Vistas de página en total

Amour courtois

Amour courtois
Drutz et "midons"
"...Entonces me verás...y mi muerte, más elocuente que yo, te dirá qué es lo que se ama cuando se ama a un hombre..." (Pedro Abelardo a Eloísa)

Mostrando entradas con la etiqueta moaxaja. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta moaxaja. Mostrar todas las entradas

miércoles, 23 de mayo de 2012

El papel del juglar en la cultura medieval española

Don Marcelino Menéndez Pelayo  sostiene que la juglaría es un modo de mendicidad, más alegre y socorrido y en ella se refugiaban lo mismo infelices lisiados que truhanes chocarreros, estudiántes noctámbulos, clérigos, vagabundos y tabernarios (goliardos), con gran aptitud artística, con gusto por la vida al aire libre. Por su parte, en su libro Poesía juglaresca y juglares, Ramón Menéndez Pidal no concuerda con su par. El juglar no es mendigo, en general no era pobre y con posición social aventajada en algunos casos. Los juglares son todos los que se ganaban la vida actuando ante un público, para recrearlo con la música, la literatura, la charlatanería, juegos de mano, acrobatismo, mímica, etc. Tienen por oficio alegrar a la gente. Los solaces principales son el canto y la música. Toman un nombre distinto del de pila, sonoro y significativo: Alegret, Pedro Agudo, Corazón, Bonamís...; hay también juglaresas y soldaderas como María Sotil, o la danzadera Graciosa Alegre. Muchas veces toman el nombre del instrumento que emplean, como Cítola (juglar de Alfonso X), Cornamusa, o burlescos Malanotte, Maldicorpo, Ancho. Visten trajes vistosos, colores vivos y abigarrados, y muchas veces los cortes eran de gusto exquisito.
Los escritores eclesiásticos emplean términos clásicos para referirse a los que practican espectáculos indecorosos y condenables: mimi, histriones, thymelici (tipos procedentes del teatro romano). Es en el siglo VI cuando se encuentra el término "joculatoria", "burla"; un siglo más tarde, la forma "jocularis" designa al histrión. Con el nombre de "juglaría" se designa primero al oficio o menester propio del juglar; diversión o espectáculo que proporciona el juglar,  y luego pasa a significar "burla, chanza". El proceso etimológico implica que parta del acusativo singular * joculare. La vocal cerrada /u/ breve abre un grado; la consonante oclusiva velar sorda /k/ sonoriza en posición intervocálica; la vocal semiabierta /o/ cierra un grado; la vocal en posición final desaparece: * joculare } * jogolar }  juglar, palabra que hubo de tomar como una de las acepciones "poeta en lengua romance".
Estos personajes conviven con los cantores musulmanes; el poeta árabe viaja como los juglares, sirve de mensajero de estos, recibe oro y vestidos. La influencia musulmana se da desde la Alta Edad Media, cuando Muccadam ben Moafa el Cabrí inventa a fines del siglo IX sus moaxajas.
Desde el siglo XI, surge una nueva denominación para el poeta más alto y no ejecutante: trobador, en el sur de Francia; allí se dignificó el idioma vulgar langue d'oc o lengua de oc, apropiado para la poesía lírica de las altas clases sociales. Trovador es el que inventa o crea. El juglar se gana la vida con cantos o versos ajenos, menos noble aunque más antiguo que el trovador. Este no canta por oficio, aunque sea pobre; es el poeta de las clases cultas, social e intelectualmente superior al juglar, instruido.
Giraldo Riquier pertenecía a la corte castellana y envió a Alfonso X la famosa "Suplicatio al rey de Castela per lo nom dels juglares". En ella decía que la juglaría no era hacer monerías e ir a la taberna a gastar las monedas ganadas, sino inventada por doctos para poner "a los buenos en camino de alegría y de honor". Pidió que se llamara "juglares" a los que tocaban instrumentos solo para diversión momentánea, y trovador al que sabía tocar, componer, hacer versos.
En España reciben diversos nombres:  
  • juglares: tañen instrumentos;
  • remedadores: contrahacen o imitan;
  • segrieres, segreres o segreles: pertenecen a una clase intermedia entre trovador y juglar, exclusiva de la escuela galaico-portuguesa; suele ser un escudero que no puede aspirar a caballero y necesita de medios para vivir; van por todas las cortes; entre ellos, Bernaldo de Bonaval, Pero Da Ponte, Pedro Añez, Solaz, Pedro Amigo;
  • cazurros: faltos de buenas maneras; practican un arte vil por plazas y calles; deshonrosos;
  • bufones: se fingen locos, sin vergüenza; responden al tópico del ridendo dicere verum.
Riquier pidió distinción entre juglar y trovador
Juglar: tañe instrumento y canta versos del trovador o acompaña a este con instrumentos. Viaja con el trovador o solo, acude a este para pedirle canciones para ganarse la vida. El espíritu artístico está limitado a 3 condiciones esenciales: donaire, voz y fie memoria. En desprestigio cada vez mayor: ante la pérdida del poetizar, deviene menestrel/ministril. Suele ser villano.
Trovador: compone, no trabaja por oficio; trata al juglar altanera o desdeñosamente, al que considera carente de naturaleza poética inventiva. Para publicar canciones y divulgar, lo toma a su servicio. 
Los juglares judíos tenían menor importancia que los moros; solo Ismael y su mujer figuran en Castilla, junto a 15 moros. Sin embargo, el Arcipreste de Hita coloca cantaderas judías al lado de las moras; concurrían juglares de las 3 religiones.

lunes, 30 de abril de 2012

Lo que no se atreve a nombrar


Veo un jardín,
cuyos frutos están ya en su sazón,
y no hay ningún jardinero que
extienda su mano para cogerlos.
¡Qué lástima!
¡Se marchita la juventud perdida
y queda en mí, solitario,
lo que no me atrevo a nombrar!

Qasmuna Bint Isma' il. Poetisa de los judíos. Su padre era poeta y le enseñó literatura; a veces componía un fragmento de moaxaja y ella lo completaba. Vivió en el siglo XII, 7° de la Hégira

miércoles, 18 de mayo de 2011

Literatura y poesía judía

 Aunque las primeras comunidades judías en la Península datan probablemente de la época romana, la producción literaria en hebreo de los judíos hispanos no surge en al-Andalus hasta mediados del siglo X. El que fuera obra de una minoría, escrita en una lengua muy distinta de las romances peninsulares, ha hecho que haya quedado injustamente marginada a la hora de valorar nuestro pasado legado cultural. Los primeros escritos hebreos en prosa y en poesía coinciden con el periodo más fecundo del califato de Abderramán III, que convierte a Córdoba en una corte llena de bienestar y prosperidad, con un clima de tolerancia y aceptación del pluralismo propicio al desarrollo de las artes y las letras. Los judíos, uno de los grupos minoritarios sometidos a tributo, se benefician también claramente de esta atmósfera. La lengua en la que hablan cada día es el árabe, pero leen la Torá y rezan en la sinagoga en hebreo, y es en esa lengua, viejo legado del pueblo judío, en la que se escribirá esta naciente literatura. Un miembro destacado de la familia jiennense de los Ibn Šaprut, Hasday, que ocupa un alto cargo en la corte califal, reúne a su alrededor el primer grupo de eruditos judíos que sentará los cimientos de dos campos fundamentales de la cultura judía andalusí, el de la filología, en prosa, y el de la poesía, unidos estrechamente desde el principio: la lengua hebrea deberá adquirir una nueva vitalidad para servir de instrumento a la creación poética.
En al-Andalus, la nueva poesía que componen los judíos, familiarizados con la cultura de sus vecinos, es muy distinta de la que desde siglos atrás se venía empleando en la sinagoga: sus metros, rimas, géneros, temas y hasta las imágenes se toman de la poesía árabe; la lengua de la Biblia y la inclusión de algunos elementos típicamente judíos le dan un sello peculiar y único. La poesía hebrea andalusí se desarrolla con gran vitalidad y alcanza la plena madurez apenas cien años más tarde: a mediados del s. XI comenzaría en los diversos reinos de taifas lo que se ha llamado el “siglo de oro” de esa poesía.
La desintegración del califato cordobés en medio de luchas internas favorecería la migración de no pocos intelectuales a otros lugares, entre ellos a la Marca Superior o taifa aragonesa, en la que se establecieron distinguidos filólogos y poetas de origen cordobés. En los nuevos pequeños reinos se da un florecimiento de las ciencias y las letras bajo el patronazgo de los señores locales; así, en Aragón, los Tuŷībíes primero, y los Banū Hūd a partir de 1038 o 1039 crearían un clima próspero, favorable al desarrollo de las artes y las letras, del que se beneficiaron no pocos escritores judíos.
En ese ambiente cultural de las taifas se escribe la mejor poesía judía, en la que destacan de modo especial cuatro grandes poetas: Šemuel ibn Nagrella “ha-Nagid”, cordobés afincado en Granada, Šelomoh ibn Gabirol, malagueño asentado algunos años en Zaragoza, Mošeh ibn Ezra, oriundo de Granada, y Yehudah ha-Levi, nacido en Tudela. Gracias a su genialidad llega la poesía en lengua hebrea a sus más altas cimas. La poesía y la mayor parte de esta literatura se escribe en el ámbito de la corte o de los grandes centros urbanos. En Aragón, aunque sabemos que algunos escritos hebreos se elaboraron en Belchite, Alcañiz, Huesca, etc., el centro más fecundo e importante de poesía y literatura hebrea en general, tanto durante la época andalusí como después de la reconquista, se encontraba en Zaragoza. Escribir y hasta leer poesía hebrea exigía un profundo conocimiento de la literatura tradicional judía, un dominio técnico y una sensibilidad poética que no solían encontrarse sino entre los intelectuales muy preparados. Los poetas podían provenir de cualquier clase social: eran miembros de familias pudientes, profesionales (médicos, jueces o secretarios, etc.) o simplemente, gentes con menos medios que vivían de este oficio e iban de un lado a otro en busca de sustento.
Superadas las suspicacias iniciales, los judíos andalusíes aceptaron con entusiasmo la nueva forma de escribir poesía escandida, y la consideraron como la manifestación literaria más excelente. Deseando emular a sus coetáneos árabes, trataron en hebreo sus mismos temas: poemas de elogio o panegíricos, al estilo de la casida árabe, cantando las virtudes de personajes distinguidos, que solían hacer oficio de mecenas; elegías, alabando los méritos de una persona difunta; cantos de boda, ensalzando las cualidades de los novios que celebraban el enlace nupcial; cantos de amistad, expresando la nostalgia de la separación; poemas amorosos describiendo delicadamente la belleza de la amada o el amado, y la pasión que despertaban en el poeta; cantos sobre los placeres que proporcionan el vino, la naturaleza, las flores, los jardines o las aguas; sátiras sobre los vicios o defectos de una persona o de un grupo social; duros cantos de guerra escritos desde el campo de batalla, o reflexiones sobre temas éticos y ascéticos. Con frecuencia el poeta judío expresaba también sentimientos y vivencias personales. Muchas veces, esos mismos autores escribían igualmente composiciones de contenido religioso destinadas a ser recitadas o cantadas por los fieles judíos en la liturgia de la sinagoga.
Los poetas hebreos solían imponer al material recibido de sus convecinos, además de la lengua hebrea en la que se escribió la Biblia, un sello propiamente judío: unas veces, la reflexión sobre el sentido de la vida que va más allá de la mera búsqueda de placer o el fatalismo de los árabes; otras, un convencimiento profundo de que Dios es el Señor de la historia, el que gana las batallas y protege a su pueblo. El poeta podía sentirse impulsado a ejercer una especie de autocensura, prohibiéndose la vida fácil mientras durara el destierro del pueblo judío, o considerando que la poesía no había sido sino una ligereza del tiempo de su juventud. Desde la teología del judaísmo adquirirá una nueva perspectiva la lucha con el Destino, que trata de desviar al hombre de su camino y de cargarle de desgracias, y con el Mundo, o Tierra, que intenta seducirle con sus halagos y atractivos, temas también tomados de la poesía árabe. Otras veces, el poeta expresa su añoranza por el país de sus mayores, su deseo de volver a Jerusalén. Todo eso proporciona sin duda un tono original y característico a la poesía de los judíos andalusíes, una dimensión más profunda que tiene poco que ver con el excesivo formalismo que a veces se encuentra en los poetas árabes.
Junto a la poesía, que es una de las primeras manifestaciones literarias de los judíos andalusíes, se cultivan otros géneros en prosa hebrea, sobre todo de carácter técnico: escritos filológicos, comentarios a la Biblia o al Talmud, códigos jurídicos, obras apologéticas e históricas, etc. Mayor ambición y calidad literaria tienen los relatos de viajes, o los cuentos, originales o traducidos. También se inicia pronto la costumbre de enviar cartas a amigos o conocidos con los que se establece una correspondencia literaria. En el periodo musulmán, especialmente durante el siglo XI, viven en Aragón, y sobre todo en Zaragoza, algunos intelectuales judíos particularmente brillantes. Destacaremos entre ellos algunos nombres significativos: Yonah ibn Yanah, nació probablemente en Córdoba, a fines del siglo X, pero vivió la mayor parte de su vida en Zaragoza. Aunque en su juventud escribió también poesía, consiguió merecida fama como uno de los gramáticos hebreos más notables, autor de una obra gramatical completa y bastante sistemática sobre la lengua bíblica, que estudia sus características morfológicas y sintácticas, junto con un amplio diccionario: El libro de la investigación detallada. Para sus estudios técnicos sobre la lengua hebrea empleó el árabe hablado por los judíos (judeoárabe), utilizando métodos claramente comparatistas, esto es, explicando fenómenos propios del hebreo a partir del árabe y el arameo. Su objetivo último era ayudar a entender mejor los textos de la Escritura. Su obra dejó profunda huella en toda la lingüística hebrea medieval.
Abraham bar Hiyya (-c. 1136) se formó probablemente en Huesca, aunque vivió la mayor parte de su vida en Barcelona, ocupando puestos públicos de importancia en la comunidad judía, y poniendo sus amplios conocimientos científicos al servicio de los reyes de Aragón. Escribió en hebreo sobre cosmografía, astronomía, geometría, problemas del calendario, temas mesiánicos y cuestiones astrológicas, además de preparar una notable enciclopedia, Fundamentos de la inteligencia y torre de la fe. Junto con Platón de Tívoli tradujo obras científicas del árabe al latín, facilitando la transmisión del saber científico árabe y oriental a los países de Europa.
Šelomoh ibn Gabirol (ca. 1020 - ca. 1057) fue uno de los genios precoces más brillantes de toda la poesía hebrea. Aunque su familia procedía también de Córdoba, nació en Málaga, y pasó su adolescencia en la Zaragoza de los Banū Hūd, si bien sus enfrentamientos con otros miembros de la comunidad judía y su búsqueda de mecenas generosos le llevaron a abandonar la ciudad. A los dieciséis años, protegido por un ilustre judío zaragozano, escribía una poesía de gran belleza y profundidad, sintiéndose ya un poeta maduro. Pero se vio obligado a lamentar en forma poética muy profunda la muerte violenta de su protector. Vivió intensamente la búsqueda personal de la sabiduría y la belleza. Conocía su propio valer, tenía al parecer un genio vivo y nunca supo adaptarse muy bien a la sociedad, contra la que se revolvería con agresividad como un incomprendido. Sabía ser un refinado poeta formalista, al mismo tiempo que tenía un buen dominio de la lengua y una gran hondura lírica, poco habitual en las literaturas del medievo. Se lamenta sin cesar de su soledad, de estar rodeado de plagiarios, envidiosos y estúpidos, y vuelca en sus versos el sarcasmo y la amargura que esa situación le suscita. Renovó la poesía litúrgica para la sinagoga, buscando fórmulas que respondieran mejor a la sensibilidad de los fieles judíos de su tiempo. Además de unas trescientas poesías de tema secular, escribió muchas de tema religioso, entre las que destacan sus versos sobre los preceptos judaicos. Su Corona real, en prosa poética, llegó a ser una de las grandes composiciones populares del judaísmo. Su pensamiento, de cuño neoplatónico, impactó en el ámbito de la filosofía medieval. Lo plasmó en una obra filosófica en árabe, traducida al latín como Fons vitae, La fuente de la vida, admirada incluso en círculos filosóficos cristianos. En el campo de la ética es conocida su obra La corrección de los caracteres. Su temprana muerte parece apoyar la hipótesis, apoyada en algunos poemas, de que su salud fue siempre muy delicada.
En la segunda mitad del siglo XI destaca también en Zaragoza, a un menor nivel, el poeta Levi ibn al-Tabban. Aparte de algunos poemas de amistad, la mayor parte conocida de su obra está formada por poemas litúrgicos escritos para ser cantados en la sinagoga con ocasión de las principales fiestas judías. Llaman la atención sobre todo sus poesías hímnicas y penitenciales; en estas últimas, escritas para los días de ayuno y meditación, lamenta los sufrimientos de las comunidades judías como consecuencia de los avatares de los tiempos. Sus poemas suelen tener profunda fuerza lírica, y están escritos muchas veces desde perspectivas universalistas. Escribió también un tratado sobre la lengua hebrea que no se ha conservado. Bahya ibn Paqudah (ca. 1030- ca. 1110) vivió igualmente en Zaragoza. Fue uno de los filósofos morales más leídos dentro del Judaísmo. Escribió en judeoárabe su libro Deberes de los corazones, describiendo las obligaciones religiosas de cada uno de los miembros del cuerpo y, especialmente, las más internas, las creencias y actitudes del corazón. Se tradujo muy pronto al hebreo, y más tarde, a todas las lenguas occidentales, alcanzando gran popularidad, sobre todo por su estilo profundo y persuasivo. También escribió poemas litúrgicos para la oración sinagogal. Con el avance de la Reconquista y la llegada primero de los almorávides y más tarde de los almohades, a mediados del siglo XII se apagaría la vida cultural de las comunidades judías de la parte de la Península todavía musulmana. Serán sus herederos espirituales los judíos que se establecen en los reinos cristianos del Norte, en un ambiente cultural totalmente distinto del de al-Andalus. Aunque se mantienen las tradiciones literarias iniciadas en el periodo andalusí, y se cultivan algunos géneros nuevos, no puede decirse que se alcance una altura similar, fuera de algunas excepciones, entre ese momento y la expulsión definitiva de 1492. Entre las manifestaciones literarias hebreas más interesantes de este periodo se cuenta, además de la poesía, la nueva prosa artística, muchas veces rimada, en la que se escriben pequeñas novelas y cuentos de origen oriental o árabe. Uno de los escritores que cultiva este género es Yehuda ibn Sabettai (1168-después de 1225), médico nacido probablemente en Molina de Aragón, y que vivió, entre otros lugares, en Zaragoza. Su relato sobre Yehudah, el que odiaba a las mujeres, es una curiosa muestra de novelita de tema misógino al gusto de la época.
La poesía alcanzará su época de más esplendor en el llamado “Círculo de Zaragoza,” a fines del siglo XIV y comienzos del XV. La familia zaragozana de la Cavallería sería el centro espiritual de este grupo. El preceptor de los hijos de Don Benvenist ben Labi, Šelomoh ben Mešullam de Piera (ca. 1340 -ca. 1418), fue el líder indiscutible, el poeta más célebre de su generación. A él se debe un diccionario de rimas, así como una amplia correspondencia literaria con la mayoría de los poetas e intelectuales judíos de su tiempo; fue autor además de varias elegías, y numerosos panegíricos o poemas de alabanza dirigidos a las grandes personalidades de su época, entre las que se incluyen intelectuales cristianos como Juan de Híjar. Son sobre todo casidas, según la traducción andalusí, y algunos poemas estróficos o moaxajas, en su mayor parte de carácter litúrgico. La presión de los tiempos le llevaría al bautismo en 1414, siendo ya anciano, al mismo tiempo que buena parte de la familia de la Cavallería.
Son también poetas del mismo círculo Vidal Benvenist, que probablemente vivió en Alcañiz, y su cuñado, Vidal Ben Labi, de la familia de la Cavallería de Zaragoza. Se conservan correspondencias literarias y poemas independientes de ambos escritores. El primero de ellos tiene una amplia obra poética y es autor también de una narración en prosa rimada titulada Efer y Dinah. El segundo fue poeta, filósofo y traductor, y tomó el bautismo en 1414, pasando a ocupar puestos importantes en la corte cristiana. Šelomoh Bonafed, nacido en la provincia de Lleida, que pasó al menos una parte de su vida en Zaragoza y Belchite en la primera mitad del siglo XV, es el último de los grandes poetas de Sefarad. Se conserva también una parte de su correspondencia literaria con judíos ilustres de su tiempo, poemas de amor, sátiras personales y sociales, etc. Se le respetaba por su criterio literario, y los jóvenes que empiezan le enviaban sus primeras muestras poéticas, que él, según los casos, valoraba o ridiculizaba. Tienen amplio eco en su obra la presión de los tiempos y el desánimo que provocan las conversiones en las comunidades judías. Imita a los grandes autores andalusíes, aunque introduciendo sensibles cambios estructurales, en los que a veces se traslucen los nuevos gustos literarios de la época. Acudía con frecuencia al tópico de ser el último de los poetas de Sefarad, de que la poesía de corte andalusí moriría con él. Por desgracia, ese presagio se cumplió.


(LA ESPIRAL, Espacio para el Pensamiento y las Culturas del Valle del Ebro, LITERATURA Y POESÍA JUDÍA, Angel Sáenz-Badillos, Universidad Complutense de Madrid.)

domingo, 25 de enero de 2009

Primitiva Lírica (I)



La denominada Edad Media es un período de la Historia que se ubica entre los siglos V y XV, entre la caída del Imperio Romano de Occidente en el 476 (Odoacro, rey de los hérulos, depone a Rómulo Augústulo) y el Descubrimiento de América en 1492. Muchos consideran que esta es una época retrógrada, primitiva, de persecuciones, guerras, pestes y falta de libertad, por lo que la llamaron Época Oscura. Lejos de poseer estas cualidades negativas en forma tan taxativa, la Edad Media guardó y contuvo formas de pensamiento y de artes que florecerían no mucho después. En pocas palabras, sin Edad Media difícilmente hubiese habido Renacimiento.
Más allá de las invasiones bárbaras, las Cruzadas y el "enemigo" moro o judío, en la Península Ibérica las tres grandes religiones monoteístas convivieron y dieron maravillosos frutos literarios, arquitectónicos, músicos, de entretenimiento, etc. Baste decir simplemente que el Rey Alfonso X trabajó en sus talleres de compilatores y scriptores junto a moros y judíos, codo a codo. La Inquisición, la conversión a la fuerza o la simple expulsión, vino de la mano de los Reyes Católicos, especialmente Fernando de Aragón, por cuyas venas fluía sangre hebrea. Es el Renacimiento el encargado, y no la Edad Media.
La época de esplendor comienza con la invasión musulmana en 711, a manos de Tariq; la tolerancia religiosa pudo verse en la convivencia de los templos, iglesias cristianas, sinagogas, mezquitas. La filosofía, la astronomía, la arquitectura y aun la primitiva lírica nos llega al presente gracias a los moros y a los judíos que conservaron y tradujeron a los grandes pensadores. La concepción numérica del 0 (cero) manifiesta en forma concreta el horror vacui u horror al vacío que sufrían; el temor a la nada hizo que este pueblo semita la nombrara con el dibujo circular. Nombrar significa "definir", poner un fin, un límite. Al hacerlo, se tiene el poder sobre la cosa nombrada. Es por eso que para moros y judíos es imposible nombrar a Dios por su propio numen. Además de los números arábigos (de allí el nombre), la cultura hispana absorbió términos relacionados con la "química", "alquimia", "alcohol"; con los perfumes como el "azahar", "jazmín"; con la vestimenta como la "alpargata", "almohada", "ajorca", "albornoz"; con la construcción y la vivienda, los "albañiles". La típica construcción colonial de la Argentina es heredada de la Península; si observamos bien, el famoso "zaguán" es un pasillo que da un vergel o jardín interno, que en lugar de tener la fuente central como en los países árabes, tiene un "aljibe". España es nombrada Sefarad -por los hebreos- o al-Andalus.
Muchos de los moros se apartaron de las costumbres originarias de Arabia y crearon otras con sello propio; no sólo bebían, cuando estaba prohibido por el Sagrado Corán, sino que los poetas no emplearon la lengua árabe clásica para sus composiciones líricas. Es así que hacia el año 900 DC, Muccádam ben Muafa el Cabrí creó un nuevo género lírico, la moaxaja. Esta composición de entre 5 y 7 estrofas dio un giro a la poética árabe y luego a la hebrea. Iniciada con un preludio o sin él (que le da el nombre de aqra o moaxaja calva) consta cada estrofa de una mudanza (gusn) y una vuelta (qufl). Escrita en árabe clásico, remataba con una coplita en mozárabe, romance o árabe vulgar. Estos últimos versos, preanunciados con un verbum dicendi, eran puestos en boca de una mujer y constituían la markaz o salida final: la jarcha.
La jarcha era este remate final, la joya engarzada alrededor de la cual se componía el anillo o moaxaja para que se luciera. Las jarchas romances eran utilizadas por numerosos poetas, al punto tal de que una misma podía aparecer en varias moaxajas diferentes.
Hasta mediados del Siglo XX, la composición literaria española más antigua era el Poema de Mio Çid, escrito en 1140 según Menéndez Pidal. Sin embargo, el descubrimiento de Samuel Stern de las jarchas hebreas en una Sinagoga de El Cairo en 1948 dio por tierra con dicho argumento. Poco después, Stern dio a conocer las jarchas mozárabes, anteriores cronológicamente a las hebreas a las cuales inspiraron.
Una variante de la moaxaja es el zéjel, en lengua vulgar y carente de dichos versitos finales. El gran propulsor fue Ben Quzmán, autor de numerosas composiciones como A Laleima, El sacrificio de la cebolla, La ropa de cama, entre otros textos.
Posiblemente debido a su presencia en Francia, los musulmanes habrían ejercido influencias en la lírica provenzal con su concepción del amor contemplativo e idealizado. Si bien fueron detenidos en la batalla de Poitiers, no puede descartarse este influjo. Este amor ibahí habría quedado como semilla para germinar en la corte de Guillermo de Aquitania en el siglo XII, primer trovador conocido, para ingresar luego por el Camino de Santiago hacia la Lusitania. Similares características presenta la lírica galaico-portuguesa con las cantigas d´amor.