlex, vv. 1824a y 2675b -manuscrito O), algo que, como veremos, tiene también su importancia a la hora de determinar la posición que ocupa con respecto a 'su' obra.
Nos encontramos, pues, ante la aparente paradoja terminológica de que los autores de los poemas de clerecía no se denominan a sí mismos como tales y de que apenas si aluden a los autores de las fuentes con este nombre. Esta ausencia del término, al menos en su sentido moderno, y la falta de un concepto equivalente en la época están íntimamente relacionadas con el hecho de que en la producción de las obras de clerecía del siglo XIII (y, en general, creemos, en la mayoría de productos 'literarios' anteriores a la imprenta) intervinieron varias instancias que aun hoy asoman en la superficie textual de los poemas conservados. Así, por un lado, nos encontramos con el autor (en el sentido que le hemos venido atribuyendo). Pero también se dejan ver en los poemas el copista o la serie de copistas que fueron transmitiendo por escrito a lo largo de los siglos el texto originalmente compuesto por el autor (y cuyas copias se han perdido en muchos casos). A estos hay que añadir el emisor físico de la obra (lector en voz alta, recitador memorístico, intérprete), profesional o no, que pudo transmitir la obra en una variedad de contextos posibles. Su presencia pasada, imprescindible para la difusión de las obras y hoy ausencia imposible de recuperar completamente, aún puede entreverse, sin embargo, en algunas marcas textuales que ha dejado en los poemas conservados. Estas tres instancias (autor, copista y emisor físico) confluyen, como veremos, en muchas ocasiones bien en el 'yo' de la enunciación, bien en un 'él' al que se califica como responsable de la misma. De hecho, las tres se confunden en muchos casos en los textos conservados y hoy resulta a veces difícil discernir en cada ocurrencia concreta quién de los tres está hablando/escribiendo o de quién de los tres se habla/escribe.
A esta tríada hay que sumar, además, otras dos figuras que se hallan, asimismo, abundantemente textualizadas en los poemas conservados y que, como veremos, cooperan también en el proceso de creación de la obra: el autor o los autores de las fuentes, cuyas voces, como autoridades más o menos fiables, se incluyen, e incluso se asimilan como propias, en los textos romances; y el receptor aural, que posee un carácter mucho más activo y participativo que el lector solitario y silencioso, cuya actividad nos resulta mucho más familiar.
Nos encontramos, pues, ante el hecho de que en los poemas de clerecía del siglo XIII conservados emerge textualizada una especie de instancia creadora múltiple, que hoy resulta difícil de entender dado, por un lado, el peso de la noción de autor de raigambre romántica, en buena medida aún vigente, y, por otro, el hecho de que nos sean desconocidas las condiciones exactas de producción y de recepción de las obras que nos ocupan. En este sentido, podríamos decir que los poemas de clerecía del siglo XIII dejan vislumbrar un Autor23 difuso de las obras, disperso en cinco instancias con distintas responsabilidades en cuanto al proceso de creación de las mismas, una especie de entidad múltiple conformada por autor, copista, emisor físico, receptor y autor(es) de la(s) fuente(es).


EL AUTOR EN LOS POEMAS DE CLERECÍA DEL SIGLO XIII
PABLO ANCOS
University of Wisconsin - Madison

Fuente: Biblioteca Gonzalo de Berceo

El sexo en la Edad Media


En la Edad Media cristiana, la sexualidad únicamente se "toleraba" si se practicaba dentro del matrimonio y para tener hijos. Pero esa era sólo la versión oficial...

Asomarse a la vida sexual de los europeos de la Edad Media supone vislumbrar un mundo en el que el placer del sexo como tal está prohibido y donde la procreación se erige en el único fin que puede justificar unos actos considerados execrables en sí mismos. En teoría, la máxima preocupación del ser humano, en tanto que animal sexual, debía ser conseguir reproducirse sin caer en el pecado, es decir, evitando a toda costa cualquier atisbo de deleite. La necesaria labor de vigilancia la realizaba la Iglesia, que desde el principio había hecho de la represión de la sexualidad humana una de sus señas de identidad y una forma de diferenciación en relación al mundo pagano, tanto el de la Antigüedad clásica como el germánico, cuyas actitudes en materia de sexo eran muy distintas.


Lo que hacía una pareja en la cama –o donde fuera– estaba entonces determinado por la opinión de los miembros de la Iglesia –esto es, varones supuestamente célibes–, que dictaban con rigor extremo lo que era lícito y lo que no, siempre por supuesto dentro del matrimonio. Un elemento fundamental de esa idiosincrasia era que la concepción de los hijos debía producirse sin placer, puesto que el placer viciaba desde el inicio el propósito reproductivo. En el siglo XIII, por ejemplo, Tomás de Aquino decía que el hombre que manifestaba deseo por su esposa la estaba tratando como a una prostituta.

Por este motivo, las posibles prácticas sexuales estaban catalogadas en función de su aceptabilidad moral y organizadas en una especie de ranking. Había una coincidencia absoluta en que las relaciones maritales solo podían adoptar una única forma aceptable, la llamada postura del misionero, que era la considerada adecuada para la fecundación. Todo lo demás estaba prohibido, si bien con distinto grado de reproche. La copulación de pie, por ejemplo, suscitaba desaprobación, pero no tenía la gravedad del coito a tergo –con el hombre colocado por detrás–, que normalmente era considerada la práctica más pecaminosa de todas a excepción de la penetración anal. El motivo de tan desfavorable juicio era que a la persecución deliberada del goce se sumaba la similitud con las posturas sexuales de los animales, lo que provocaba una indeseable confusión entre especies. La otra gran transgresión moral en cuanto al coito era que la mujer se situara encima del varón, un recurso condenado por la Iglesia porque cuestionaba el papel dominante del hombre en la sociedad (aunque el dominico Alberto Magno lo consideraba aceptable si el marido estaba gordo).


Los peligros de explorar una sexualidad más variada, no obstante, no eran solo de índole moral, según los expertos de la época. Un famoso tratado de la Edad Media, De secretis mulierum, atribuía a las posturas consideradas antinaturales –es decir, todas menos la única permitida– la capacidad de producir deformidades en los descendientes. Sobre el supuesto potencial corruptor de las posturas sexuales hay una buena parodia en el Decamerón, el conjunto de cuentos escrito por el florentino Boccaccio en el siglo XIV: cuando el simple y crédulo Calandrino es víctima de una broma en la que sus amigos le hacen creer que se ha quedado embarazado, su reacción inmediata es culpar a su mujer por su empeño en subírsele encima al hacer el amor.

Solo en días señalados
Pero, además del qué, la Iglesia imponía también el cuándo. Las posibilidades de satisfacción sexual quedaban enormemente limitadas una vez que se aplicaba el calendario de días prohibidos. No se podía mantener relaciones de jueves a domingo ni tampoco durante el día; solo eran lícitas por la noche. También estaban prohibidas durante la Cuaresma, en los 35 días previos a la Navidad y en los 40 días previos a la fiesta de Pentecostés, así como en los días en que se celebrara a un santo.
Por supuesto, en un mundo en el que los placeres de la carne estaban prohibidos y en el que lo único que cabía era reproducirse, tanto el coito anal como el sexo oral eran considerados gravemente pecaminosos.

Fuente: Rodrigo Brunori, www.muyhistoria.esBiblioteca Gonzalo de Berceo 



jueves, 29 de marzo de 2018

Una planta en Gonzalo de Berceo


En los documentos medievales se nota con frecuencia la mención de elementos de la vegetación cuando se trata de deslindar una propiedad. Un ejemplo es una heredad de Madriz (Badarán), cerca de San Millán de la Cogolla, que don Aznar Pérez vendió al abad Juan Sánchez de San Millán en 1242, (DL 94) 
"uendemos a muertas a uos, don Juan Sanchez, abbat de Sant Millan, por .xxx.ª morauedis quanta heredat auemos en Madriz e en todo su termino, connonbradamientre la heran de Uarrio Espasso, con sus fructales e tierras e linares e nogueras... la carrera al sabuco dela Fonteziella... tres nozedos. Testes... el alcalde Fijot de Marhoial... de clerigos de Berceo: don Gonçaluo de Berceo, don Juan so ermano...".
Este trozo nos indica que en los alrededores de San Millán a mediados del siglo XIII había linos, nogales, saúcos, tal vez avellanos (nozedo, cpse nochizo), y un lugar nombrado por los marojos (Quercus petraea o árbol parecido) que crecían ahí. En AU 368 (1068), que da una lista de las heredades de San Martín de Grañón, encontramos referencias a las plantas siguientes: aulaga, carrasco, gamón, peral, endrino, aparte de viñas y majuelos. Por desgracia, todavía no tenemos un cartulario completo de San Millán a partir de 1076.


El caso de "borraja".
Borago officinalis.
Del latín *BORAGEA o *BORRAGEA por *BORAGO, -AGINIS.
Berceo describe el desliz de una abadesa. La fuente latina lo presenta en estos términos: el diablo consigue que la abadesa pierda su castidad, y como resultado, "ingrato conceptu gravidata est" .Berceo no traduce el texto literalmente, sino que emplea una expresión popular:
Pero la abbadessa cadió una vegeda,
fizo una locura qe es mucho vedada;
pisó por su ventana yerva fuert enconada,
quando bien se catido, fallóse embargada.
Milag. 507.
Daniel Devoto dedicó un estudio (Bulletin Hispanique, 59 (1957), págs. 5-25, ref. 12-16) a estos versos y por una serie de romances y canciones tradicionales pudo identificar la planta como la borraja. Aquí una muestra de la tradición:
Hay una hierba en el campo
que se llama la borraja,
y toda mujer que la pise
luego se siente preñada.
Amador de los Ríos (Historia crítica de la literatura española) cuenta cómo en un romance portugués, la princesa Ausenda, habiendo pisado la hierba en cuestión, queda embarazada y cómo el rey su padre la condena a la hoguera... pero se presenta un ermitaño que la hace tocar de nuevo la hierba, que tiene también la virtud de hacer parir sin dolor. Lo que hay que añadir a lo aducido por Devoto y Amador es que en la farmacopea medieval, la borraja en efecto tiene esta cualidad. Castore Durante cita unos versos antiguos sobre la borraja

Gaudia fert cordi, minuit Borago rigores
febris et horrores. ..
et faciles reddit partas, ducitque secundas.
DH, pág. 83.
Berceo, con intención creo, atribuye el parto sin dolor a la intervención de la Virgen, no a la virtud de la planta:
Al sabor del solaz de la Virgo preciosa,
non sintiendo la madre de dolor nulla cosa,
nació la creatura, cosiella muy fermosa...
Milag. 533.
Como se descubre en muchos casos, las tradiciones populares reflejan las doctrinas oficiales de la medicina clásico-medieval, que se encuentra en los herbarios desde Dioscórides (5) hasta el siglo XVII. Esto es lógico si consideramos que los campesinos se ganaban algún dinero recogiendo plantas silvestres para los boticarios, lo cual explica su familiaridad con gran parte de la flora. Además, había toda una tradición folklórica de remedios y tónicos botánicos.
[...]

BERCEO Y LA RIOJA MEDIEVAL: UNOS APUNTES BOTANICOS. BRlAN DUTTON. Fuente: Biblioteca Gonzalo de Berceo, página web.

miércoles, 28 de febrero de 2018

Florencia Pinar

CANCIÓN DE UNA DAMA QUE SE DIZE FLORENCIA PINAR


  ¡Ay!, que ay quien más no bive
porque no ay quien d’¡ay! se duele,
y si ay, ¡ay! que recele,
ay un ¡ay! con que s’esquive
quien sin ¡ay! bevir no suele                                           

  Ay plazeres, ay pesares,
ay glorias, ay mil dolores,
ay, donde ay penas d’ amores,
muy gran bien si d’él gozares.
Aunque vida se cative,         
si ay quien tal ¡ay! consuele,
no ay razónr que se cele,
aunque ay con que s’ esquive
quien sin ¡ay! bevir no suele.



OTRA CANCIÓN DE LA MISMA SEÑORA A UNAS PERDICES QUE LE ENBIARON BIUAS

  D’estas aves su nación
es cantar con alegría,
y de vellas en prisión
siento yo grave passión,
sin sentir nadie a mía.                                               

   Ellas lloran que se vieron
sin temor de ser cativas,
y a quien eran más esquivas
essos mismos las prendieron.
Sus nombres mi vida son,                             
 que va perdiendo alegría,
y de vellas en prisión
siento yo grave passión,
sin sentir nadie la mía.

OTRO MOTE

Mi dicha lo desconcierta.



GLOSA DE FLORENCIA

  Será perderos pediros
esperança qu′es incierta,
pues quanto gano en serviros
mi dicha lo desconcierta.

  Cresce quando más va más 
un quereros que me haze
consentir, pues c′a vos plaze
mis bienes queden atrás. 
Mas verés con mis sospiros
la pena más descubierta,     
pues quanto gano en serviros
mi dicha lo desconcierta.



Siglo XV.


UNED, “Doña Mayor Arias” en Poesía castellana medieval.  En línea: 

Christine de Pizan: La Ciudad de las Mujeres

"Sentada un día en mi cuarto de estudio rodeada toda mi persona de los libros más dispares, según tengo costumbre, ya que el estudio de las artes liberales es un hábito que rige mi vida, me encontraba con la mente algo cansada, después de haber reflexionado sobre las ideas de varios autores. Levanté la mirada del texto y decidí abandonar los libros difíciles para entretenerme con la lectura de algún poeta.  

 Estando en esa disposición de ánimo, cayó en mis manos cierto extraño opúsculo, que no era mío sino que alguien me lo había prestado. Lo abrí entonces y vi que tenía como título Libro de las Lamentaciones de Mateolo. Me hizo sonreír, porque, pese a no haberlo leído, sabía que ese libro tenía fama de discutir sobre e! respeto hacia las mujeres. Pensé que ojear sus páginas podría divertirme un poco, pero no había avanzado mucho en su lectura, cuando mi buena madre me llamó a la mesa, porque había llegado la hora de la cena. Abandoné al instante la lectura con e! propósito de aplazarla hasta el día siguiente. Cuando volví a mi estudio por la mañana, como acostumbro, me acordé de que tenía que leer el libro de Mateolo. Me adentré algo en el texto pero, como me pareció que el tema resultaba poco grato para quien no se complace en la falsedad y no contribuía para nada al cultivo de las cualidades morales, a la vista también de las groserías de estilo y argumentación, después de echar un vistazo por aquí y por allá, me fui a leer el final y lo dejé para volver a un tipo de estudio más serio y provechoso. Pese a que este libro no haga autoridad en absoluto, su lectura me dejó, sin embargo, perturbada y sumida en una profunda perplejidad. Me preguntaba cuáles podrían ser las razones que llevan a tantos hombres, clérigos y laicos, a vituperar a las mujeres, criticándolas bien de palabra bien en escritos y tratados. No es que sea cosa de un hombre o dos, ni siquiera se trata de ese Mateolo, que nunca gozará de consideración porque su opúsculo no va más allá de la mofa, sino que no hay texto que esté exento de misoginia. Al contrario, filósofos, poetas, moralistas, todos -y la lista sería demasiado larga- parecen hablar con la misma voz para llegar a la conclusión de que la mujer, mala por esencia y naturaleza, siempre se inclina hacia el vicio. Volviendo sobre todas esas cosas en mi mente, yo, que he nacido mujer, me puse a examinar mi carácter y mi conducta y también la de otras muchas mujeres que he tenido ocasión de frecuentar, tanto princesas y grandes damas como mujeres de mediana y modesta condición, que tuvieron a bien confiarme sus pensamientos más íntimos.  

Me propuse decidir, en conciencia, si el testimonio reunido por tantos varones ilustres podría estar equivocado. Pero, por más que intentaba volver sobre ello, apurando las ideas como quien va mondando una fruta, no podía entender ni admitir como bien fundado el juicio de los hombres sobre la naturaleza y conducta de las mujeres. Al mismo tiempo, sin embargo, yo me empeñaba en acusarlas porque pensaba que sería muy improbable que tantos hombres preclaros, tantos doctores de tan hondo entendimiento y universal clarividencia -me parece que todos habrán tenido que disfrutar de tales facultades- hayan podido discurrir de modo tan tajante y en tantas obras que me era casi imposible encontrar un texto moralizante, cualquiera que fuera el autor, sin toparme antes de llegar al final con algún párrafo o capítulo que acusara o despreciara a las mujeres. Este solo argumento bastaba para llevarme a la conclusión de que todo aquello tenía que ser verdad, si bien mi mente, en su ingenuidad e ignorancia, no podía llegar a reconocer esos grandes defectos que yo misma compartía sin lugar a dudas con las demás mujeres. Así, había llegado a fiarme más del juicio ajeno que de lo que sentía y sabía en mi ser de mujer. Me encontraba tan intensa y profundamente inmersa en esos tristes pensamientos que parecía que hubiera caído en un estado de catalepsia. Como el brotar de una fuente, una serie de autores, uno después de otro, venían a mi mente con sus opiniones y tópicos sobre la mujer. Finalmente, llegué a la conclusión de que al crear Dios a la mujer había creado un ser abyecto. No dejaba de sorprenderme que tan gran Obrero haya podido consentir en hacer una obra abominable, ya que, si creemos a esos autores, la mujer sería una vasija que contiene el poso de todos los vicios y males. Abandonada a estas reflexiones, quedé consternada e invadida por un sentimiento de repulsión, llegué al desprecio de mí misma y al de todo el sexo femenino, como si Naturaleza hubiera engendrado monstruos.[…]
Aquí acaba el libro. Cristina se dirige a todas las mujeres 

-Honorables damas, alabado sea Dios porque queda nada la construcción de nuestra Ciudad que os acogerá a Vosotras que os preciáis de virtud, dignidad y fama, seréis acogidas en una Ciudad levantada y edificada para todas las mujeres de mérito, las de ayer, hoy y mañana. […]  Vosotras, queridas amigas casadas, no os indignéis por tener que estar sometidas a vuestros maridos, porque el interés propio no siempre reside en ser libre; […] La que tenga un marido bueno, razonable y que la quiere con verdadero amor, que dé gracias a Dios, porque no es poco favor este sino el mayor bien que en la tierra pueda disfrutarse, que lo cuide con afecto y lo siga queriendo y ambos vivan en harmonía una larga vida bajo la protección divina. La que tenga un marido que no sea ni bueno ni malo, que se dé por contenta de no tener uno peor, mientras que la mal casada debe intentar arrancar a su marido de la perversidad, hacer que vuelva a una conducta razonable si es posible y si no ella verá premiados sus esfuerzos en su vida espiritual y todos la defenderán. […] 
 Finalmente, a todas vosotras, mujeres de alta, media y baja condición, que nunca os falte conciencia y lucidez para poder defender vuestro honor contra vuestros enemigos. Veréis cómo los hombres os acusan de los peores defectos, ¡quitadles las máscaras, que nuestras brillantes cualidades demuestren la falsedad de sus ataques! Así podréis decir con el salmista: «La iniquidad del malo recaerá sobre su cabeza». 
Rechazad a los hipócritas que se valen de las armas de la seducción y de falsos discursos para robaros vuestros más preciados bienes, el honor y una hermosa fama. Huid, damas mías, huid del insensato amor con que os apremian. Huid de la enloquecida pasión cuyos juegos placenteros siempre terminan en perjuicio vuestro. Desgraciadamente esa es la verdad, no os dejéis persuadir de lo contrario. Acordaos de cómo los hombres os tienen por frágiles, frívolas, fácilmente manejables y en la caza amorosa os tienden trampas para cogeros en sus redes como animales salvajes."

 Bibliografía:
PIZÁN, Cristina de, La Ciudad de las Damas, ed. Marie-José Lemarchand, Madrid, Siruela, 2000, pp. 63-70 y 272-274.  En línea:  

sábado, 10 de febrero de 2018

La Querella de las Mujeres y Teresa de Cartagena



Con ese nombre se conoce al debate literario, académico e histórico llevado a cabo en casi toda Europa desde fines de la Edad Media hasta la Revolución Francesa: siglos XV al XVIII. Ese largo y complejo proceso pone de relieve el pensamiento secular de la inferioridad de la mujer con respecto al hombre, que, valiéndose de la cuestión física, traslada esta diferencia a la intelectual, sentimental y espiritual para justificar el ejercicio del poder en todos los ámbitos. Esta Querella surgió como respuesta a una "masculinidad inquieta" relacionada con el creciente poder femenino. Leonor López de Córdoba, Teresa de Cartagena, Hildegarda de Bingen y Christine de Pizan son algunas de las precursoras que dejaron por escrito sus inquietudes y quejas, a menudo escudadas en la captatio benevolentiae. 


Dice Teresa de Cartagena:

"Maravíllanse las gentes de lo que en el tractado escreuí e yo me maravillo de lo que en la verdad callé; mas no me maravillo dudando ni fago mucho en me maravillar creyendo. Pues la yspirençia me faze çierta e Dios de la verdad sabe que yo no oue otro Maestro ni me consejé con otro algund letrado, ni lo trasladé de libros, como algunas personas con maliçiosa admiraçión suelen dezir. Mas sóla ésta es la verdad: que Dios de las ciencias, Señor de las virtudes, Padre de las misericordias, Dyos de toda consolación, el que nos consuela en toda tribulación nuestra, Él solo me consoló, e Él solo me enseñó, e Él solo me leyó" 


Lejos de considerar a la mujer como inferior, Teresa le atribuye la complementariedad con respecto al varón. En la dicotomía espacial exterior/interior, se ve representada la masculinidad/femineidad y la expresa en la metáfora de la corteza y el meollo. La preeminencia física del hombre no implica una espiritual o intelectual.


Dice Teresa “la fortaleza e rezidunbre de las cortezas guardan e conservan el meollo...”. El hombre/corteza protege a la mujer/meollo, la cual, a su vez, lo nutre y fortalece. Así como las plantas necesitan de ambas partes para su preservación, del mismo modo la humanidad necesita del hombre y la mujer. El meollo debe ser protegido para poder cumplir con su función nutriente: en el interior (de las plantas / casas) se dispone todo lo necesario para que el ciclo vital continúe su rumbo; afuera, en la corteza / calle está el ámbito propiamente masculino, con su función protectora y proveedora de materias primas que el interior se ocupará de elaborar.  





Bibliografía:

  • Cartagena, Teresa de. "Arboleda de los enfermos" y "Admiración operum Dey". Cortés Timoner, María Mar. Teresa de Cartagena: primera escritora mística en lengua catellana. Málaga: Universidad de Málaga/Atenea, 2004, pp. 263-275.
  • Vidal, Mónica. "Los espacios en la obra de Teresa de Cartagena".  IX Congreso Argentino de Hispanistas, 27 al 30 de abril de 2010, La Plata. El hispanismo ante el bicentenario. Disponible en Memoria Académica. http://www.memoria.fahce.unlp.edu.ar/trab_eventos/ev.1182/ev.1182.pdf 

martes, 27 de diciembre de 2016

VIII JORNADAS DE ESTUDIOS CLÁSICOS Y MEDIEVALES

VIII JORNADAS DE ESTUDIOS CLÁSICOS Y MEDIEVALES
Amor y metamorfosis de la Antigüedad a la Edad Media
18-20 de septiembre de 2017
Universidad Nacional de La Plata-CONICET


   Las VIII Jornadas de Estudios Clásicos y Medievales están organizadas por el Centro de Estudios Latinos, en colaboración con la cátedra de Literatura Española Medieval y el Centro de Teoría y Crítica Literarias, integrados en el IdIHCS (Instituto de Investigaciones en Humanidades y Ciencias Sociales – UNLP/ Conicet), con el auspicio de las Secretarías de Posgrado y de Investigación de la Facultad de Humanidades y Ciencias de la Educación, Universidad Nacional de La Plata, la Asociación Argentina de Estudios Clásicos (AADEC) y la Sociedad Argentina de Hispanistas.
Comisión Organizadora
            Lía Galán
            Gloria Chicote
            Pablo Martínez Astorino
            Santiago Disalvo


1. Presentación

   El estudio del pasado tiene en América, y en especial en Argentina, la particular condición de remitir a la compleja y larga historia de otro continente que necesariamente adoptamos como parte fundamental de nuestra cultura. Del castellano al latín y las lenguas que de él surgen, circulamos en una cultura heterogénea y peregrina, cuyas raíces se alejan del espacio que aceptamos como originario para hundirse en otros continentes. Así, la cultura es el diálogo incesante que se construye en movimiento, donde se aceptan, se amplían, se reformulan, se discuten, se rechazan o se corrigen ideas, conocimientos, creencias, emociones, experiencias, presentes desde el pasado y sin cortes, al modo de un carmen perpetuum. Esta reunión intenta, como en ocasiones anteriores, presentar aspectos de este diálogo en la dinámica de la transmisión, tomando como eje la Latinidad en sus distintos momentos y realizaciones.

2. Temario general

a. Amor y metamorfosis de la Antigüedad a la Edad Media: antecedentes y proyecciones en el Bimilenario de Ovidio                           

b. Otros:
- La cultura romana (literatura, filosofía, historia, arte, etc.) y su diálogo con Grecia
- La cultura griega y sus proyecciones en Roma y en el Medioevo
- Diálogos intertextuales en la literatura latina
- La literatura española y su diálogo con la antigüedad clásica
- Los textos medievales y su diálogo con la antigüedad clásica
- El arte medieval y sus relaciones con el pasado romano
- El pasado y el presente: la tradición clásica en la literatura europea y americana   

El encuentro, como en las siete ocasiones anteriores, convoca a los estudiosos de la cultura antigua y medieval, en sus diversas manifestaciones y en sus variadas formas de interrelación. La convocatoria incluye, asimismo, a investigadores de otras áreas interesados en el estudio de las conexiones culturales entre lo antiguo y lo moderno, en sus múltiples aspectos. De este modo, renovamos un espacio de comunicación entre los estudios de las producciones culturales griegas, latinas y medievales, y las manifestaciones posteriores que las refieren, con esta propuesta de fértil diálogo científico entre investigadores de áreas afines.

3. Aspectos de la organización

El programa de las Jornadas incluye diversos tipos de exposiciones:

  1. Conferencias, cursos y paneles (expositores invitados)

  1. 1. Comisiones de lectura de comunicaciones y 2. Foros de investigación (convocatorias abiertas)

b.1. Comisiones de lectura de Comunicaciones:

Las comunicaciones deberán tener una extensión de 8 (ocho) carillas máximo; la página final incluirá las notas (notas al final) y la bibliografía, en formato A4, a espacio y medio en tipo Times New Roman 12 (Times New Roman 10 en notas). Esto significa que el cuerpo del trabajo se ajustará a las 7 (siete) carillas, reservándose la página 8 para los datos restantes. En consecuencia, cada expositor dispondrá de 15 (quince) minutos de exposición y entre 5 (cinco) y 10 (diez) minutos para la discusión de lo expuesto, al cabo de la sesión correspondiente.

 b.2. Foros de investigación

Exposición de proyectos de investigación institucionalmente acreditados, en sus dos modalidades:

I.                   Proyectos colectivos

La exposición estará a cargo del director, co-director o investigador responsable del Proyecto, quien presentará:
-          Fundamentos e hipótesis de la investigación
-          Originalidad y aportes
-          Resultados alcanzados y proyecciones de la investigación
-          Fuentes de financiación y recursos
Los miembros integrantes del Proyecto podrán realizar breves exposiciones dentro del límite de tiempo prefijado.
Tiempo de exposición: 20 (veinte) minutos

II.                Proyectos individuales

Este grupo comprende investigadores del Conicet, CIC, Ancyt, doctorandos y becarios que no participen con la misma investigación de un proyecto inscripto en la categoría I. Proyectos colectivos. Se presentarán:
-          Fundamentos e hipótesis de la investigación
-          Originalidad y aportes
-          Resultados alcanzados y proyecciones de la investigación
Tiempo de exposición: 10 (diez) minutos

ENVÍO DE RESÚMENES
Plazo de envío de los resúmenes: viernes 7 de julio de 2017, enviados al centrodeestudioslatinos@yahoo.com.ar  con VIII Jecym en “Asunto”.
Características: Mínimo 150 palabras, máximo 250 palabras. Debe incluir una bibliografía básica de 10 títulos máximo.