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Amour courtois

Amour courtois
Drutz et "midons"
"...Entonces me verás...y mi muerte, más elocuente que yo, te dirá qué es lo que se ama cuando se ama a un hombre..." (Pedro Abelardo a Eloísa)

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lunes, 30 de abril de 2012

Poesías de Yehuda Ha-Levi

Mi corazón está en el Oriente y yo en lo último de Occidente
¿Cómo voy a gustar de la dulzura de los manjares?
 ¿Cómo es posible que cumpla mis votos ni mis promesas
si Sión está oprimida por los edomitas
y yo bajo el dominio de los árabes?
No me sería penoso renunciar a toda la hermosura de España
para poder contemplar el polvo de las ruinas del Templo.


Cuando vi en mi cabeza la primera cana
la arranqué con la mano.
"Has podido conmigo", me dijo, "porque estoy sola.
¿Qué harás cuando me siga un escuadrón?"


Hasta cuándo dormirás,
tú que reposas en el seno de la juventud:
recuerda que es vacilante como barca remolcada.
¿Durará para siempre el albor de la vida?
Levántate y anda, mira que los emisarios de la vejez
pronto castigan.
Libérate a tiempo, como los pájaros se sacuden el rocío
de la noche.
Echa a volar, cual golondrina, para descargarte de tus
culpas.
Acaso lo que el mañana engendre sea tormenta en el mar.
Sigue a tu Rey, corre, júntate con las almas que buscan la
bondad de Dios.


miércoles, 18 de mayo de 2011

Literatura y poesía judía

 Aunque las primeras comunidades judías en la Península datan probablemente de la época romana, la producción literaria en hebreo de los judíos hispanos no surge en al-Andalus hasta mediados del siglo X. El que fuera obra de una minoría, escrita en una lengua muy distinta de las romances peninsulares, ha hecho que haya quedado injustamente marginada a la hora de valorar nuestro pasado legado cultural. Los primeros escritos hebreos en prosa y en poesía coinciden con el periodo más fecundo del califato de Abderramán III, que convierte a Córdoba en una corte llena de bienestar y prosperidad, con un clima de tolerancia y aceptación del pluralismo propicio al desarrollo de las artes y las letras. Los judíos, uno de los grupos minoritarios sometidos a tributo, se benefician también claramente de esta atmósfera. La lengua en la que hablan cada día es el árabe, pero leen la Torá y rezan en la sinagoga en hebreo, y es en esa lengua, viejo legado del pueblo judío, en la que se escribirá esta naciente literatura. Un miembro destacado de la familia jiennense de los Ibn Šaprut, Hasday, que ocupa un alto cargo en la corte califal, reúne a su alrededor el primer grupo de eruditos judíos que sentará los cimientos de dos campos fundamentales de la cultura judía andalusí, el de la filología, en prosa, y el de la poesía, unidos estrechamente desde el principio: la lengua hebrea deberá adquirir una nueva vitalidad para servir de instrumento a la creación poética.
En al-Andalus, la nueva poesía que componen los judíos, familiarizados con la cultura de sus vecinos, es muy distinta de la que desde siglos atrás se venía empleando en la sinagoga: sus metros, rimas, géneros, temas y hasta las imágenes se toman de la poesía árabe; la lengua de la Biblia y la inclusión de algunos elementos típicamente judíos le dan un sello peculiar y único. La poesía hebrea andalusí se desarrolla con gran vitalidad y alcanza la plena madurez apenas cien años más tarde: a mediados del s. XI comenzaría en los diversos reinos de taifas lo que se ha llamado el “siglo de oro” de esa poesía.
La desintegración del califato cordobés en medio de luchas internas favorecería la migración de no pocos intelectuales a otros lugares, entre ellos a la Marca Superior o taifa aragonesa, en la que se establecieron distinguidos filólogos y poetas de origen cordobés. En los nuevos pequeños reinos se da un florecimiento de las ciencias y las letras bajo el patronazgo de los señores locales; así, en Aragón, los Tuŷībíes primero, y los Banū Hūd a partir de 1038 o 1039 crearían un clima próspero, favorable al desarrollo de las artes y las letras, del que se beneficiaron no pocos escritores judíos.
En ese ambiente cultural de las taifas se escribe la mejor poesía judía, en la que destacan de modo especial cuatro grandes poetas: Šemuel ibn Nagrella “ha-Nagid”, cordobés afincado en Granada, Šelomoh ibn Gabirol, malagueño asentado algunos años en Zaragoza, Mošeh ibn Ezra, oriundo de Granada, y Yehudah ha-Levi, nacido en Tudela. Gracias a su genialidad llega la poesía en lengua hebrea a sus más altas cimas. La poesía y la mayor parte de esta literatura se escribe en el ámbito de la corte o de los grandes centros urbanos. En Aragón, aunque sabemos que algunos escritos hebreos se elaboraron en Belchite, Alcañiz, Huesca, etc., el centro más fecundo e importante de poesía y literatura hebrea en general, tanto durante la época andalusí como después de la reconquista, se encontraba en Zaragoza. Escribir y hasta leer poesía hebrea exigía un profundo conocimiento de la literatura tradicional judía, un dominio técnico y una sensibilidad poética que no solían encontrarse sino entre los intelectuales muy preparados. Los poetas podían provenir de cualquier clase social: eran miembros de familias pudientes, profesionales (médicos, jueces o secretarios, etc.) o simplemente, gentes con menos medios que vivían de este oficio e iban de un lado a otro en busca de sustento.
Superadas las suspicacias iniciales, los judíos andalusíes aceptaron con entusiasmo la nueva forma de escribir poesía escandida, y la consideraron como la manifestación literaria más excelente. Deseando emular a sus coetáneos árabes, trataron en hebreo sus mismos temas: poemas de elogio o panegíricos, al estilo de la casida árabe, cantando las virtudes de personajes distinguidos, que solían hacer oficio de mecenas; elegías, alabando los méritos de una persona difunta; cantos de boda, ensalzando las cualidades de los novios que celebraban el enlace nupcial; cantos de amistad, expresando la nostalgia de la separación; poemas amorosos describiendo delicadamente la belleza de la amada o el amado, y la pasión que despertaban en el poeta; cantos sobre los placeres que proporcionan el vino, la naturaleza, las flores, los jardines o las aguas; sátiras sobre los vicios o defectos de una persona o de un grupo social; duros cantos de guerra escritos desde el campo de batalla, o reflexiones sobre temas éticos y ascéticos. Con frecuencia el poeta judío expresaba también sentimientos y vivencias personales. Muchas veces, esos mismos autores escribían igualmente composiciones de contenido religioso destinadas a ser recitadas o cantadas por los fieles judíos en la liturgia de la sinagoga.
Los poetas hebreos solían imponer al material recibido de sus convecinos, además de la lengua hebrea en la que se escribió la Biblia, un sello propiamente judío: unas veces, la reflexión sobre el sentido de la vida que va más allá de la mera búsqueda de placer o el fatalismo de los árabes; otras, un convencimiento profundo de que Dios es el Señor de la historia, el que gana las batallas y protege a su pueblo. El poeta podía sentirse impulsado a ejercer una especie de autocensura, prohibiéndose la vida fácil mientras durara el destierro del pueblo judío, o considerando que la poesía no había sido sino una ligereza del tiempo de su juventud. Desde la teología del judaísmo adquirirá una nueva perspectiva la lucha con el Destino, que trata de desviar al hombre de su camino y de cargarle de desgracias, y con el Mundo, o Tierra, que intenta seducirle con sus halagos y atractivos, temas también tomados de la poesía árabe. Otras veces, el poeta expresa su añoranza por el país de sus mayores, su deseo de volver a Jerusalén. Todo eso proporciona sin duda un tono original y característico a la poesía de los judíos andalusíes, una dimensión más profunda que tiene poco que ver con el excesivo formalismo que a veces se encuentra en los poetas árabes.
Junto a la poesía, que es una de las primeras manifestaciones literarias de los judíos andalusíes, se cultivan otros géneros en prosa hebrea, sobre todo de carácter técnico: escritos filológicos, comentarios a la Biblia o al Talmud, códigos jurídicos, obras apologéticas e históricas, etc. Mayor ambición y calidad literaria tienen los relatos de viajes, o los cuentos, originales o traducidos. También se inicia pronto la costumbre de enviar cartas a amigos o conocidos con los que se establece una correspondencia literaria. En el periodo musulmán, especialmente durante el siglo XI, viven en Aragón, y sobre todo en Zaragoza, algunos intelectuales judíos particularmente brillantes. Destacaremos entre ellos algunos nombres significativos: Yonah ibn Yanah, nació probablemente en Córdoba, a fines del siglo X, pero vivió la mayor parte de su vida en Zaragoza. Aunque en su juventud escribió también poesía, consiguió merecida fama como uno de los gramáticos hebreos más notables, autor de una obra gramatical completa y bastante sistemática sobre la lengua bíblica, que estudia sus características morfológicas y sintácticas, junto con un amplio diccionario: El libro de la investigación detallada. Para sus estudios técnicos sobre la lengua hebrea empleó el árabe hablado por los judíos (judeoárabe), utilizando métodos claramente comparatistas, esto es, explicando fenómenos propios del hebreo a partir del árabe y el arameo. Su objetivo último era ayudar a entender mejor los textos de la Escritura. Su obra dejó profunda huella en toda la lingüística hebrea medieval.
Abraham bar Hiyya (-c. 1136) se formó probablemente en Huesca, aunque vivió la mayor parte de su vida en Barcelona, ocupando puestos públicos de importancia en la comunidad judía, y poniendo sus amplios conocimientos científicos al servicio de los reyes de Aragón. Escribió en hebreo sobre cosmografía, astronomía, geometría, problemas del calendario, temas mesiánicos y cuestiones astrológicas, además de preparar una notable enciclopedia, Fundamentos de la inteligencia y torre de la fe. Junto con Platón de Tívoli tradujo obras científicas del árabe al latín, facilitando la transmisión del saber científico árabe y oriental a los países de Europa.
Šelomoh ibn Gabirol (ca. 1020 - ca. 1057) fue uno de los genios precoces más brillantes de toda la poesía hebrea. Aunque su familia procedía también de Córdoba, nació en Málaga, y pasó su adolescencia en la Zaragoza de los Banū Hūd, si bien sus enfrentamientos con otros miembros de la comunidad judía y su búsqueda de mecenas generosos le llevaron a abandonar la ciudad. A los dieciséis años, protegido por un ilustre judío zaragozano, escribía una poesía de gran belleza y profundidad, sintiéndose ya un poeta maduro. Pero se vio obligado a lamentar en forma poética muy profunda la muerte violenta de su protector. Vivió intensamente la búsqueda personal de la sabiduría y la belleza. Conocía su propio valer, tenía al parecer un genio vivo y nunca supo adaptarse muy bien a la sociedad, contra la que se revolvería con agresividad como un incomprendido. Sabía ser un refinado poeta formalista, al mismo tiempo que tenía un buen dominio de la lengua y una gran hondura lírica, poco habitual en las literaturas del medievo. Se lamenta sin cesar de su soledad, de estar rodeado de plagiarios, envidiosos y estúpidos, y vuelca en sus versos el sarcasmo y la amargura que esa situación le suscita. Renovó la poesía litúrgica para la sinagoga, buscando fórmulas que respondieran mejor a la sensibilidad de los fieles judíos de su tiempo. Además de unas trescientas poesías de tema secular, escribió muchas de tema religioso, entre las que destacan sus versos sobre los preceptos judaicos. Su Corona real, en prosa poética, llegó a ser una de las grandes composiciones populares del judaísmo. Su pensamiento, de cuño neoplatónico, impactó en el ámbito de la filosofía medieval. Lo plasmó en una obra filosófica en árabe, traducida al latín como Fons vitae, La fuente de la vida, admirada incluso en círculos filosóficos cristianos. En el campo de la ética es conocida su obra La corrección de los caracteres. Su temprana muerte parece apoyar la hipótesis, apoyada en algunos poemas, de que su salud fue siempre muy delicada.
En la segunda mitad del siglo XI destaca también en Zaragoza, a un menor nivel, el poeta Levi ibn al-Tabban. Aparte de algunos poemas de amistad, la mayor parte conocida de su obra está formada por poemas litúrgicos escritos para ser cantados en la sinagoga con ocasión de las principales fiestas judías. Llaman la atención sobre todo sus poesías hímnicas y penitenciales; en estas últimas, escritas para los días de ayuno y meditación, lamenta los sufrimientos de las comunidades judías como consecuencia de los avatares de los tiempos. Sus poemas suelen tener profunda fuerza lírica, y están escritos muchas veces desde perspectivas universalistas. Escribió también un tratado sobre la lengua hebrea que no se ha conservado. Bahya ibn Paqudah (ca. 1030- ca. 1110) vivió igualmente en Zaragoza. Fue uno de los filósofos morales más leídos dentro del Judaísmo. Escribió en judeoárabe su libro Deberes de los corazones, describiendo las obligaciones religiosas de cada uno de los miembros del cuerpo y, especialmente, las más internas, las creencias y actitudes del corazón. Se tradujo muy pronto al hebreo, y más tarde, a todas las lenguas occidentales, alcanzando gran popularidad, sobre todo por su estilo profundo y persuasivo. También escribió poemas litúrgicos para la oración sinagogal. Con el avance de la Reconquista y la llegada primero de los almorávides y más tarde de los almohades, a mediados del siglo XII se apagaría la vida cultural de las comunidades judías de la parte de la Península todavía musulmana. Serán sus herederos espirituales los judíos que se establecen en los reinos cristianos del Norte, en un ambiente cultural totalmente distinto del de al-Andalus. Aunque se mantienen las tradiciones literarias iniciadas en el periodo andalusí, y se cultivan algunos géneros nuevos, no puede decirse que se alcance una altura similar, fuera de algunas excepciones, entre ese momento y la expulsión definitiva de 1492. Entre las manifestaciones literarias hebreas más interesantes de este periodo se cuenta, además de la poesía, la nueva prosa artística, muchas veces rimada, en la que se escriben pequeñas novelas y cuentos de origen oriental o árabe. Uno de los escritores que cultiva este género es Yehuda ibn Sabettai (1168-después de 1225), médico nacido probablemente en Molina de Aragón, y que vivió, entre otros lugares, en Zaragoza. Su relato sobre Yehudah, el que odiaba a las mujeres, es una curiosa muestra de novelita de tema misógino al gusto de la época.
La poesía alcanzará su época de más esplendor en el llamado “Círculo de Zaragoza,” a fines del siglo XIV y comienzos del XV. La familia zaragozana de la Cavallería sería el centro espiritual de este grupo. El preceptor de los hijos de Don Benvenist ben Labi, Šelomoh ben Mešullam de Piera (ca. 1340 -ca. 1418), fue el líder indiscutible, el poeta más célebre de su generación. A él se debe un diccionario de rimas, así como una amplia correspondencia literaria con la mayoría de los poetas e intelectuales judíos de su tiempo; fue autor además de varias elegías, y numerosos panegíricos o poemas de alabanza dirigidos a las grandes personalidades de su época, entre las que se incluyen intelectuales cristianos como Juan de Híjar. Son sobre todo casidas, según la traducción andalusí, y algunos poemas estróficos o moaxajas, en su mayor parte de carácter litúrgico. La presión de los tiempos le llevaría al bautismo en 1414, siendo ya anciano, al mismo tiempo que buena parte de la familia de la Cavallería.
Son también poetas del mismo círculo Vidal Benvenist, que probablemente vivió en Alcañiz, y su cuñado, Vidal Ben Labi, de la familia de la Cavallería de Zaragoza. Se conservan correspondencias literarias y poemas independientes de ambos escritores. El primero de ellos tiene una amplia obra poética y es autor también de una narración en prosa rimada titulada Efer y Dinah. El segundo fue poeta, filósofo y traductor, y tomó el bautismo en 1414, pasando a ocupar puestos importantes en la corte cristiana. Šelomoh Bonafed, nacido en la provincia de Lleida, que pasó al menos una parte de su vida en Zaragoza y Belchite en la primera mitad del siglo XV, es el último de los grandes poetas de Sefarad. Se conserva también una parte de su correspondencia literaria con judíos ilustres de su tiempo, poemas de amor, sátiras personales y sociales, etc. Se le respetaba por su criterio literario, y los jóvenes que empiezan le enviaban sus primeras muestras poéticas, que él, según los casos, valoraba o ridiculizaba. Tienen amplio eco en su obra la presión de los tiempos y el desánimo que provocan las conversiones en las comunidades judías. Imita a los grandes autores andalusíes, aunque introduciendo sensibles cambios estructurales, en los que a veces se traslucen los nuevos gustos literarios de la época. Acudía con frecuencia al tópico de ser el último de los poetas de Sefarad, de que la poesía de corte andalusí moriría con él. Por desgracia, ese presagio se cumplió.


(LA ESPIRAL, Espacio para el Pensamiento y las Culturas del Valle del Ebro, LITERATURA Y POESÍA JUDÍA, Angel Sáenz-Badillos, Universidad Complutense de Madrid.)

sábado, 25 de julio de 2009

El Conde Lucanor: entre la transtextualidad y los niveles narrativos

Don Juan Manuel nace en Escalona (Toledo), hijo del Infante don Manuel y de doña Beatriz de Saboya. Don Manuel es el hermano de Alfonso X el Sabio, por lo que se educa en la corte de su tío. En política, no duda en enemistarse con el rey Alfonso XI y aliarse con los moros y mantiene relaciones estrechas con los frailes dominicos, por lo que funda el Convento de San Juan y San Pedro de Peñafiel el 1330. Allí deposita sus manuscritos y allí está sepultado.
La sociedad medieval es teocéntrica, por ello está jerárquicamente ordenada. Es que la igualdad social lleva al caos y Dios quiere ese orden. A esa desigualdad social le corresponde una igualdad humana solo en el nacimiento y en la muerte. Este tema comienza en la literatura española en la segunda mitad del siglo XIV. La muerte llama despiadadamente a todos por igual. Cualquier sublevación es herejía. (ver Danzas de la muerte).
El libro de los enxiemplos del Conde Lucanor et de Patronio está redactado en prosa, la cual surge a partir de un siglo después que la poesía romance y a instancias de Alfonso X. Su origen es de tendencia erudita para difundir obras doctrinales, históricas, científicas y narrativas, mientras que la poesía es de origen popular y tono heroico.
Entre los hipotextos de Lucanor se encuentran aquellos de origen oriental como el Calila e Dimna (traducida al castellano en 1251 por orden del entonces Infante Alfonso), con 2 lobos o chacales son los narradores de los cuentos; Pantchatantra, refundición del Calila... del que solo reproduce 5 capítulos, con apólogo principal y parábolas, fábulas y proverbios; Hitopadesa, imitación india del anterior con colección de esos mismo elementos; Sendebar, colección de 26 cuentos de origen indio que reproducen las andanzas de los los lobos Calila y Dimna; Barlaam y Josafat, novela de origen indio, adaptación cristiana de la leyenda de Buda; fuentes árabes desconocidas.
Otros son de origen clásico, como las colecciones de fábulas de Fedro y Esopo, Historia natural de Plinio y ejemplarios latinos medievales usados por los clérigos predicantes. También hay de origen histórico, como las crónicas medievales españolas Crónica General, Crónica del Santo Rey don Fernando, Crónica de Fernán González. También La Biblia, Nuevo Testamento especialmente.
Los temas son variados y fundamentales: el desinterés, la predestinación, contentarse con lo que se posee, prever los peligros, daños que provoca la adulación, ilusiones desmedidas, hacer caso de opiniones ajenas, supersticiones, hipocresía, honra, el bien y el mal y la verdad y la mentira, prodigalidad, ingratitud, miedo injustificado, avaricia, terquedad, ira, codicia, envidia, soberbia, paciencia. La honra significa lo que el hombre vale por sí mismo, no por sangre o por riqueza; no como gloria sino como opinión pública, como juicio valorativo de la sociedad. Honra y fama se identifican por su carácter social y debe ser ganado.
Otro gran tema es la mujer, que aparece secundaria, inferior al hombre, sometida primero al padre y luego al marido. En los enxiemplos no aparecen los sentimientos; el amor está ausente. Hay diversos tipos de mujer: ilusa, terca, inteligente y sumisa, obediente, brava, maligna, esposa ejemplar, falsa, fuerte y honesta con sentido común y oportuna prudencia.
Don Juan Manuel es el primero en tener conciencia de escritor y se preocupa por la transmisión fiel, por eso se adelanta a culpar a los copistas por sus "yerros". Involucra la concepción medieval de enseñar deleitando, la confluencia de la división clásica de fondo -didáctico y moral- y forma- elaborada estilísticamente.
La estructura general de la obra tiene 5 partes:
  • 1° parte: contiene los enxiemplos del Conde Lucanor;
  • 2° parte: trata los mismos temas e ideas pero cambia el estilo, más cerrado, elevado y difícil, con sentencias, proverbios, con antítesis juegos de palabras y enumeraciones;
  • 3° parte:como introducción, el Razonamiento de Patronio y Lucanor enumera la continuidad de la obra para dar mayor oscuridad;
  • 4° parte: forma llana de los enxiemplos, razonamiento lógico y discurso religioso doctrinal;
  • 5° parte: estructura general y estilos.
La estructura de El Conde Lucanor es un relato enmarcado, pues cada cuento se halla así entre un comienzo y un final que son de la ficción general, pero que pueden suprimirse sin alterar la unidad narrativa. Todos y cada uno de los enxemplos tiene estructura similar de 4 partes:
  1. diálogo entre Lucanor y Patronio; el primero plantea un problema concreto, con resonancia moral, sin saber cómo resolverlo; solicita ayuda a Patronio por su buen entendimiento; este recuerda casos similares;
  2. Patronio cuenta la estoria, núcleo narrativo del enxiemplo;
  3. Patronio aplica la enseñanza de la estoria al problema del Conde, y subraya el vicio o virtud en cada caso;
  4. el autor, don Johán, interviene en 3° persona, considera muy bueno el enxiemplo y agrega unos viessos, que recogen la sentencia o moraleja apropiada.
El texto no presenta descripción de caracteres. Tzvetan Todorov distingue entre el relato psicológico y el apsicológico. El primero permite conocer la personalidad, ve un síntoma, considera la acción misma: acción transitiva. El segundo destaca la acción no como rasgo de carácter, sino como acento, y este acento no se hace en el sujeto sino en el predicado: acción predicativa. El personaje para Todorov es una historia virtual que es la historia de su vida. Todo nuevo personaje es una nueva intriga. Son los hombres-relato.
La aparición de un nuevo personaje produce la interrogación de la historia anterior para que una nueva sea relatada. Una 2° está contenida en la 1°. Esto se llama inserción, y coincide con la estructura sintáctica, con las proposiciones incluidas o subordinadas. Por ello tiene una estructural gramatical de Sujeto-verbum dicendi-Objeto Directo en el siguiente esquema:

Por ello, comparte la misma categoría con el Decamerón, Cuentos de Canterbury, Las 1001 noches. Sus personajes, sus narradores, son hombres-relato, incluidos algunos de Quijote. Para Gerard Genette, hay niveles narrativos y tipos de narrador según estos últimos. Se pueden plasmar en los siguientes cuadros:


El Conde Lucanor es un corpus de exempla tomados y recreados de los fabularios latinos y orientales. Los siguientes son hipotextos de El brujo postergado de Jorge Luis Borges y La fierecilla domada de William Shakespeare.

Cuento XI
Lo que sucedió a un deán de Santiago con don Illán, el mago de Toledo

Otro día hablaba el Conde Lucanor con Patronio y le dijo lo siguiente:
-Patronio, un hombre vino a pedirme que le ayudara en un asunto en que me necesitaba, prometiéndome que él haría por mí cuanto me fuera más provechoso y de mayor honra. Yo le empecé a ayudar en todo lo que pude. Sin haber logrado aún lo que pretendía, pero pensando él que el asunto estaba ya solucionado, le pedí que me ayudara en una cosa que me convenía mucho, pero se excusó. Luego volví a pedirle su ayuda, y nuevamente se negó, con un pretexto; y así hizo en todo lo que le pedí. Pero aún no ha logrado lo que pretendía, ni lo podrá conseguir si yo no le ayudo. Por la confianza que tengo en vos y en vuestra inteligencia, os ruego que me aconsejéis lo que deba hacer.
-Señor conde -dijo Patronio-, para que en este asunto hagáis lo que se debe, mucho me gustaría que supierais lo que ocurrió a un deán de Santiago con don Illán, el mago que vivía en Toledo.
El conde le preguntó lo que había pasado.
-Señor conde -dijo Patronio-, en Santiago había un deán que deseaba aprender el arte de la nigromancia y, como oyó decir que don Illán de Toledo era el que más sabía en aquella época, se marchó a Toledo para aprender con él aquella ciencia. Cuando llegó a Toledo, se dirigió a casa de don Illán, a quien encontró leyendo en una cámara muy apartada. Cuando lo vio entrar en su casa, don Illán lo recibió con mucha cortesía y le dijo que no quería que le contase los motivos de su venida hasta que hubiese comido y, para demostrarle su estima, lo acomodó muy bien, le dio todo lo necesario y le hizo saber que se alegraba mucho con su venida.
»Después de comer, quedaron solos ambos y el deán le explicó la razón de su llegada, rogándole encarecidamente a don Illán que le enseñara aquella ciencia, pues tenía deseos de conocerla a fondo. Don Illán le dijo que si ya era deán y persona muy respetada, podría alcanzar más altas dignidades en la Iglesia, y que quienes han prosperado mucho, cuando consiguen todo lo que deseaban, suelen olvidar rápidamente los favores que han recibido, por lo que recelaba que, cuando hubiese aprendido con él aquella ciencia, no querría hacer lo que ahora le prometía. Entonces el deán le aseguró que, por mucha dignidad que alcanzara, no haría sino lo que él le mandase.
»Hablando de este y otros temas estuvieron desde que acabaron de comer hasta que se hizo la hora de la cena. Cuando ya se pusieron de acuerdo, dijo el mago al deán que aquella ciencia sólo se podía enseñar en un lugar muy apartado y que por la noche le mostraría dónde había de retirarse hasta que la aprendiera. Luego, cogiéndolo de la mano, lo llevó a una sala y, cuando se quedaron solos, llamó a una criada, a la que pidió que les preparase unas perdices para la cena, pero que no las asara hasta que él se lo mandase.
»Después llamó al deán, se entraron los dos por una escalera de piedra muy bien labrada y tanto bajaron que parecía que el río Tajo tenía que pasar por encima de ellos. Al final de la escalera encontraron una estancia muy amplia, así como un salón muy adornado, donde estaban los libros y la sala de estudio en la que permanecerían. Una vez sentados, y mientras ellos pensaban con qué libros habrían de comenzar, entraron dos hombres por la puerta y dieron al deán una carta de su tío el arzobispo en la que le comunicaba que estaba enfermo y que rápidamente fuese a verlo si deseaba llegar antes de su muerte. Al deán esta noticia le causó gran pesar, no sólo por la grave situación de su tío sino también porque pensó que habría de abandonar aquellos estudios apenas iniciados. Pero decidió no dejarlos tan pronto y envió una carta a su tío, como respuesta a la que había recibido.
»Al cabo de tres o cuatro días, llegaron otros hombres a pie con una carta para el deán en la que se le comunicaba la muerte de su tío el arzobispo y la reunión que estaban celebrando en la catedral para buscarle un sucesor, que todos creían que sería él con la ayuda de Dios; y por esta razón no debía ir a la iglesia, pues sería mejor que lo eligieran arzobispo mientras estaba fuera de la diócesis que no presente en la catedral.
»Y después de siete u ocho días, vinieron dos escuderos muy bien vestidos, con armas y caballos, y cuando llegaron al deán le besaron la mano y le enseñaron las cartas donde le decían que había sido elegido arzobispo. Al enterarse, don Illán se dirigió al nuevo arzobispo y le dijo que agradecía mucho a Dios que le hubieran llegado estas noticias estando en su casa y que, pues Dios le había otorgado tan alta dignidad, le rogaba que concediese su vacante como deán a un hijo suyo. El nuevo arzobispo le pidió a don Illán que le permitiera otorgar el deanazgo a un hermano suyo prometiéndole que daría otro cargo a su hijo. Por eso pidió a don Illán que se fuese con su hijo a Santiago. Don Illán dijo que lo haría así.
»Marcharon, pues, para Santiago, donde los recibieron con mucha pompa y solemnidad. Cuando vivieron allí cierto tiempo, llegaron un día enviados del papa con una carta para el arzobispo en la que le concedía el obispado de Tolosa y le autorizaba, además, a dejar su arzobispado a quien quisiera. Cuando se enteró don Illán, echándole en cara el olvido de sus promesas, le pidió encarecidamente que se lo diese a su hijo, pero el arzobispo le rogó que consintiera en otorgárselo a un tío suyo, hermano de su padre. Don Illán contestó que, aunque era injusto, se sometía a su voluntad con tal de que le prometiera otra dignidad. El arzobispo volvió a prometerle que así sería y le pidió que él y su hijo lo acompañasen a Tolosa.
»Cuando llegaron a Tolosa fueron muy bien recibidos por los condes y por la nobleza de aquella tierra. Pasaron allí dos años, al cabo de los cuales llegaron mensajeros del papa con cartas en las que le nombraba cardenal y le decía que podía dejar el obispado de Tolosa a quien quisiere. Entonces don Illán se dirigió a él y le dijo que, como tantas veces había faltado a sus promesas, ya no debía poner más excusas para dar aquella sede vacante a su hijo. Pero el cardenal le rogó que consintiera en que otro tío suyo, anciano muy honrado y hermano de su madre, fuese el nuevo obispo; y, como él ya era cardenal, le pedía que lo acompañara a Roma, donde bien podría favorecerlo. Don Illán se quejó mucho, pero accedió al ruego del nuevo cardenal y partió con él hacia la corte romana.
»Cuando allí llegaron, fueron muy bien recibidos por los cardenales y por la ciudad entera, donde vivieron mucho tiempo. Pero don Illán seguía rogando casi a diario al cardenal para que diese algún beneficio eclesiástico a su hijo, cosa que el cardenal excusaba.
»Murió el papa y todos los cardenales eligieron como nuevo papa a este cardenal del que os hablo. Entonces, don Illán se dirigió al papa y le dijo que ya no podía poner más excusas para cumplir lo que le había prometido tanto tiempo atrás, contestándole el papa que no le apremiara tanto pues siempre habría tiempo y forma de favorecerle. Don Illán empezó a quejarse con amargura, recordándole también las promesas que le había hecho y que nunca había cumplido, y también le dijo que ya se lo esperaba desde la primera vez que hablaron; y que, pues había alcanzado tan alta dignidad y seguía sin otorgar ningún privilegio, ya no podía esperar de él ninguna merced. El papa, cuando oyó hablar así a don Illán, se enfadó mucho y le contestó que, si seguía insistiendo, le haría encarcelar por hereje y por mago, pues bien sabía él, que era el papa, cómo en Toledo todos le tenían por sabio nigromante y que había practicado la magia durante toda su vida.
»Al ver don Illán qué pobre recompensa recibía del papa, a pesar de cuanto había hecho, se despidió de él, que ni siquiera le quiso dar comida para el camino. Don Illán, entonces, le dijo al papa que, como no tenía nada para comer, habría de echar mano a las perdices que había mandado asar la noche que él llegó, y así llamó a su criada y le mandó que asase las perdices.
»Cuando don Illán dijo esto, se encontró el papa en Toledo, como deán de Santiago, tal y como estaba cuando allí llegó, siendo tan grande su vergüenza que no supo qué decir para disculparse. Don Illán lo miró y le dijo que bien podía marcharse, pues ya había comprobado lo que podía esperar de él, y que daría por mal empleadas las perdices si lo invitase a comer.
»Y vos, señor Conde Lucanor, pues veis que la persona a quien tanto habéis ayudado no os lo agradece, no debéis esforzaros por él ni seguir ayudándole, pues podéis esperar el mismo trato que recibió don Illán de aquel deán de Santiago.
El conde pensó que era este un buen consejo, lo siguió y le fue muy bien.
Y como comprendió don Juan que el cuento era bueno, lo mandó poner en este libro e hizo los versos, que dicen así:
Cuanto más alto suba aquel a quien ayudéis,
menos apoyo os dará cuando lo necesitéis.

Cuento XXXV.
Lo que sucedió a un mancebo que casó con una muchacha muy rebelde


Otra vez hablaba el Conde Lucanor con Patronio, su consejero, y le decía:
-Patronio, un pariente mío me ha contado que lo quieren casar con una mujer muy rica y más ilustre que él, por lo que esta boda le sería muy provechosa si no fuera porque, según le han dicho algunos amigos, se trata de una doncella muy violenta y colérica. Por eso os ruego que me digáis si le debo aconsejar que se case con ella, sabiendo cómo es, o si le debo aconsejar que no lo haga.
-Señor conde -dijo Patronio-, si vuestro pariente tiene el carácter de un joven cuyo padre era un honrado moro, aconsejadle que se case con ella; pero si no es así, no se lo aconsejéis.
El conde le rogó que le contase lo sucedido.
Patronio le dijo que en una ciudad vivían un padre y su hijo, que era excelente persona, pero no tan rico que pudiese realizar cuantos proyectos tenía para salir adelante. Por eso el mancebo estaba siempre muy preocupado, pues siendo tan emprendedor no tenía medios ni dinero.
En aquella misma ciudad vivía otro hombre mucho más distinguido y más rico que el primero, que sólo tenía una hija, de carácter muy distinto al del mancebo, pues cuanto en él había de bueno, lo tenía ella de malo, por lo cual nadie en el mundo querría casarse con aquel diablo de mujer.
Aquel mancebo tan bueno fue un día a su padre y le dijo que, pues no era tan rico que pudiera darle cuanto necesitaba para vivir, se vería en la necesidad de pasar miseria y pobreza o irse de allí, por lo cual, si él daba su consentimiento, le parecía más juicioso buscar un matrimonio conveniente, con el que pudiera encontrar un medio de llevar a cabo sus proyectos. El padre le contestó que le gustaría mucho poder encontrarle un matrimonio ventajoso.
Dijo el mancebo a su padre que, si él quería, podía intentar que aquel hombre bueno, cuya hija era tan mala, se la diese por esposa. El padre, al oír decir esto a su hijo, se asombró mucho y le preguntó cómo había pensado aquello, pues no había nadie en el mundo que la conociese que, aunque fuera muy pobre, quisiera casarse con ella. El hijo le contestó que hiciese el favor de concertarle aquel matrimonio. Tanto le insistió que, aunque al padre le pareció algo muy extraño, le dijo que lo haría.
Marchó luego a casa de aquel buen hombre, del que era muy amigo, y le contó cuanto había hablado con su hijo, diciéndole que, como el mancebo estaba dispuesto a casarse con su hija, consintiera en su matrimonio. Cuando el buen hombre oyó hablar así a su amigo, le contestó:
-Por Dios, amigo, si yo autorizara esa boda sería vuestro peor amigo, pues tratándose de vuestro hijo, que es muy bueno, yo pensaría que le hacía grave daño al consentir su perjuicio o su muerte, porque estoy seguro de que, si se casa con mi hija, morirá, o su vida con ella será peor que la misma muerte. Mas no penséis que os digo esto por no aceptar vuestra petición, pues, si la queréis como esposa de vuestro hijo, a mí mucho me contentará entregarla a él o a cualquiera que se la lleve de esta casa.
Su amigo le respondió que le agradecía mucho su advertencia, pero, como su hijo insistía en casarse con ella, le volvía a pedir su consentimiento.
Celebrada la boda, llevaron a la novia a casa de su marido y, como eran moros, siguiendo sus costumbres les prepararon la cena, les pusieron la mesa y los dejaron solos hasta la mañana siguiente. Pero los padres y parientes del novio y de la novia estaban con mucho miedo, pues pensaban que al día siguiente encontrarían al joven muerto o muy mal herido.
Al quedarse los novios solos en su casa, se sentaron a la mesa y, antes de que ella pudiese decir nada, miró el novio a una y otra parte y, al ver a un perro, le dijo ya bastante airado:
-¡Perro, danos agua para las manos!
El perro no lo hizo. El mancebo comenzó a enfadarse y le ordenó con más ira que les trajese agua para las manos. Pero el perro seguía sin obedecerle. Viendo que el perro no lo hacía, el joven se levantó muy enfadado de la mesa y, cogiendo la espada, se lanzó contra el perro, que, al verlo venir así, emprendió una veloz huida, perseguido por el mancebo, saltando ambos por entre la ropa, la mesa y el fuego; tanto lo persiguió que, al fin, el mancebo le dio alcance, lo sujetó y le cortó la cabeza, las patas y las manos, haciéndolo pedazos y ensangrentando toda la casa, la mesa y la ropa.
Después, muy enojado y lleno de sangre, volvió a sentarse a la mesa y miró en derredor. Vio un gato, al que mandó que trajese agua para las manos; como el gato no lo hacía, le gritó:
-¡Cómo, falso traidor! ¿No has visto lo que he hecho con el perro por no obedecerme? Juro por Dios que, si tardas en hacer lo que mando, tendrás la misma muerte que el perro.
El gato siguió sin moverse, pues tampoco es costumbre suya llevar el agua para las manos. Como no lo hacía, se levantó el mancebo, lo cogió por las patas y lo estrelló contra una pared, haciendo de él más de cien pedazos y demostrando con él mayor ensañamiento que con el perro.
Así, indignado, colérico y haciendo gestos de ira, volvió a la mesa y miró a todas partes. La mujer, al verle hacer todo esto, pensó que se había vuelto loco y no decía nada.
Después de mirar por todas partes, vio a su caballo, que estaba en la cámara y, aunque era el único que tenía, le mandó muy enfadado que les trajese agua para las manos; pero el caballo no le obedeció. Al ver que no lo hacía, le gritó:
-¡Cómo, don caballo! ¿Pensáis que, porque no tengo otro caballo, os respetaré la vida si no hacéis lo que yo mando? Estáis muy confundido, pues si, para desgracia vuestra, no cumplís mis órdenes, juro ante Dios daros tan mala muerte como a los otros, porque no hay nadie en el mundo que me desobedezca que no corra la misma suerte.
El caballo siguió sin moverse. Cuando el mancebo vio que el caballo no lo obedecía, se acercó a él, le cortó la cabeza con mucha rabia y luego lo hizo pedazos.
Al ver su mujer que mataba al caballo, aunque no tenía otro, y que decía que haría lo mismo con quien no le obedeciese, pensó que no se trataba de una broma y le entró tantísimo miedo que no sabía si estaba viva o muerta.
Él, así, furioso, ensangrentado y colérico, volvió a la mesa, jurando que, si mil caballos, hombres o mujeres hubiera en su casa que no le hicieran caso, los mataría a todos. Se sentó y miró a un lado y a otro, con la espada llena de sangre en el regazo; cuando hubo mirado muy bien, al no ver a ningún ser vivo sino a su mujer, volvió la mirada hacia ella con mucha ira y le dijo con muchísima furia, mostrándole la espada:
-Levantaos y dadme agua para las manos.
La mujer, que no esperaba otra cosa sino que la despedazaría, se levantó a toda prisa y le trajo el agua que pedía. Él le dijo:
-¡Ah! ¡Cuántas gracias doy a Dios porque habéis hecho lo que os mandé! Pues de lo contrario, y con el disgusto que estos estúpidos me han dado, habría hecho con vos lo mismo que con ellos.
Después le ordenó que le sirviese la comida y ella le obedeció. Cada vez que le mandaba alguna cosa, tan violentamente se lo decía y con tal voz que ella creía que su cabeza rodaría por el suelo.
Así ocurrió entre los dos aquella noche, que nunca hablaba ella sino que se limitaba a obedecer a su marido. Cuando ya habían dormido un rato, le dijo él:
-Con tanta ira como he tenido esta noche, no he podido dormir bien. Procurad que mañana no me despierte nadie y preparadme un buen desayuno.
Cuando aún era muy de mañana, los padres, madres y parientes se acercaron a la puerta y, como no se oía a nadie, pensaron que el novio estaba muerto o gravemente herido. Viendo por entre las puertas a la novia y no al novio, su temor se hizo muy grande.
Ella, al verlos junto a la puerta, se les acercó muy despacio y, llena de temor, comenzó a increparles:
-¡Locos, insensatos! ¿Qué hacéis ahí? ¿Cómo os atrevéis a llegar a esta puerta? ¿No os da miedo hablar? ¡Callaos, si no, todos moriremos, vosotros y yo!
Al oírla decir esto, quedaron muy sorprendidos. Cuando supieron lo ocurrido entre ellos aquella noche, sintieron gran estima por el mancebo porque había sabido imponer su autoridad y hacerse él con el gobierno de su casa. Desde aquel día en adelante, fue su mujer muy obediente y llevaron muy buena vida.
Pasados unos días, quiso su suegro hacer lo mismo que su yerno, para lo cual mató un gallo; pero su mujer le dijo:
-En verdad, don Fulano, que os decidís muy tarde, porque de nada os valdría aunque mataseis cien caballos: antes tendríais que haberlo hecho, que ahora nos conocemos de sobra.
Y concluyó Patronio:
-Vos, señor conde, si vuestro pariente quiere casarse con esa mujer y vuestro familiar tiene el carácter de aquel mancebo, aconsejadle que lo haga, pues sabrá mandar en su casa; pero si no es así y no puede hacer todo lo necesario para imponerse a su futura esposa, debe dejar pasar esa oportunidad. También os aconsejo a vos que, cuando hayáis de tratar con los demás hombres, les deis a entender desde el principio cómo han de portarse con vos.
El conde vio que este era un buen consejo, obró según él y le fue muy bien.
Como don Juan comprobó que el cuento era bueno, lo mandó escribir en este libro e hizo estos versos que dicen así:
Si desde un principio no muestras quién eres,
nunca podrás después, cuando quisieres.
Por otra parte, relacionado con los niveles narrativos y la vinculación del narrador con la historia que cuenta, presentamos este relato que implica un narrador extradiegético y heterodiegético y uno intradiegético autodiegético. De similares características con respecto a Los cuentos de Canterbury de Geoffrey Chaucer, el Decamerón de Giovanni Boccaccio y Las mil y una noches, se trata de los relatos enmarcados en una clara mise en abyme. Tzvetan Todorov señala la cualidad de "relato apsicológico" que permite destacar no ya los aspectos internos del personaje, sino su sola acción: narrar. Se vive para contar y se cuenta para vivir. Esa es la particularidad de los hombres-relato.
Cuento XXV
Lo que sucedió al conde de Provenza con Saladino, que era sultán de Babilonia

El Conde Lucanor hablaba otra vez con Patronio, su consejero, de esta manera:
-Patronio, un vasallo mío me dijo el otro día que quería casar a una parienta suya; y que, así como él estaba obligado a aconsejarme siempre lo más prudente, me pedía como merced que le aconsejara lo que yo creyera más conveniente para él. También me ha dicho quiénes son los que querrían casarse con su parienta. Como deseo que este buen hombre haga lo mejor para su familia y para su parienta, os ruego que me digáis lo que os parece de este asunto, pues vos sabéis mucho de tales cosas, de modo que yo pueda darle un buen consejo que le vaya bien.
-Señor Conde Lucanor -dijo Patronio-, para que siempre podáis aconsejar bien a quienes hayan de casar a una parienta suya, me gustaría mucho que supierais lo que le sucedió al conde de Provenza con Saladino, que era sultán de Babilonia.
El Conde Lucanor le rogó que le contase lo que había ocurrido.
-Señor Conde Lucanor -dijo Patronio-, había un conde en Provenza que era muy bueno y deseaba hacer buenas obras para salvar su alma y ganar la gloria del paraíso con hazañas que aumentasen su honra y engrandeciesen el nombre de su patria. Para lograrlo, reunió un gran ejército muy bien armado y partió a Tierra Santa, pensando que, sucediera lo que sucediera, podría sentirse dichoso, pues lo hacía para servir y honrar a Dios. Mas como los juicios de Dios son sorprendentes e insondables, y Dios Nuestro Señor prueba con frecuencia a sus elegidos, para que sepan sufrir la adversidad con resignación, pues Él siempre hace que todo redunde en su bien y provecho, así quiso Dios tentar al conde de Provenza y permitió que cayera prisionero del sultán Saladino.
»Aunque el conde vivía como cautivo, Saladino, conociendo su bondad, lo trataba muy bien, le respetaba sus honores y le pedía consejo en todos los asuntos importantes. Tan bien le aconsejaba el conde y tanto confiaba el sultán en él que, aunque estaba prisionero, tenía tanto poder y tanta influencia en las tierras de Saladino como en las suyas propias.
»Cuando el conde partió de su tierra, dejó una hija muy pequeña. Tanto tiempo estuvo el conde en prisión, que su hija llegó a la edad de casarse, por lo cual la condesa, su mujer, y sus parientes le escribieron diciéndole cuántos hijos de reyes y de otros grandes señores la pedían en matrimonio.
»Un día, cuando Saladino fue a pedir consejo al conde, después de haberle aconsejado al sultán en el asunto que quería, le habló el conde de este modo.
»-Señor, vos me habéis concedido tantas mercedes y honra, y confiáis tanto en mí, que yo me tendría por afortunado si pudiera hacer algo para corresponderos. Y pues vos, señor, tenéis a bien que yo os aconseje en los asuntos más importantes, acogiéndome a vuestra gracia y confiando en vuestro entendimiento, os pido vuestro consejo en algo que me sucede.
»El sultán agradeció mucho estas palabras del conde, respondiéndole que le aconsejaría muy gustoso, e incluso que le ayudaría si fuera necesario.
»Alentado por este ofrecimiento del sultán, el conde le habló de las propuestas de matrimonio que había recibido su hija, y pidió que le dijera quién debía ser el elegido.
»Saladino le respondió:
»-Conde, yo os considero tan inteligente que, con deciros pocas palabras, podréis comprender perfectamente; os aconsejaré en este asunto según lo entiendo yo. Como no conozco a todos los que solicitan la mano de vuestra hija, ni su linaje o poder, ni sus prendas personales, ni la distancia entre sus tierras y las vuestras, ni en qué superan los unos a los otros, no puedo daros un consejo demasiado concreto, y así sólo os diré que caséis a vuestra hija con un hombre.
»El conde se lo agradeció, pues comprendió muy bien lo que le quería decir.
»Luego escribió a su esposa y parientes, a los que refirió el consejo del sultán, y les dijo que averiguaran cuántos hidalgos había en sus tierras, cuáles eran sus costumbres, cualidades y virtudes, sin mirar sus riquezas o su poder, y que, por escrito, le dijeran también cómo eran los hijos de los reyes y de los grandes señores, así como los demás hidalgos que vivían allí y que la pedían en matrimonio.
»La condesa y los parientes del conde se quedaron muy sorprendidos de esta respuesta, pero hicieron lo que les mandaba y pusieron por escrito las cualidades y costumbres -buenas y malas- de cada uno de los pretendientes, así como las demás circunstancias que sabían de ellos. También le indicaron cómo eran los hidalgos de aquellas comarcas, y todo lo hicieron llegar al conde.
»Al recibir el conde este escrito, se lo mostró al sultán y, al leerlo Saladino, aunque todos los pretendientes eran muy buenos, encontró algunos defectos en los hijos de los reyes o de los grandes señores, pues unos eran glotones o borrachos, otros coléricos, otros huraños, otros orgullosos, otros amigos de malas compañías, otros tartamudos y otros, en fin, tenían otros defectos. El sultán halló, sin embargo, que el hijo de un rico hombre, que no era el más poderoso, por lo que del mancebo se decía en el informe, era el mejor hombre, el más cumplido y perfecto de cuantos había oído hablar en su vida; en consecuencia, el sultán aconsejó al conde que casara a su hija con aquel hombre, pues sabía que, aunque los otros eran de más abolengo y más distinguidos que él, estaría mejor casada con este que con ninguno de los que tenían uno o varios defectos, ya que pensaba el sultán que el hombre era más de estimar por sus obras que por la riqueza o por la nobleza de su linaje.
»El conde mandó decir a la condesa y a sus parientes que casaran a su hija con el mancebo que Saladino había aconsejado. Y aunque se asombraron mucho de ello, hicieron llamar al hijo de aquel rico hombre y le contaron lo que el conde les había dicho. El joven les respondió que sabía muy bien que el conde era superior, más rico y más noble que él, pero que, si él fuera tan poderoso como el conde, cualquier mujer podría sentirse feliz casada con él, diciéndoles también que, si le daban esta respuesta por no acceder a sus pretensiones, sería porque buscasen su deshonra sin motivo alguno y le harían una gran afrenta. Ellos le replicaron que de verdad querían ese matrimonio, y le contaron cómo el sultán había aconsejado al conde que otorgase su hija a aquel mancebo antes que a ningún hijo de rey o de grandes señores, por ser él muy hombre. Al oír esto, el mancebo comprendió que consentían en su matrimonio y pensó que, si Saladino lo había elegido por ser hombre cabal, haciéndole llegar a tan gran honra, no lo sería si no se comportara con arreglo a las circunstancias.
»Por eso pidió a la condesa y parientes del conde que, si querían que los creyese, le entregaran en seguida el gobierno del condado y todas sus rentas, sin decirles nada de lo que había pensado hacer. Ellos accedieron a sus pretensiones y le otorgaron los poderes que pedía. Él apartó una gran cantidad de dinero y, con mucho secreto, armó muchas galeras, guardándose una importante suma. Hecho todo esto, fijó la fecha para el casamiento.
»Celebraron las bodas con todo lujo y esplendor. Al llegar la noche, marchó hacia la casa donde estaba su mujer y, antes de consumar el matrimonio, llamó a la condesa y a sus parientes, a quienes dijo en secreto que bien sabían que el conde lo había preferido frente a otros más nobles porque el sultán le aconsejó que casara a su hija con un hombre, y que, pues el sultán y el conde tanta honra le habían hecho y lo habían elegido por esta razón, no se tendría él por muy hombre si no hiciera lo que era obligado; por ello les dijo que había de partir, dejándoles aquella doncella, que había tomado en matrimonio, así como el gobierno del condado, pues confiaba en que Dios le guiaría de tal manera que todo el mundo pudiese ver que se había portado como un hombre.
»Dicho esto, montó a caballo y se fue a la buena ventura. Se dirigió al reino de Armenia, donde vivió mucho tiempo hasta que aprendió la lengua y las costumbres de aquella tierra. Allí se enteró de que Saladino era muy amante de la caza.
»Cogió muchas y buenas aves de cetrería, muchos y buenos perros y se dirigió hacia donde estaba Saladino, dividiendo sus naves y enviándolas una a cada puerto, con la orden de no partir hasta que él lo mandase.
»Cuando llegó al sultán, fue muy bien recibido en la corte, pero ni le besó la mano ni le rindió pleitesía, como debe hacerse ante el señor. El sultán Saladino mandó darle cuanto necesitara y él se lo agradeció mucho, pero no quiso aceptar nada, diciéndole que no había ido en busca de ayuda, sino atraído por su fama; por lo cual, si él quisiera, le gustaría pasar algún tiempo viviendo con él para aprender alguna de sus preciadas virtudes y cualidades, así como las de su pueblo. También dijo al sultán que, como conocía su afición por la caza, él traía muchas y muy buenas aves, además de perros muy rápidos, de los que podría escoger los que más le gustasen, quedándose él con el resto para acompañarlo en las cacerías y servirle en aquel ejercicio o en otro cualquiera.
»Saladino le agradeció mucho todo esto y cogió lo que le pareció bien, pero no pudo conseguir que el otro aceptara ningún regalo ni le contara nada de sus ocupaciones, ni se vinculara a Saladino por ninguna obligación de vasallaje. De esta manera permaneció viviendo con él mucho tiempo.
»Como Dios dispone las cosas al fin que quiere y según su voluntad, quiso que, en una cacería, se lanzaran los halcones tras unas grullas, a las que dieron alcance en un puerto donde estaba recalada una de las galeras que el yerno del conde había distribuido. El sultán, que montaba un caballo muy bueno, y su acompañante se alejaron tanto del resto de su gente que ninguno pudo seguirlos. Cuando llegó Saladino a donde los halcones estaban peleando con la grulla, bajó rápidamente de su caballo para ayudarles. El yerno del conde, que venía con él, cuando así lo vio en tierra, llamó a los hombres de su galera. El sultán, que no se fijaba sino en la pelea de los halcones, cuando se vio rodeado por gente armada, quedó muy asombrado. El yerno del conde desenvainó la espada e hizo como si le atacase. Al verlo Saladino venir contra él, comenzó a lamentarse, diciendo que cometía una gran traición. El yerno del conde le respondió que no pidiese ayuda a Dios, pues bien sabía él que nunca lo había tenido como a su señor, ni había querido aceptar nada de él, ni existía entre ellos vínculo que lo obligara a la lealtad, sino que todo era como Saladino había dispuesto.
»Dicho esto, lo capturó, lo llevó a la galera y, cuando ya estaba dentro, dijo que él era el yerno del conde, el mismo que el sultán había preferido entre otros mejores por ser más hombre y que, como él lo había elegido por esta razón, no se tendría por hombre si no hubiera obrado así. Luego le rogó que devolviese la libertad a su suegro, para que viese cómo el consejo que él le había dado era bueno y verdadero, y cómo daba buenos frutos.
»Cuando Saladino oyó esto, dio muchas gracias a Dios y se alegró más de haber acertado en el consejo que dio al conde que si le hubiera acontecido una hazaña muy honrosa, por grande que esta fuese. El sultán respondió al yerno del conde que lo pondría inmediatamente en libertad.
»El yerno del conde, fiando en la palabra del sultán, lo sacó luego de la galera y se fue con él, mandando a los hombres de la galera que se alejasen tanto del puerto que nadie pudiera verlos cuando llegara allí.
»El sultán y el yerno del conde dejaron a los halcones cebarse en las grullas y, cuando llegaron junto a ellos los hombres del sultán, encontraron a este muy alegre, pero no le dijo a ninguno lo que entre ellos había sucedido.
»Cuándo llegaron a la villa, el sultán detuvo su caballo frente a la casa donde el conde estaba prisionero, bajó de su montura y, llevando consigo al yerno del conde, le dijo muy alegre:
»-Conde, doy gracias a Dios por haberme permitido acertar cuando os aconsejé sobre el matrimonio de vuestra hija. Mirad a vuestro yerno, pues él os ha sacado de prisión.
»Después le contó cómo se había comportado su yerno, la prudencia y el esfuerzo que había demostrado para apoderarse de él, y cómo luego confió en su palabra.
»El sultán, el conde y cuantos esto supieron alabaron mucho el entendimiento, el esfuerzo y la lealtad del yerno del conde, así como las bondades de Saladino, y el conde dio gracias a Dios por haber dispuesto todo tan felizmente.
»Entonces el sultán ofreció muchos y ricos presentes al conde y a su yerno, y dio al primero, como compensación por su cautividad, el doble de lo que importaban las rentas de su condado mientras estuvo en prisión, volviendo el conde a su tierra muy feliz y muy rico.
»Todo esto sucedió al conde por el buen consejo que le dio el sultán, al decirle que casara a su hija con un verdadero hombre.
»Y vos, señor Conde Lucanor, pues debéis aconsejar a vuestro vasallo para que sepa con quién casar a su parienta, aconsejadle que cuide de que su futuro esposo sea, ante todo, un verdadero hombre, porque, si no lo es, por muy rico, hidalgo o distinguido que sea, nunca se tendrá por bien casada. También debéis saber que el hombre bueno acrecienta su honra, da honra a su linaje y aumenta sus bienes. Sabed también que, no por ser de alta estirpe o de gran nobleza, si el hombre no es esforzado y leal, podrá mantenerse en tal estado. Podría contaros muchas historias de hombres notables a quienes sus padres dejaron ricos y honrados, que, por no ser como debían, perdieron bienes y honores; aunque también los hubo que, de origen más modesto o de antepasados muy ilustres, aumentaron tanto su hacienda y su honra con su esfuerzo y valía que son más considerados por lo que ellos hicieron y consiguieron que por la nobleza de su estirpe.
»Tened por cierto que, tanto las ventajas como los inconvenientes, nacen de la propia condición del hombre, y no de su origen, por muy humilde que sea. Por ello os digo que lo más importante en los matrimonios son las costumbres, la inteligencia y la educación que tienen el hombre y la mujer. Sabed, por último, que tanto mejor y más provechoso será el casamiento, cuanto más distinguido sea el linaje, mayor la riqueza, más hermosa la apostura y más estrecha la relación existente entre las dos familias.
Al conde le agradaron mucho estos razonamientos que Patronio le hizo, y pensó que eran verdaderos.
Y viendo don Juan que este cuento era muy bueno, lo hizo escribir en este libro e hizo los versos que dicen así:
El verdadero hombre logra todo en su provecho,
mas el que no lo es pierde siempre sus derechos.
El relato más bello es el XXX, Lo que sucedió al Rey Abenabet de Sevilla con Romaiquía, su mujer , que refleja la exquisitez, sensualidad y sabiduría poética de los árabes de al-Andalus:
Un día hablaba el Conde Lucanor con Patronio, su consejero, de este modo:
-Patronio, mirad lo que me sucede con un hombre: muchas veces me pide que lo ayude y lo socorra con algún dinero; aunque, cada vez que así lo hago, me da muestras de agradecimiento, cuando me vuelve a pedir, si no queda contento con cuanto le doy, se enfada, se muestra descontentadizo y parece haber olvidado cuantos favores le he hecho anteriormente. Como sé de vuestro buen juicio, os ruego que me aconsejéis el modo de portarme con él.
-Señor Conde Lucanor -dijo Patronio-, me parece que os ocurre con este hombre lo que le sucedió al rey Abenabet de Sevilla con Romaiquía, su mujer.
El conde le preguntó qué les había pasado.
-Señor conde -dijo Patronio-, el rey Abenabet estaba casado con Romaiquía y la amaba más que a nadie en el mundo. Ella era muy buena y los moros aún la recuerdan por sus dichos y hechos ejemplares; pero tenía un defecto, y es que a veces era antojadiza y caprichosa.
»Sucedió que un día, estando en Córdoba en el mes de febrero, cayó una nevada y, cuando Romaiquía vio la nieve, se puso a llorar. El rey le preguntó por qué lloraba, y ella le contestó que porque nunca la dejaba ir a sitios donde nevara. El rey, para complacerla, pues Córdoba es una tierra cálida y allí no suele nevar, mandó plantar almendros en toda la sierra de Córdoba, para que, al florecer en febrero, pareciesen cubiertos de nieve y la reina viera cumplido su deseo.
»Y otra vez, estando Romaiquía en sus habitaciones, que daban al río, vio a una mujer, que, descalza en la glera, removía el lodo para hacer adobes. Y cuando la reina la vio, comenzó a llorar. El rey le preguntó el motivo de su llanto, y ella le contestó que nunca podía hacer lo que quería, ni siquiera lo que aquella humilde mujer. El rey, para complacerla, mandó llenar de agua de rosas un gran lago que hay en Córdoba; luego ordenó que lo vaciaran de tierra y llenaran de azúcar, canela, espliego, clavo, almizcle, ámbar y algalia, y de cuantas especias desprenden buenos olores. Por último, mandó arrancar la paja, con la que hacen los adobes, y plantar allí caña de azúcar. Cuando el lago estuvo lleno de estas cosas y el lodo era lo que podéis imaginar, dijo el rey a su esposa que se descalzase y que pisara aquel lodo e hiciese con él cuantos adobes gustara.
»Otra vez, porque se le antojó una cosa, comenzó a llorar Romaiquía. El rey le preguntó por qué lloraba y ella le contestó que cómo no iba a llorar si él nunca hacía nada por darle gusto. El buen rey, viendo que ella no apreciaba tantas cosas como había hecho por complacerla y no sabiendo qué más pudiera hacer, le dijo en árabe estas palabras: «Wa la mahar aten?»; que quiere decir: «¿Ni siquiera el día de lodo?»; para darle a entender que, si se había olvidado de tantos caprichos en los que él la había complacido, debía recordar siempre el lodo que él había mandado preparar para contentarla.
»Y así a vos, señor conde, si ese hombre olvida y no agradece cuanto por él habéis hecho, simplemente porque no lo hicisteis como él quisiera, os aconsejo que no hagáis nada por él que os perjudique. Y también os aconsejo que, si alguien hiciese por vos algo que os favorezca, pero después no hace todo lo que vos quisierais, no por eso olvidéis el bien que os ha hecho.
Al conde le pareció este un buen consejo, lo siguió y le fue muy bien.
Y viendo don Juan que esta era una buena historia, la mandó poner en este libro e hizo los versos, que dicen así:
Por quien no agradece tus favores,
no abandones nunca tus labores.

domingo, 25 de enero de 2009

Primitiva Lírica (I)



La denominada Edad Media es un período de la Historia que se ubica entre los siglos V y XV, entre la caída del Imperio Romano de Occidente en el 476 (Odoacro, rey de los hérulos, depone a Rómulo Augústulo) y el Descubrimiento de América en 1492. Muchos consideran que esta es una época retrógrada, primitiva, de persecuciones, guerras, pestes y falta de libertad, por lo que la llamaron Época Oscura. Lejos de poseer estas cualidades negativas en forma tan taxativa, la Edad Media guardó y contuvo formas de pensamiento y de artes que florecerían no mucho después. En pocas palabras, sin Edad Media difícilmente hubiese habido Renacimiento.
Más allá de las invasiones bárbaras, las Cruzadas y el "enemigo" moro o judío, en la Península Ibérica las tres grandes religiones monoteístas convivieron y dieron maravillosos frutos literarios, arquitectónicos, músicos, de entretenimiento, etc. Baste decir simplemente que el Rey Alfonso X trabajó en sus talleres de compilatores y scriptores junto a moros y judíos, codo a codo. La Inquisición, la conversión a la fuerza o la simple expulsión, vino de la mano de los Reyes Católicos, especialmente Fernando de Aragón, por cuyas venas fluía sangre hebrea. Es el Renacimiento el encargado, y no la Edad Media.
La época de esplendor comienza con la invasión musulmana en 711, a manos de Tariq; la tolerancia religiosa pudo verse en la convivencia de los templos, iglesias cristianas, sinagogas, mezquitas. La filosofía, la astronomía, la arquitectura y aun la primitiva lírica nos llega al presente gracias a los moros y a los judíos que conservaron y tradujeron a los grandes pensadores. La concepción numérica del 0 (cero) manifiesta en forma concreta el horror vacui u horror al vacío que sufrían; el temor a la nada hizo que este pueblo semita la nombrara con el dibujo circular. Nombrar significa "definir", poner un fin, un límite. Al hacerlo, se tiene el poder sobre la cosa nombrada. Es por eso que para moros y judíos es imposible nombrar a Dios por su propio numen. Además de los números arábigos (de allí el nombre), la cultura hispana absorbió términos relacionados con la "química", "alquimia", "alcohol"; con los perfumes como el "azahar", "jazmín"; con la vestimenta como la "alpargata", "almohada", "ajorca", "albornoz"; con la construcción y la vivienda, los "albañiles". La típica construcción colonial de la Argentina es heredada de la Península; si observamos bien, el famoso "zaguán" es un pasillo que da un vergel o jardín interno, que en lugar de tener la fuente central como en los países árabes, tiene un "aljibe". España es nombrada Sefarad -por los hebreos- o al-Andalus.
Muchos de los moros se apartaron de las costumbres originarias de Arabia y crearon otras con sello propio; no sólo bebían, cuando estaba prohibido por el Sagrado Corán, sino que los poetas no emplearon la lengua árabe clásica para sus composiciones líricas. Es así que hacia el año 900 DC, Muccádam ben Muafa el Cabrí creó un nuevo género lírico, la moaxaja. Esta composición de entre 5 y 7 estrofas dio un giro a la poética árabe y luego a la hebrea. Iniciada con un preludio o sin él (que le da el nombre de aqra o moaxaja calva) consta cada estrofa de una mudanza (gusn) y una vuelta (qufl). Escrita en árabe clásico, remataba con una coplita en mozárabe, romance o árabe vulgar. Estos últimos versos, preanunciados con un verbum dicendi, eran puestos en boca de una mujer y constituían la markaz o salida final: la jarcha.
La jarcha era este remate final, la joya engarzada alrededor de la cual se componía el anillo o moaxaja para que se luciera. Las jarchas romances eran utilizadas por numerosos poetas, al punto tal de que una misma podía aparecer en varias moaxajas diferentes.
Hasta mediados del Siglo XX, la composición literaria española más antigua era el Poema de Mio Çid, escrito en 1140 según Menéndez Pidal. Sin embargo, el descubrimiento de Samuel Stern de las jarchas hebreas en una Sinagoga de El Cairo en 1948 dio por tierra con dicho argumento. Poco después, Stern dio a conocer las jarchas mozárabes, anteriores cronológicamente a las hebreas a las cuales inspiraron.
Una variante de la moaxaja es el zéjel, en lengua vulgar y carente de dichos versitos finales. El gran propulsor fue Ben Quzmán, autor de numerosas composiciones como A Laleima, El sacrificio de la cebolla, La ropa de cama, entre otros textos.
Posiblemente debido a su presencia en Francia, los musulmanes habrían ejercido influencias en la lírica provenzal con su concepción del amor contemplativo e idealizado. Si bien fueron detenidos en la batalla de Poitiers, no puede descartarse este influjo. Este amor ibahí habría quedado como semilla para germinar en la corte de Guillermo de Aquitania en el siglo XII, primer trovador conocido, para ingresar luego por el Camino de Santiago hacia la Lusitania. Similares características presenta la lírica galaico-portuguesa con las cantigas d´amor.